México, el Mundial y el arte de levantarse
_"México es un país difícil de definir con precisión porque tiene demasiado de todo: demasiada historia, demasiados colores, demasiados muertos y demasiada vida."_
Era jueves. El sol de junio caía vertical sobre el Ajusco y los puestos de elotes ya estaban encendidos desde las siete de la mañana en las calles aledañas al Azteca. Un señor de gorra verde vendía banderitas tricolores a veinte pesos cada una. Una señora de mandil ofrecía tortas de canasta desde una cubeta con mantel de plástico floreado. Un niño con la playera del Tri corría entre los adultos sin que nadie lo detuviera porque ese día, en ese lugar, nadie tenía prisa de irse. Tenían prisa de llegar.
Adentro, 80 mil 824 personas esperaban. Afuera, seis mil millones las esperaban a ellas.
Nadie lo hubiera predicho así. Durante meses, una parte del periodismo nacional e internacional — esa parte que existe para presagiar catástrofes con cara de experto — había construido su liturgia habitual con ladrillos de escepticismo bien ensayado. Que los estadios no estarían listos. Que el tráfico aplastaría la ciudad. Que las protestas arruinarían la fiesta. Que la inseguridad espantaría a los turistas. Los titulares llegaron puntuales como siempre llegan los malos augurios: "México recibe la ceremonia inaugural entre piquetes, protestas y obras sobre la hora." El tono era el de quien ya había escrito el obituario antes del sepelio. Y entonces llegó el jueves 11 de junio. Y México, con su vocación irremediable de desmentir pronósticos, hizo lo único que sabe hacer cuando el mundo lo da por vencido: apareció. Salma Hayek dio la bienvenida oficial a las 48 selecciones del mundo. Shakira, Maná, Belinda, Danny Ocean y Los Ángeles Azules pusieron el ritmo. Andrea Bocelli interpretó en vivo la canción oficial del torneo. Y el Azteca rugió con 80 mil 824 gargantas que llevaban años esperando ese momento. Los que habían escrito el obituario tuvieron que guardarlo. Otra vez.
Hay algo profundamente mexicano en esa secuencia: la capacidad de este país para llegar al borde del caos organizativo, hacerle una reverencia al desastre desde una distancia prudente, y después salir al escenario más grande del mundo a dar un espectáculo que deja con la boca abierta a los mismos que apostaron por el fracaso. México no organiza eventos a pesar de sus contradicciones. Los organiza con ellas, entre ellas, alrededor de ellas. Y eso, aunque los manuales de gestión de eventos no lo contemplen, produce algo que ningún comité organizador suizo puede reproducir: una fiesta que se siente viva porque la hace gente que vive de verdad.
Para entender por qué el Mundial 2026 en México es algo más que un torneo deportivo, hay que recordar que esta no es la primera vez que el país hace esto. México organizó su primer Mundial en 1970, cuando el Estadio Azteca vio coronarse a Brasil con Pelé y su selección dorada. Pero es la historia del segundo Mundial la que mejor describe lo que significa ser México. El 19 de septiembre de 1985, a ocho meses del inicio del torneo, un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter sacudió la Ciudad de México la mañana de un jueves, dejando miles de muertos, cientos de edificios derrumbados y una ciudad en estado de catástrofe. El gobierno reconoció entre seis y siete mil muertos, cifra cuestionada por la CEPAL que contabilizó hasta 26 mil víctimas. La respuesta del gobierno de Miguel de la Madrid fue lenta e ineficaz, y fue la propia sociedad civil la que se autoorganizó para rescatar a las víctimas en medio del caos. Mientras los escombros todavía humeaban, mientras los voluntarios buscaban sobrevivientes con las manos, mientras el país procesaba una herida que todavía no cicatriza del todo, la FIFA evaluaba si México podía seguir siendo la sede del Mundial. Alemania esperaba en la banca. Hubo quien propuso posponer el torneo meses. La decisión que se tomó fue seguir adelante.
El Mundial de México 86 fue mucho más que futbol. Un año después del devastador sismo, el país se levantó para recibir al mundo. Lo recibió con mariachis y tacos y goles y la Mano de Dios de Maradona y el gol del siglo en ese mismo Azteca que ayer volvió a encender sus luces. Eso es México. Un país que recibe el peor golpe posible, que entierra a sus muertos, que llora lo que tiene que llorar, y que después arregla lo que haya que arreglar y dice: pasen, están en su casa. Ayer en las tribunas los asistentes entonaron "Cielito Lindo" y corearon "¡México, México!" mientras celebraban el debut triunfal de la selección nacional que venció 2-0 a Sudáfrica. No era solo un grito de estadio. Era un idioma. El idioma de un pueblo que aprendió hace mucho tiempo que la única respuesta digna ante la adversidad es seguir de pie.
Ibargüengoitia escribió en Instrucciones para vivir en México que este país tiene la virtud de ser absolutamente impredecible en sus desastres y absolutamente sorprendente en sus recuperaciones. Lo decía con la ironía característica de quien amaba a México demasiado para idealizarlo y lo conocía demasiado para odiarlo. Tenía razón. El México que los medios internacionales describieron como un caos de protestas y obras inconclusas fue el mismo México que presentó a Salma Hayek ante 80 mil personas de 48 países, que llenó el estadio más icónico de la historia del futbol mundial y que venció a Sudáfrica en el partido inaugural. Sin importar los pronósticos. Sin importar las protestas afuera. Sin importar la deuda pendiente con sus maestros, sus desaparecidos y sus muertos que todavía esperan respuesta. México apareció, como siempre aparece, cuando el mundo voltea a verlo.
Porque eso es México, y vale la pena decirlo sin vergüenza y sin exageración patriótica. México es el país donde un sismo de 8.1 no cancela un Mundial. Es el país donde en el mismo escenario caben todos los géneros y todos los acentos porque aquí siempre cupo el mundo entero. Es el país donde la mayor garita fronteriza del planeta — con 300 mil cruces diarios — no es solo una línea divisoria sino el lugar donde dos civilizaciones se mezclan, se disputan y se enriquecen mutuamente desde hace dos siglos. Es el país de la tortilla y el tamal y el mole y la birria que el mundo entero descubrió esta semana mientras buscaba dónde comer entre partidos. Es el país que tiene 68 lenguas indígenas vivas, una de las cocinas reconocidas como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO y el sistema de transporte colectivo más caótico y más democrático del continente. Es el país donde conviven el Azteca y Teotihuacán, la marcha y el gol, el mariachi y el reggaetón, la Constitución y la fosa clandestina. Contradicciones que no se cancelan entre sí. Que se sostienen, que se empujan, que se necesitan. Como México mismo.
Ayer, en las tribunas del Azteca, aficionados de decenas de países se mezclaron sin protocolo ni pasaporte cultural, cantando en idiomas distintos la misma canción irreconocible que es el rugido de un estadio lleno. Un alemán al lado de un sudafricano al lado de un mexicano de Tijuana al lado de uno de Oaxaca.
El futbol no resuelve nada de lo que está roto afuera. Pero por noventa minutos le recuerda al mundo que compartir el planeta no es tan imposible como los lunes nos hacen creer. Y México, que lleva dos siglos aprendiendo a coexistir con sus propias contradicciones, sabe de eso más que nadie.
Gianni Infantino lo dijo con una simpleza que resulta poderosa: "La Copa Mundial de la FIFA es un momento que el mundo comparte, y eso comienza con la forma en que la inauguramos". México inauguró el Mundial más grande de la historia dando la bienvenida al mundo en el estadio que ya era legendario antes de que la FIFA existiera. Sin importar lo que dijeran los pronósticos. Sin importar las obras sobre la hora. Sin importar todo lo que falta por resolver. México apareció, como en 1970, como en 1986, como cada vez que alguien apostó en su contra. Y lo hizo a su manera: ruidoso, imperfecto, extraordinario e imposible de ignorar.
Ser mexicano no es no tener problemas. Es tener demasiados y aparecer de todas formas. Con el corazón más terco del continente y el Azteca más lleno de la historia.