El día en que todos tuvieron algo que decir
«No ridiculizar, no lamentar, no detestar, sino comprender».
Baruch Spinoza
Hay algo triste en la manera en que hemos aprendido a mirar a los demás. Podemos pasar meses junto a una persona sin preguntarnos quién es, qué batallas libra en silencio o cuántas veces ha tenido que levantarse para llegar hasta donde está. Pero basta un error, una discusión o una fotografía fuera de contexto para que, de pronto, todos parezcamos conocerla. Entonces aparecen las opiniones, las risas, los mensajes compartidos y esa pequeña multitud que se reúne alrededor de la desgracia ajena como si hubiera encontrado, por fin, algo digno de su atención.
Hacer las cosas bien rara vez se convierte en noticia. Nadie suele publicar que alguien pagó puntualmente, que ayudó a un desconocido, que cumplió su palabra o que eligió guardar silencio cuando habría podido lastimar. La bondad, muchas veces, sucede sin testigos. En cambio, basta un tropiezo para que aparezca un público dispuesto a convertirlo en espectáculo. Una equivocación puede recorrer en unas horas una distancia que años de buenas acciones jamás consiguieron alcanzar.
Hace poco ocurrió algo que permite entender esta extraña desproporción.
Un joven, de buena presencia y preocupado por llegar a tiempo a una reunión, solicitó un vehículo mediante una plataforma digital. Durante el trayecto, el conductor le recordó que debía realizar una transferencia electrónica por el servicio. El muchacho, ocupado en sus asuntos, respondió que sí, que con gusto haría el pago en un momento. No parecía haber motivo para que aquella conversación se convirtiera en un problema.
Sin embargo, unos minutos después, el conductor volvió a preguntarle si ya había realizado la transferencia. El joven respondió nuevamente que lo haría en un momento. La pregunta regresó, esta vez con un tono más áspero, hasta que el vehículo se detuvo. El motor se apagó. El conductor lo miró con evidente enojo, mientras el pasajero, sorprendido por la hostilidad que había ido creciendo dentro de un trayecto ordinario, comenzó a perder la paciencia.
Lo que siguió fue una discusión. El joven levantó la voz, realizó el pago y abandonó el automóvil molesto. Ninguno de los dos salió de aquella escena en su mejor momento. El pasajero pudo haber respondido de otra manera; quizá habría sido preferible respirar, explicar de nuevo la situación y terminar el viaje sin gritos. Pero las personas no siempre reaccionamos como nos gustaría recordarnos después. A veces, la presión, el miedo, el cansancio o la sensación de estar siendo tratados injustamente deciden por nosotros durante unos segundos.
Al día siguiente, el conductor publicó en redes sociales su versión de lo ocurrido. Según su relato, el pasajero se había negado a pagar y se había enfadado cuando le cobró. Lo llamó ladrón y mala paga. La historia comenzó a circular. Llegaron los comentarios, las burlas y las conclusiones. Para quienes leyeron aquella publicación, el asunto parecía resuelto: ya tenían un culpable, una historia sencilla y alguien a quien reprobar sin necesidad de conocer nada más.
Quizá alguien escribió: «Mira, ya salió; lo están criticando». Otro compartió la publicación entre risas. Alguien más agregó una opinión sin conocer al joven ni haber estado presente. Así, un episodio de unos cuantos minutos empezó a definir públicamente a una persona cuya historia era mucho más larga que aquella discusión.
Lo verdaderamente inquietante no es que el muchacho se haya enojado. Es que una reacción desafortunada pueda convertirse, para los demás, en la explicación completa de quién es. ¿Cuántas veces hemos hecho algo semejante? ¿Cuántas veces hemos permitido que un momento sustituya una vida entera?
Baruch Spinoza, el filósofo neerlandés del siglo XVII, nos dejó una idea que todavía merece atención: comprender las acciones humanas exige algo más que condenarlas. No significa justificar cualquier conducta ni borrar la responsabilidad personal. Significa reconocer que las personas actuamos bajo la influencia de emociones, circunstancias, temores y deseos que no siempre comprendemos del todo. Entender por qué alguien pierde el control no vuelve correcta su reacción, pero puede ayudarnos a juzgarla con mayor justicia.
El cerebro tampoco es una máquina infalible de decisiones. Cuando nos sentimos amenazados, humillados o tratados injustamente, podemos reaccionar antes de evaluar las consecuencias. La razón y la emoción no siempre caminan al mismo ritmo. A veces sabemos, incluso mientras hablamos, que deberíamos detenernos; aun así, continuamos. Después llega la calma, y con ella esa incómoda claridad que suele aparecer cuando ya no podemos retirar las palabras.
Todos hemos estado alguna vez en ese lugar. Hemos contestado mal, levantado la voz, tomado una decisión precipitada o dicho algo que, de haber tenido unos segundos más, habríamos preferido callar. También hemos sido quienes recibieron una respuesta injusta, quienes fueron malinterpretados o quienes tuvieron que explicar una historia que los demás ya habían decidido no escuchar.
Lo que distingue una crítica justa de una condena es, precisamente, la disposición a conocer los hechos completos. Una crítica puede señalar un error y ayudar a corregirlo; la crueldad, en cambio, necesita que el otro permanezca reducido a ese error. La primera busca comprender qué ocurrió y qué podría hacerse mejor. La segunda necesita un culpable, porque la presencia de un culpable permite que los demás se sientan, por un instante, inocentes.
¿Por qué disfrutamos tanto de esas pequeñas caídas ajenas? No siempre es envidia, ni toda persona que comparte una noticia actúa con mala intención. A veces hay curiosidad, otras veces indignación legítima y, en ocasiones, simplemente el hábito de participar en una conversación colectiva. Pero también existe el placer de sentirse por encima de alguien, de descubrir una falla ajena para no mirar las propias. Es más sencillo comentar la equivocación de otro que reconocer las nuestras; más cómodo compartir una burla que ofrecer una pregunta; más fácil señalar que acompañar.
Quizá lo más doloroso sea recordar que antes las noticias se quedaban entre unas cuantas personas. Un comentario podía perderse en una sobremesa, una discusión terminaba al cerrar una puerta y los errores tenían la oportunidad de envejecer en silencio. Hoy, en cambio, una publicación puede sobrevivir mucho más que el enojo que la originó. La pantalla conserva la acusación incluso cuando los protagonistas han seguido con sus vidas. Y quienes participaron en la burla quizá nunca sepan qué consecuencias tuvo aquella tarde para la persona que convirtieron en personaje.
No podemos exigir que nadie nos critique. Tampoco podemos esperar que todas nuestras decisiones sean comprendidas ni que cada persona esté dispuesta a escuchar nuestra versión. Siempre habrá quien nos aprecie, quien discrepe de nosotros y quien pase de largo sin dedicar un pensamiento a nuestra existencia. La aprobación de los demás es demasiado inestable para convertirla en medida de nuestro valor.
Lo que sí podemos hacer es preguntarnos qué clase de personas queremos ser cuando la equivocación no es nuestra. Si conocemos a alguien que ha cometido un error, ¿necesitamos sumarnos a las risas o podemos concederle el beneficio de la duda? ¿Somos capaces de distinguir entre señalar una conducta y destruir una reputación? ¿Nos interesa la verdad o solamente la satisfacción de tener algo que contar?
Tal vez la madurez consista en recordar que nadie cabe por completo en su peor día. Que detrás de una reacción desafortunada puede existir una persona generosa; detrás de una discusión, una historia que desconocemos; detrás de una publicación que nos provoca risa, alguien que está intentando comprender por qué el mundo parece haber decidido juzgarlo sin escucharlo.
Mañana podríamos ser nosotros quienes aparezcamos en una pantalla, quienes seamos reducidos a una frase, una fotografía o un momento de debilidad. Entonces quizá deseemos que alguien se detenga antes de compartir, que alguien pregunte antes de condenar, que alguien recuerde que nuestra historia comenzó mucho antes de aquella publicación.
Porque hacer nueve cosas bien y equivocarse en la décima no debería convertirnos, de pronto, en personas distintas. El error merece responsabilidad, pero también proporción; la crítica puede ser necesaria, pero no necesita convertirse en humillación.
Al final, cuando las risas se apaguen y la publicación deje de circular, cada quien tendrá que volver a su propia vida. Y quizá entonces descubramos que la pregunta importante nunca fue quién cometió el error, sino qué hicimos nosotros cuando tuvimos la oportunidad de tratar a alguien con un poco de humanidad.
Hay heridas que no dejan marca en el cuerpo, sino en la manera en que volvemos a confiar. Y hay bondades que nadie publica, pero que dicen mucho más de nosotros que cualquier condena compartida.
Ojalá aprendamos a mirar así: sin olvidar que todos, alguna vez, hemos necesitado que alguien nos juzgue menos y nos comprenda un poco más.