Columnas

#Baja California

Pedro Páramo: el cacique que no murió

Entre reformas electorales, protestas de la CNTE y decisiones legislativas aceleradas, la semana reflejó la intensidad del momento político que vive México.

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

05/06/2026 14:05 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 05/06/2026

_"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo."_

— Juan Rulfo, Pedro Páramo, 1955

Hagamos una pausa. Esta semana México vivió demasiado. La presidenta Sheinbaum promulgó tres reformas electorales que entraron en vigor el miércoles 3 de junio: la que pospone la elección judicial al 2028, la que crea una comisión dentro del INE para filtrar candidaturas con apoyo de la FGR, la UIF y el CNI, y la que establece la nulidad de elecciones por injerencia extranjera. También esta semana, maestros de la CNTE derribaron con lazos estatuas del Mundial en Paseo de la Reforma, gobernadores duermen con expedientes abiertos en Nueva York y el Congreso — ambas cámaras — aprobó reformas constitucionales con la velocidad de quien no quiere que el debate llegue a tiempo. Ha sido una semana densa, ruidosa y agotadora. Los viernes literarios existen precisamente para esto: para dar un paso atrás, respirar hondo y leer. Porque a veces la literatura dice en una página lo que el análisis político tarda décadas en articular.

Hay un libro que lleva setenta y un años diciéndolo. Se llama Pedro Páramo. Lo escribió Juan Rulfo en 1955, en México, con ciento veinticinco páginas que Gabriel García Márquez leyó de un tirón una noche entera y al terminar volvió a leer desde la primera página. "Es el mejor libro que se ha escrito en castellano", dijo el Nobel colombiano. Jorge Luis Borges lo incluyó entre las obras imprescindibles de la literatura universal. Carlos Fuentes lo llamó el nacimiento de la narrativa latinoamericana moderna. Y sin embargo, lo más perturbador de Pedro Páramo no es su arquitectura literaria — esa narración fragmentada donde vivos y muertos hablan con la misma voz, donde el tiempo no avanza sino que se acumula como polvo. Lo más perturbador es que cada vez que uno la relee en México, parece más reciente que la última vez.

La historia es esta: Juan Preciado llega al pueblo de Comala buscando a su padre, Pedro Páramo, a quien su madre le pidió en su lecho de muerte que reclamara lo que le correspondía. Cuando Juan llega, encuentra un pueblo fantasma. Las voces que escucha son de muertos. Y a través de esas voces, Rulfo reconstruye la vida del cacique: un hombre que llegó al poder desde el resentimiento y la ambición, que acumuló tierras, voluntades y miedos con la misma naturalidad con que otros acumulan deudas, que compró conciencias y anuló lo que no podía comprar, que pactó con curas y con pistoleros según la conveniencia del momento, y que convirtió a Comala en un territorio que existía únicamente para servirle a él. Pedro Páramo es el arquetipo del cacique que abusa de su poder y pasa por encima de todos, generando daños profundos e irremediables a la gente de Comala. Como consecuencia, el poblado se convierte paulatinamente en un lugar fantasma. Cuando el cacique murió — porque al final murió, aunque casi nadie lo notó — el pueblo ya estaba muerto desde antes. Lo había vaciado de vida con la misma eficiencia con que lo había llenado de miedo.

Esta semana, mientras el Congreso mexicano aprobaba en tiempo récord tres reformas que modifican las reglas con que México elige a sus gobernantes y a sus jueces, pensé mucho en Comala. Las dos reformas constitucionales — la electoral y la judicial — fueron avaladas en cascada por las legislaturas locales con mayor celeridad de la que se aprobaron en el Senado y la Cámara de Diputados, y publicadas en el Diario Oficial de la Federación antes de que el debate ciudadano pudiera siquiera organizarse. Rulfo describió ese mecanismo hace setenta años con una precisión que ningún constitucionalista ha superado: en Comala, las decisiones de Pedro Páramo no se debatían. Se comunicaban. Y quienes no las aceptaban simplemente dejaban de aparecer en el relato.

No es que las reformas de esta semana sean necesariamente malas en todos sus componentes. El problema que Rulfo iluminó no es el contenido de las decisiones del cacique. Es su proceso. Es la ausencia de contrapeso real, de deliberación genuina, de un árbitro que no le deba nada a nadie. Diputados y senadores del PAN y el PRI se colocaron de espaldas a la tribuna para protestar por la aprobación de la reelección de los magistrados electorales y la postergación de la elección judicial, señalando que se empalmaría con la revocación de mandato y cuatro elecciones estatales. No importó. La mayoría tenía los votos. Los votos tenían la decisión. La decisión tenía ya la tinta del Diario Oficial. Pedro Páramo tampoco preguntaba. Tenía los pistoleros.

Hay una escena en la novela que siempre me detiene y que esta semana regresó con fuerza. Pedro Páramo, ya viejo, ya casi al final, se sienta frente a la ventana de su casa y mira el pueblo vacío que construyó. Rulfo escribe que pensó en Susana San Juan — la mujer que amó y nunca pudo poseer — y comprendió algo que nunca quiso admitir: que todo lo que había acumulado, toda la tierra y el poder y el miedo que había sembrado durante décadas, no lo hacía menos solo. El cacique que lo controló todo no pudo controlar lo único que quería. Es el retrato más exacto de lo que el poder hace con quienes lo buscan como fin en sí mismo: los llena de todo excepto de lo que necesitaban. Y los deja, al final, solos frente a una ventana.

Esta semana también, en esa misma Ciudad de México donde el Congreso promulgaba reformas, los maestros de la CNTE derribaban estatuas del Mundial en Paseo de la Reforma exigiendo pensiones dignas y salarios que alcancen para vivir. Dos escenas simultáneas que Rulfo habría reconocido de inmediato: los que mandan desde adentro rediseñando las reglas de su permanencia, y los de afuera tirando lo único que pueden tirar porque nadie los escucha desde adentro. Comala no desapareció con Rulfo. Se mudó a la capital.

Pedro Páramo tiene setenta y un años. Es cortísima — se lee en una tarde — y es devastadora de una manera que no grita sino que susurra. Rulfo escribió con la prosa más austera de la literatura mexicana lo que ningún discurso político ha podido decir con tanta claridad: que los pueblos no mueren solos. Los matan, lentamente, quienes concentran todo el poder y no le deben nada a nadie. Si no la han leído, este fin de semana es el momento. Y si ya la leyeron, este fin de semana en México es el mejor momento para releerla.

"Comala no estaba en Jalisco. Estaba en cualquier lugar donde una sola voluntad decidía por todos los demás. Rulfo lo sabía en 1955. Nosotros lo seguimos aprendiendo."

Temas relacionados CNTE Pedro Páramo