Columnas

El péndulo latinoamericano y la pieza que falta

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

"La historia se repite dos veces: primero como tragedia y después como farsa."

— Karl Marx


Por: Isidro Aguado


Durante años, América Latina pareció acostumbrarse a cambiar de color político como quien cambia de gobierno: después de una década marcada por administraciones de izquierda, llegó una nueva oleada de gobiernos de derecha y centroderecha. Lo interesante no es solamente quién está ganando elecciones, sino por qué una parte importante del electorado latinoamericano está modificando sus prioridades y qué significa ese movimiento para México.


El cambio es suficientemente amplio para que ya no pueda explicarse como una colección de casos aislados. Un análisis de J.P. Morgan identifica las elecciones celebradas entre 2024 y 2026 como el mayor realineamiento regional hacia la centroderecha en más de dos décadas. Argentina, Ecuador, El Salvador, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia forman parte de esta transformación, aunque sus gobiernos y sus proyectos políticos sean muy distintos entre sí.


No estamos, por tanto, frente a una América Latina convertida de pronto en un bloque ideológico uniforme. Eso sería una simplificación. Lo que existe es una coincidencia creciente alrededor de determinadas preocupaciones: seguridad, migración, inflación, crecimiento económico, empleo y capacidad del Estado para ofrecer resultados. La ideología importa, pero también importa el cansancio. Y en política, el cansancio puede ser tan poderoso como una doctrina.


Hay un dato que ayuda a entender el fenómeno. América Latina lleva décadas caracterizándose por una extraordinaria volatilidad electoral. Las sociedades de la región han demostrado una tendencia recurrente a castigar a los gobiernos en turno, independientemente de si son de izquierda o de derecha. El problema es que ese péndulo puede producir alternancias sin resolver necesariamente las causas que lo pusieron en movimiento.


La influencia de Washington en este nuevo escenario no significa que Trump haya inventado la derecha latinoamericana. Sería concederle demasiado. Lo que sí ha hecho su administración es ofrecer un punto de articulación internacional alrededor de tres asuntos particularmente sensibles: seguridad, migración y competencia geopolítica con China. El Shield of the Americas representa precisamente ese intento de construir una red hemisférica de cooperación política, económica y de seguridad.


México no está fuera de este proceso. México es una de las piezas centrales del tablero.


Nuestro país continúa gobernado por Morena y por Claudia Sheinbaum, mientras buena parte de América Latina ha girado hacia gobiernos de centroderecha. De hecho, México y Brasil han quedado como dos de las principales referencias del espacio progresista latinoamericano, aunque Brasil todavía enfrenta la segunda vuelta presidencial del 25 de octubre.


Pero México tiene una característica que lo diferencia de prácticamente todos los demás países de la región: Estados Unidos no es simplemente nuestro principal socio internacional; es nuestro vecino, nuestro principal mercado y una variable permanente de nuestra política económica y de seguridad.


Por eso, lo que ocurra en Washington tiene una traducción inmediata en México. Y lo que ocurra en México tiene consecuencias inmediatas para Washington.


La elección brasileña permite dimensionar el fenómeno. Flávio Bolsonaro obtuvo 47% de los votos en la primera vuelta, frente al 45% de Lula, mientras el Partido Liberal alcanzó 28 de los 81 escaños del Senado. El resultado todavía no determina quién gobernará Brasil, pero demuestra que el bolsonarismo conserva una capacidad electoral considerable incluso después de que Jair Bolsonaro fuera condenado a 27 años de prisión y quedara inhabilitado para ejercer cargos públicos.


Brasil es importante no solamente por su tamaño. Lo es porque una eventual reconfiguración política de ese país modificaría todavía más el equilibrio ideológico del continente.


Y entonces queda México.


No como espectador, sino como la gran excepción que todavía permanece en el mapa.


Eso explica por qué cualquier discusión sobre la influencia estadounidense en América Latina termina, tarde o temprano, mirando hacia nosotros. México no tiene elecciones presidenciales en 2026, pero sí tiene una sucesión política que comenzará a definirse mucho antes de que llegue 2030. Y, mientras tanto, 2027 será una elección particularmente relevante para medir la distribución territorial del poder.


Aquí conviene evitar una conclusión demasiado fácil: que el giro latinoamericano hacia la derecha necesariamente llegará a México. No hay evidencia suficiente para afirmar eso. Las elecciones mexicanas tienen dinámicas propias, y el comportamiento electoral no puede deducirse simplemente de lo que ocurrió en Buenos Aires, Santiago, Quito o Bogotá.


Si los problemas que están transformando el comportamiento electoral latinoamericano —seguridad, crecimiento, corrupción, servicios públicos y percepción de resultados— también forman parte de las preocupaciones mexicanas, entonces nuestro país tendrá que procesar esas mismas preguntas dentro de su propia realidad.


Y existe una segunda dimensión todavía más delicada: la relación con Trump.


En México ya se han producido episodios que muestran que Washington no pretende mantenerse al margen de los asuntos que considera estratégicos. La administración estadounidense ha colocado seguridad, narcotráfico y migración en el centro de su relación con nuestro país, mientras el gobierno mexicano ha respondido públicamente defendiendo la soberanía y rechazando cualquier intervención política.


La ironía es que, si Trump pretende dejar una arquitectura política duradera en el hemisferio, México sería la pieza más difícil de acomodar.


Y aquí aparece la pequeña cereza del pastel.


Después de haber visto cómo Washington estrechó relaciones con gobiernos latinoamericanos de orientación conservadora, después de haber impulsado una agenda hemisférica centrada en seguridad y después de observar el desplazamiento político que vive buena parte del continente, no sería extraño que México terminara convertido en uno de los grandes escenarios de esa disputa de influencia.


Lo verdaderamente irónico sería que Trump terminara su mandato presidencial sin haber conseguido modificar sustancialmente la orientación política de México... y que aun así dejara instalada una estructura de influencia que continuara operando después de él.


Porque los presidentes terminan. Las alianzas, las instituciones, los intereses económicos y las redes de influencia pueden durar mucho más.


Por eso el debate mexicano no debería reducirse a preguntar si somos de izquierda o de derecha. La pregunta de fondo es mucho más seria: ¿qué tipo de país queremos construir en un continente que está cambiando nuevamente de dirección?


América Latina vuelve a moverse.

Brasil todavía está decidiendo hacia dónde. México, mientras tanto, observa el péndulo. Pero esta vez no estamos mirando desde afuera.


Estamos en el centro del movimiento.