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1° de mayo: El trabajador que no descansa ni en su día

Isidro Aguado Archivo

"El trabajo engrandece a la patria"- Álvaro Obregón

Columna de opinión |

Por: Isidro Aguado

Imagínese a un hombre. Un hombre de overol, con las manos negras de grasa y los pies hinchados de doce horas de pie. Es 1886 en Chicago. Afuera, miles como él marchan por las calles exigiendo algo que hoy parece elemental y que entonces sonaba a revolución: ocho horas de trabajo, ocho de descanso, ocho para vivir. El mercado no les regaló ese derecho. Se los arrancaron con sangre, con huelga, con muertos en el pavimento. Ese hombre anónimo de Chicago es el padre de cada trabajador mexicano que hoy, 1° de mayo, se levanta a las cinco de la mañana para tomar el primer camión y llegar a tiempo a un empleo que, con suerte, le alcanzará para pagar la renta. Conmemorar este día no es celebrar un logro. Es recordar que el camino que se construyó entonces todavía está incompleto.

México tiene con el trabajo una relación tan antigua como contradictoria. Álvaro Obregón, el general sonorense que llegó al poder tras la Revolución, prometió en 1920 que ese sacrificio de un millón de muertos tendría un fruto concreto: tierra para los campesinos, dignidad para los obreros, justicia para los de abajo. El artículo 123 de la Constitución de 1917 fue en su momento el texto laboral más avanzado del mundo. Antes de que Franklin Roosevelt lo imitara con el New Deal en Estados Unidos, antes de que Europa construyera su estado de bienestar, México ya había plasmado en su ley suprema la jornada de ocho horas, el salario mínimo, el derecho a huelga y la protección a la maternidad. Fue un documento extraordinario. La pregunta que nadie quiere responder es qué quedó de él un siglo después.

Cananea, 1906. Los mineros de la compañía norteamericana levantaron la primera huelga obrera organizada de la historia moderna de México, exigiendo las mismas condiciones que sus compañeros estadounidenses. Porfirio Díaz envió al ejército. Hubo muertos. Pero también hubo conciencia. Esa conciencia obrera alimentó la mecha que estalló en 1910 y que terminó escribiendo el artículo 123. Emiliano Zapata y Francisco Villa no pelearon por un discurso: pelearon porque el campo y la fábrica devoraban vidas sin ofrecer nada a cambio. La Revolución fue, entre otras cosas, un grito laboral con armas.Y sin embargo, cien años después de aquella gesta, los números de 2026 cuentan una historia que pondría incómodo al mismísimo Obregón.  La tasa de informalidad laboral en México se ubica actualmente en 54.9 por ciento.  

Más de la mitad de los trabajadores mexicanos sobrevive fuera del sistema: sin seguridad social, sin crédito, sin pensión, sin vacaciones pagadas. No son holgazanes. Son los albañiles, las costureras, los vendedores ambulantes, los repartidores de aplicación que entregan comida mientras el algoritmo decide cuánto ganan ese día. El escritor Carlos Monsiváis los llamó "los invisibles del México moderno": presentes en todas partes, reconocidos en ninguna. El salario mínimo general aumentó 13 por ciento en 2026, elevándose a 315 pesos diarios, lo que representa un ingreso mensual aproximado de 9 mil 582 pesos.  

Suena a progreso, y en parte lo es. Pero la pregunta incómoda sigue en pie: ¿cuánto cuesta vivir en México en 2026? ¿Cuánto cuesta una canasta básica, una renta, un kilo de carne, una consulta médica privada? El salario sube; los precios corren más rápido.

En lo que va del siglo XXI, México ha mostrado una tendencia aparentemente estable en sus indicadores laborales: tasas de desempleo bajas, combinadas con niveles elevados de informalidad. Pero cuando se habla de creación de empleos, en muchos casos se hace referencia a puestos precarios o insertos en la informalidad.  El académico Enrique de la Garza Toledo, uno de los sociólogos del trabajo más rigurosos de México, lleva décadas documentando lo que él llama "el trabajo atípico": ese empleo que existe estadísticamente pero que no ofrece las garantías que la Constitución prometió. Tener trabajo en México no es sinónimo de tener seguridad. Es, con frecuencia, sinónimo de incertidumbre disfrazada de ocupación.

Y luego está la vivienda. Porque el trabajador mexicano no solo enfrenta al mercado laboral: enfrenta también al mercado inmobiliario, que en los últimos años se ha convertido en el muro más alto entre la promesa constitucional y la realidad cotidiana. El déficit habitacional en México ronda entre 9 y 10 millones de viviendas, según estimaciones del sector privado, mientras que el INEGI reporta que 7.6 millones de hogares tienen la necesidad o intención de rentar, comprar o construir una vivienda. Al cierre de 2025, el precio promedio nacional alcanzó 31 mil 366 pesos por metro cuadrado, en un mercado inmobiliario presionado tanto por la demanda como por el encarecimiento de materiales y suelo.  Mientras tanto, los desarrolladores han priorizado vivienda media y residencial de mayor valor en lugar de los segmentos económico y popular, lo que ha elevado el precio promedio pero reducido la oferta total disponible, profundizando el rezago habitacional.  

El sueño de la casa propia, que el artículo 123 incluyó como aspiración legítima del trabajador mexicano, se aleja en proporción directa a cada año de salario que pasa.Quien no tiene trabajo digno, no puede acceder a crédito. Quien no tiene crédito, no puede comprar vivienda. Quien no tiene vivienda, no puede estabilizarse. Y quien no puede estabilizarse, tampoco puede organizarse políticamente para exigir que el ciclo cambie. La trampa es perfecta. El Nobel de Economía Joseph Stiglitz la ha descrito con precisión quirúrgica en su obra El precio de la desigualdad: los sistemas que perpetúan la precariedad laboral no son accidentes del mercado, son diseños del poder que benefician a quienes ya tienen y castigan a quienes aspiran a tener.En este contexto, ¿qué se conmemora realmente el 1° de mayo en México? Se conmemora una promesa. Una promesa que arrancó en las calles de Chicago en 1886, que tomó forma en Cananea en 1906, que se codificó en Querétaro en 1917 y que hoy, más de cien años después, sigue siendo, para millones de mexicanos, una deuda pendiente. El repartidor de plataforma digital que trabaja doce horas sin prestaciones no es tan diferente al obrero de Chicago que exigía ocho. La forma cambió. El fondo, no tanto.

Hoy también urge redefinir quién es trabajador en México. La empleada del hogar que cuida a los hijos de otros mientras los suyos crecen solos. El teletrabajador que paga su propio internet, su propia silla, su propio escritorio, y al que la empresa descontará si la conexión falla. La cuidadora no remunerada que sostiene a una familia entera sin que el IMSS le cuente un solo día de cotización. Todos ellos trabajan. Pocos de ellos son reconocidos por la ley con la misma intensidad con que la ley protege al asalariado formal. Y el asalariado formal, ese que sí aparece en las estadísticas, tampoco vive tan bien como los indicadores sugieren.

El 1° de mayo no debería ser un día de discursos desde un templete. Debería ser el día en que México se mire con honestidad al espejo y responda una pregunta sencilla: ¿qué le debe el Estado a quien trabaja? No lo que dice el artículo 123. No lo que prometen los candidatos. Lo que ocurre en la realidad, en el canal del Bordo, en la maquiladora de Otay, en la cocina de un restaurante de la Zona Río, en la obra de construcción de Playas de Tijuana. Ahí está el verdadero termómetro de esta ciudad.

Álvaro Obregón dijo que México necesitaba menos héroes y más ciudadanos. Lo que México necesita hoy es menos conmemoraciones y más cumplimiento. Porque los mártires de Chicago no murieron para que sus bisnietos tuvieran un día feriado. Murieron para que el trabajo fuera digno.

Y mientras más de la mitad de los trabajadores mexicanos opere en la informalidad, mientras el déficit de vivienda supere los nueve millones de hogares y mientras un salario mínimo no alcance para rentar un cuarto en ninguna ciudad grande del país, ese día feriado seguirá siendo, antes que celebración, una cuenta pendiente.