por Tabatha Urías
30/10/2026 15:48 / Uniradio Informa Baja California / Sociedad / Actualizado al 30/10/2026
TIJUANA.- El cempasúchil tiene la fascinación de anunciarnos un cambio de estación y llevarnos a un recuerdo. Basta percibir su aroma o encontrarnos con sus pétalos anaranjados para reconocer que se acerca una de las celebraciones más entrañables de México: el Día de Muertos. Su presencia transforma calles, mercados, hogares y panteones; pero, sobre todo, convierte el recuerdo en algo que podemos mirar, tocar y oler.
Su nombre proviene del náhuatl cempohualxóchitl, una palabra que suele traducirse como "veinte flores" o "flor de veinte pétalos". La especie que tradicionalmente reconocemos en las ofrendas es Tagetes erecta, una planta originaria de México y Mesoamérica que ha sido cultivada y seleccionada por generaciones.
Su color es una de sus características más poderosas. Los tonos amarillos y anaranjados evocan la luz del sol, mientras que su aroma intenso aporta una dimensión sensorial que pocas flores consiguen con tanta fuerza. En la tradición del Día de Muertos, sus pétalos se disponen en caminos que conducen hasta los altares, como una guía simbólica para recibir a quienes regresan a visitar a sus seres queridos.
También es una flor que habla de nuestro país desde la tierra. De acuerdo con cifras oficiales de la Secretaría de Agricultura, en 2024 México produjo 20,659 toneladas de cempasúchil para flor de corte, cultivadas en 2,203 hectáreas. Ese mismo año se registraron, por separado, más de 510 mil manojos y alrededor de 3.16 millones de plantas en maceta. Puebla, Hidalgo y Oaxaca destacaron en la producción por tonelada.
En mi experiencia como diseñadora floral, el cempasúchil tiene una presencia difícil de sustituir. Su color es pleno, su textura abundante y su aroma inconfundible. Puede formar caminos, enmarcar fotografías, acompañar veladoras o crear composiciones de gran fuerza visual. Me interesa especialmente su capacidad para reunir lo natural y lo simbólico: una flor sencilla, cultivada en nuestros campos, puede convertirse en el centro emocional de un espacio. No necesita imponerse por su sofisticación; su significado ya le concede una presencia propia.
También podemos disfrutar el cempasúchil más allá de la temporada. Si lo cultivamos en maceta, necesita buena iluminación solar, un sustrato fértil y bien drenado, y riego moderado, evitando que las raíces permanezcan encharcadas. Para conservar las flores cortadas, conviene retirar las hojas que quedarían sumergidas, mantener los tallos en agua limpia y colocarlas en un sitio fresco, lejos del calor directo. Son cuidados sencillos que ayudan a prolongar su belleza y a disfrutar de su presencia durante más tiempo.
El cempasúchil es mucho más que la flor de una festividad. Es parte de nuestra historia agrícola, de la diversidad vegetal de México y de una manera profundamente nuestra de entender la muerte como una oportunidad para recordar, agradecer y volver a encontrarnos simbólicamente con quienes amamos. Cada otoño, su color regresa a los campos y a los altares para recordarnos que la memoria también puede florecer.
Cuando pienso en el cempasúchil, no veo solamente una flor naranja. Veo un camino iluminado, el aroma de una casa preparada para recibir a sus seres queridos y una tradición que sigue viva gracias a quienes la cultivan, la comparten y la mantienen presente. En México, el cempasúchil no solo adorna nuestros altares: nos ayuda a dar forma visible a aquello que nunca dejamos de llevar en el corazón: a nuestros seres queridos.