26/05/2026 15:59 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 26/05/2026
_"Un país sin política exterior independiente no tiene política exterior: tiene instrucciones."_ —Juan José Arreola
Hay semanas en que la historia se condensa con una densidad inusual. La semana que acaba de terminar fue una de ellas. Por un lado, arrancó formalmente la segunda ronda de negociaciones rumbo a la revisión del T-MEC, el acuerdo comercial que define el 80 por ciento de las exportaciones mexicanas. Por otro, México firmó con la Unión Europea la modernización de su tratado de libre comercio, un acuerdo postergado durante años que hoy adquiere una dimensión geopolítica que va más allá del comercio de bienes. Y como telón de fondo, el Vaticano publicó una encíclica que sin mencionar a México ni al T-MEC, describe con precisión quirúrgica las tensiones que subyacen a ambos eventos: la concentración del poder digital en pocas manos, los datos como bien común y la obligación moral de los Estados de gobernar la tecnología en beneficio de los ciudadanos, no de las corporaciones. La coincidencia de fechas no es decorativa. Es un mapa de las contradicciones que México enfrenta en este momento.
Del 27 al 29 de mayo de 2026, funcionarios de México y Estados Unidos sostienen en territorio mexicano su segunda ronda de conversaciones rumbo a la revisión conjunta obligatoria programada para el próximo 1 de julio. Sin embargo, todo apunta a que para esa fecha no habrá un acuerdo definitivo. La revisión ocurre en medio de tensiones políticas, presiones económicas y diferencias crecientes entre ambos gobiernos sobre seguridad, Estado de derecho, reglas comerciales y la relación de México con China. El propio secretario de Economía, Marcelo Ebrard, reconoció que el proceso posiblemente rebasará el plazo establecido, estimando que la revisión va a durar un poco más y probablemente lleve a revisiones no concluyentes en los próximos diez años. Dicho de otra manera: México llega a la mesa de negociación más importante de su historia comercial reciente sin un acuerdo en el horizonte inmediato, y con un expediente de incumplimientos que Washington ha construido pacientemente durante dos años.
Porque el problema de fondo no es técnico ni arancelario. Es político y regulatorio. El gobierno de Estados Unidos, a través de la oficina del Representante Comercial, ha construido un expediente detallado sobre las barreras no arancelarias que enfrentan sus empresas en México, documento que sirve como base para la revisión. Este expediente no es nuevo: se viene señalando desde 2025, se actualizó en 2026 y, en lo sustancial, no ha sido atendido. Más aún, muchas de estas observaciones implican revertir cambios legales y constitucionales recientes — particularmente en sectores como energía — que chocan directamente con la lógica política del gobierno. La industria en su conjunto señala medidas unilaterales, demoras regulatorias, proteccionismo disfrazado, reglas de origen incumplidas, tribunales parciales, paneles ignorados, falta de armonía y transparencia en trámites, y tensiones en el sector energético por falta de competencia efectiva. No es una queja menor de algún sector. Es el diagnóstico consolidado de las industrias que más invierten en México.
Los frentes de conflicto son cuatro y cada uno tiene consecuencias directas para la economía mexicana. Estados Unidos ha adelantado que pretende revisar aspectos relacionados con la relocalización industrial, el cumplimiento laboral, las reglas de origen automotrices y la relación comercial de México con China. En el sector automotriz, el más estratégico para México, Washington podría insistir en establecer límites más estrictos a la participación de productos e inversiones de origen chino en la región de América del Norte, con propuestas orientadas a elevar los requisitos de contenido regional y limitar aún más la inclusión de componentes provenientes de Asia. En el frente laboral, un grupo de 15 senadores demócratas exigió que cualquier acuerdo revisado entregue ganancias significativas y medibles para los trabajadores estadounidenses, incluyendo mayores estándares laborales en México. El sindicato United Auto Workers fue más lejos: su presidente advirtió que si no se cumplen las exigencias laborales, Estados Unidos debería retirarse del acuerdo. En materia energética, las reformas constitucionales que dan preferencia a CFE y Pemex sobre operadores privados extranjeros siguen siendo el punto de mayor fricción con los inversionistas estadounidenses y canadienses. En los hechos, México ha acumulado demasiadas fricciones regulatorias, energéticas y comerciales que desde Washington ya no se consideran diferencias técnicas, sino incumplimientos sistemáticos del acuerdo.
El capítulo digital añade otra dimensión que el debate público mexicano raramente discute con suficiente profundidad. El Capítulo 19 del T-MEC establece cuatro restricciones que definen el margen real de maniobra del Estado mexicano en la economía digital. Los flujos transfronterizos de datos deben permitirse libremente, lo que significa que México no puede obligar a las plataformas a procesar o almacenar en territorio nacional los datos de sus usuarios. Los algoritmos están protegidos frente a cualquier exigencia de revelar su código o su lógica, lo que dificulta que una autoridad mexicana audite cómo las grandes plataformas toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos. Favorecer a empresas nacionales en el sector de servicios digitales puede constituir una violación del tratado. Y los mecanismos de arbitraje en caso de conflicto tienden a favorecer al inversionista extranjero frente al Estado. En resumen: Google, Meta, Amazon y Microsoft operan en México con un andamiaje de protección regulatoria pactado por el T-MEC, con jerarquía superior a cualquier legislación nacional posterior. Así quedó escrito en 2020 y así sigue vigente hoy.
La encíclica del Papa León XIV, publicada precisamente esta semana en el 135 aniversario de la Rerum Novarum, establece principios que chocan frontalmente con esa lógica. Los datos son un bien común, no un objeto de apropiación privada por parte de las corporaciones que los recopilan. Los algoritmos deben ser auditables por las sociedades afectadas por sus decisiones. La concentración de poder digital en pocas manos constituye una forma de colonialismo que los Estados tienen la obligación moral de contener activamente, no de blindar jurídicamente mediante tratados negociados sin suficiente debate público. En 1891, León XIII defendió a los obreros industriales contra el capitalismo que los explotaba. En 2026, León XIV hace algo estructuralmente similar frente al poder concentrado de las corporaciones digitales. La coincidencia histórica no es teológica. Es política.
En ese contexto de presión desde el norte y cuestionamiento desde la doctrina social, México firmó la semana pasada la modernización de su tratado con la Unión Europea. El acuerdo actualiza el pacto comercial de 2000 para incluir servicios, compras públicas, comercio digital, inversión y productos agrícolas. El comercio entre México y la UE superó los 100 mil millones de dólares el año pasado, un aumento del 75 por ciento en una década. La Secretaría de Economía estima que la modernización podría incrementar las exportaciones mexicanas al bloque en un 50 por ciento, hasta alcanzar los 36 mil 100 millones de dólares en 2030. António Costa, presidente del Consejo Europeo, lo calificó como "una auténtica declaración geopolítica". Claudia Sheinbaum señaló que el acuerdo representa "la posibilidad de consolidar una relación estratégica basada en el respeto mutuo, la igualdad entre naciones y la confianza en un futuro común."
Son palabras que suenan bien en un auditorio diplomático. Pero la lectura más honesta del momento es la del analista Rodolfo Ramos, del banco de inversión Bradesco BBI, quien señaló que el acuerdo México-UE es improbable que reestructure el comercio a corto plazo, pero es una medida inteligente a largo plazo para un país que necesita diversificar su dependencia de un socio que cada vez rechaza más la idea de la integración comercial. Más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas van a Estados Unidos. Esa concentración no se corrige en un sexenio, pero tampoco se corrige si no se empieza a trabajar en ella hoy. El acuerdo con la UE no es el plan B de México. Es el principio de la conversación sobre si México puede construir un plan B.
Lo que está en marcha en la revisión del T-MEC no es un proceso técnico ni una simple validación del funcionamiento del acuerdo. Es, en esencia, una renegociación estructural en un entorno internacional muy diferente al que dio origen al TLCAN y, posteriormente, al propio T-MEC. México llega a esa mesa con incumplimientos documentados, con reformas constitucionales que irritan a Washington, con una relación comercial con China que genera sospechas y con un sistema judicial reformado cuya compatibilidad con las exigencias del tratado todavía no está demostrada. Y llega, al mismo tiempo, con el mayor flujo de inversión extranjera de su historia reciente, con una industria manufacturera que sigue siendo atractiva para el nearshoring y con una posición geográfica que ningún tratado puede replicar.
La paradoja de México en 2026 es exactamente esa: nunca ha sido tan estratégicamente valioso para el capital global, y nunca ha llegado a una negociación comercial crítica con tantos flancos propios sin cerrar. La pregunta que los negociadores mexicanos deben responderse no es si el T-MEC se renueva o no en julio. Esa fecha ya se sabe que pasará sin acuerdo definitivo. La pregunta es si México usa el tiempo que viene para cerrar sus incumplimientos con seriedad, para construir una agenda digital propia que no dependa del permiso de Washington, y para diversificar sus vínculos comerciales con la convicción de quien sabe que poner todos los huevos en una sola canasta — especialmente cuando esa canasta la carga un presidente que se llama Donald Trump — no es una política exterior. Es una apuesta.
México tiene el territorio, la demografía y la geografía para negociar de igual a igual. Le falta la coherencia institucional para merecerlo.