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El Mundial y el maestro: dos Méxicos en la misma avenida

Manifestación de la CNTE y preparativos para el Mundial evidenciaron contrastes entre la protesta social y la imagen festiva que proyecta el país.
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

_"Un pueblo que no educa a sus maestros no tiene derecho a esperar que sus maestros eduquen a su pueblo."_

— Simón Rodríguez, maestro de Simón Bolívar

Hoy, 2 de junio de 2026, Paseo de la Reforma amaneció como el escenario más brutal y más honesto de lo que México es en este momento. Por un lado, estatuas gigantes de más de cinco metros de altura representando futbolistas del mundo, instaladas por el gobierno capitalino como decoración festiva para el Mundial que arranca en nueve días. Por otro, integrantes de la CNTE que derribaron con lazos al menos tres de esas estatuas, les retiraron las camisetas, las arrastraron sobre el asfalto y prendieron fuego a las prendas deportivas, pintando en los torsos caídos la leyenda "La CNTE vive". Dos Méxicos en la misma avenida. Uno celebrando el espectáculo que el mundo verá. Otro exigiendo lo que el mundo no debe ver.

Es tentador despachar la escena con indignación moral fácil: los maestros vandalizaron patrimonio público, interrumpieron la vida de la ciudad, afectaron a miles de ciudadanos que no tienen nada que ver con sus demandas. Todo eso es cierto. Y sin embargo, quedarse solo en ese juicio es la forma más cómoda de no entender lo que está ocurriendo. Porque lo que está ocurriendo hoy en Reforma no empezó hoy. Empezó hace décadas, en un país que lleva generaciones prometiéndole algo a sus maestros que nunca termina de cumplirles.

Miles de docentes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación iniciaron el 1 de junio un paro nacional indefinido que alteró el funcionamiento de escuelas públicas en al menos diez entidades del país. El paro no tiene fecha de conclusión. Tampoco tiene, hasta este momento, una respuesta concreta del gobierno federal que lo detenga. El pliego petitorio fue entregado formalmente el 1 de mayo al secretario de Educación Mario Delgado y contiene siete ejes centrales que el magisterio disidente define como demandas históricas: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, que desvincula las pensiones del esquema solidario y las ata a las Afores; la cancelación de la reforma educativa vigente; un aumento salarial del 100 por ciento — frente al 9 por ciento que ofreció la SEP y que los maestros rechazaron por insuficiente; la reinstalación de docentes cesados por participar en protestas; y el cambio al sistema de carrera docente.

Detengámonos en el número que más incomoda al gobierno y que menos se menciona en las conferencias de prensa: el aumento salarial del 100 por ciento que exige la CNTE no es una cifra arbitraria ni demagógica. Es la respuesta matemática a décadas de erosión del poder adquisitivo docente. Según datos del IMCO, el salario real de los maestros de educación básica en México perdió entre el 30 y el 40 por ciento de su valor en los últimos veinte años, medido contra la inflación acumulada. El 9 por ciento que ofreció la SEP no recupera esa pérdida. Ni siquiera se acerca. Y en un país donde el salario mínimo mensual es de 9 mil 582 pesos en 2026, hay docentes del sector privado que ganan menos que ese piso, mientras el sistema educativo que sostienen registra resultados en las pruebas PISA que ubican a México en el lugar 35 de 37 países de la OCDE.

El tema de las pensiones es igualmente urgente y estructuralmente más complejo. La CNTE exige regresar al esquema solidario de pensiones por años de servicio — jubilación a los 28 años laborados para mujeres y 30 para hombres— desvinculándose de las Afores que estableció la reforma del ISSSTE de 2007.  El argumento tiene solidez histórica y matemática: un maestro que ingresó al sistema en los noventa bajo el esquema de pensión garantizada, vio cambiar las reglas del juego a la mitad de su carrera, sin haber votado por ese cambio ni haber sido compensado por él. La queja no es ideológica. Es contractual. Es la reclamación de quien firmó un contrato y vio cómo el Estado lo modificó unilateralmente cuando ya era demasiado tarde para tomar otro camino.

Tras una mesa de diálogo de casi ocho horas en la Secretaría de Gobernación, las autoridades federales y estatales buscaron destrabar las demandas del magisterio disidente, con la participación de Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, y Mario Delgado, secretario de Educación. El resultado fue el de siempre: un comunicado de voluntad de diálogo, sin acuerdos concretos escritos. La secretaria general de la Sección 22 de Oaxaca, Yenny Aracely Pérez, emplazó al gobierno a entregar respuestas por escrito a sus 79 peticiones en un plazo de 24 horas.  Las 24 horas pasaron. No llegó ningún documento. Y hoy, los maestros están en Paseo de la Reforma tirando estatuas del Mundial.

La dirigencia de la CNTE fue explícita: si transcurren los días, si llega el 10 de junio y no hay ninguna respuesta ni avance en el pliego de peticiones, el movimiento endurecerá sus acciones y buscará aprovechar la coyuntura del Mundial para visibilizar su lucha. El dirigente de la Sección 7 de Chiapas lo dijo sin rodeos: "Los ojos del mundo estarán en la Ciudad de México, y ahí estaremos mostrando nuestra inconformidad." No es una amenaza vacía. Es una estrategia de presión que tiene toda la lógica de quien lleva meses sin ser escuchado y de repente tiene a su disposición el escenario mediático más grande que México ha tenido en décadas.

Aquí es donde las dos narrativas de hoy colisionan con una fuerza que ningún comunicado oficial puede suavizar. El gobierno federal invirtió recursos, tiempo y capital político en posicionar a México como anfitrión del Mundial 2026 ante el mundo. La imagen de estatuas de futbolistas derribadas y quemadas en la avenida más emblemática de la capital, a nueve días del partido inaugural, es exactamente la imagen que ninguna estrategia de comunicación puede controlar. Y la CNTE lo sabe. La presidenta Sheinbaum, al ser cuestionada esta mañana sobre los actos vandálicos del día anterior, prefirió decir que "hubo mucha provocación" y que no cree que hayan sido maestros quienes los generaron.  Es el refugio habitual del gobierno cuando no quiere enfrentar la contradicción: atribuir la violencia a infiltrados, a provocadores, a terceros anónimos. El problema es que esa salida retórica no resuelve ni el plantón ni las demandas ni los días sin clases en diez estados del país.

Porque mientras se debate si los que tiraron las estatuas eran o no maestros, hay algo que nadie discute: hay decenas de miles de niñas y niños sin clases hoy en Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Michoacán y otros estados con alta presencia de la CNTE. En un país que ya reprueba en comprensión lectora, en matemáticas y en ciencias según todos los indicadores internacionales disponibles, cada día sin clases no es un día de vacaciones anticipadas. Es un día de rezago que se acumula sobre rezago acumulado. Y ese costo no lo pagan los funcionarios de la SEP ni los dirigentes de la coordinadora. Lo pagan los niños que no tienen otra escuela a dónde ir.

El poeta nicaragüense Rubén Darío escribió que "hay golpes en la vida tan fuertes que yo no sé si el alma tiembla de miedo o de frío." Los maestros mexicanos llevan décadas recibiendo esos golpes: reformas que cambian las reglas a mitad del juego, salarios que no alcanzan, pensiones que se evaporan, evaluaciones que se utilizan como instrumento de control más que de mejora. La CNTE no nació de la comodidad. Nació de la acumulación de promesas incumplidas. Y aunque sus métodos sean cuestionables — y lo son, el vandalismo no es argumento político sino su sustituto — la pregunta que México debe hacerse hoy no es por qué tiraron las estatuas del Mundial. Es por qué llevan décadas sin que nadie resuelva lo que los llevó a tirarlas.

Faltan nueve días para que el mundo llegue a ver un partido de futbol en México. El gobierno quiere que vean estadios llenos, avenidas iluminadas y una capital vibrante. Los maestros quieren que vean otra cosa: que detrás de la fiesta hay un sistema educativo en crisis, docentes con salarios que no alcanzan y un Estado que sabe organizar un Mundial pero no sabe cómo pagarle dignamente a quien enseña a leer a los niños del país.

Ambas imágenes son México. La diferencia es cuál decide ver.

Un país que gasta millones en estatuas para el mundo y no puede pagarle dignamente a sus maestros no tiene un TV problema de presupuesto. Tiene un problema de prioridades.

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