La inflación: el impuesto que nadie votó y todos pagamos
_"La inflación no es solo un fenómeno económico; es la forma más silenciosa en que el Estado reduce el valor del trabajo sin pedir consentimiento."_
Por: Isidro Aguado
Imagine a la señora que sale al mercado este viernes en cualquier parte de Mexico, Lleva la misma lista de siempre, los mismos productos que compró hace doce meses. Nada ha cambiado en su rutina. Pero al llegar a la caja, algo no cuadra: faltan diez, quince, veinte pesos. No hubo error, no le robaron, no se equivocó al sumar. Lo que ocurrió es más silencioso —y más devastador— que cualquier robo: la inflación entró a su bolsillo sin pedir permiso y redujo su poder de compra sin dejar recibo.
Eso es la inflación. No un porcentaje en un comunicado oficial. Es un taco menos en la mesa, es el medicamento que ya no alcanza, es el tanque de gasolina que ya no se llena completo.
En México, durante los últimos doce meses, la inflación creció 4.59%. El número parece técnico, incluso inofensivo. Pero llevado a la vida cotidiana significa esto: cada 100 pesos que ganaste el año pasado hoy compran apenas 95. El resto se lo quedó silenciosamente la inflación —el único impuesto que nadie votó, que nadie aprobó en el Congreso, y que, sin embargo, todos pagamos, especialmente quienes menos tienen. Los economistas la miden con el Índice Nacional de Precios al Consumidor, a partir de una canasta representativa. Los ciudadanos la medimos de otra forma: cuando llegamos al final de la quincena con el mismo salario y el refrigerador a medias.
«La inflación es el impuesto invisible al bolsillo de los ciudadanos. El único que se cobra sin decreto, sin firma y sin que nadie levante la mano para aprobarlo.»
¿Por qué sube todo? Porque la inflación no tiene una sola causa, sino varias que operan simultáneamente. Cuando la demanda supera a la oferta, los precios aumentan. Cuando los costos de producción se elevan —diésel, electricidad, materias primas— las empresas trasladan ese incremento al consumidor final. Cuando hay más dinero circulando que bienes producidos, el valor del dinero se erosiona. Y cuando los precios internacionales del petróleo se disparan —como ha ocurrido por tensiones en Asia y Medio Oriente— el impacto llega directo al transporte. En México, el 90% de los bienes se mueve por carretera: si sube la gasolina, sube todo. No hay excepción.
A este entramado se suma un problema estructural que México arrastra desde hace décadas: la informalidad laboral. Sí, hay empleo, pero una parte significativa carece de contrato, seguridad social y estabilidad. Un trabajador informal no puede ahorrar ni planear frente a la inflación porque ni siquiera sabe cuánto ganará el mes siguiente. Y cuando el gobierno intenta contener la inflación elevando las tasas de interés —la herramienta clásica de política monetaria— el crédito se encarece, la inversión se desacelera y la contratación se frena. Es un dilema constante: combatir la inflación enfría la economía; permitir que avance erosiona el salario real. No existe una salida sencilla.
El campo también paga la cuenta. Cuando los alimentos escasean —por falta de inversión, por sequías o por fallas en la distribución— los precios suben, incluso si la inflación general se mantiene controlada. La tortilla, el jitomate o el frijol no aumentan únicamente por factores internacionales; aumentan porque México ha postergado durante décadas una política seria de desarrollo agrícola.
La historia de la inflación en México es, en realidad, la historia de sus crisis. El episodio más severo ocurrió en 1987, cuando la inflación alcanzó el 159%. No es una cifra abstracta: los precios cambiaban cada semana, el salario se desvanecía antes de terminar el mes y la incertidumbre económica era total. Este fenómeno estuvo ligado a la crisis de deuda externa, a la caída del precio del petróleo y a los desequilibrios fiscales acumulados. México tardó casi una década en salir de esa espiral: en 1996, la inflación aún era de 27.7%. No fue sino hasta 2007 que logró estabilizarse en 3.76%, un nivel razonable, aunque esa estabilidad no fue permanente.
159% fue la inflación en 1987, el peor año de la historia moderna; 27.7% en 1996, todavía en proceso de recuperación; 3.69% en 2025, uno de los niveles más bajos en décadas; y 4.59% en los últimos doce meses, por encima del objetivo del Banco de México.
Vista en perspectiva, la inflación de México en 2025 —3.69%— es manejable, pero solo cuando se compara con nuestros propios episodios de crisis. Al contrastarla con otros países, el panorama se matiza: Argentina cerró 2025 con 31.5%, Brasil con 4.26%, Chile con 3.5%, Colombia con 5.1% y Costa Rica con 0.99%. En los extremos más críticos, Cuba registró 14.95% y Venezuela una inflación estimada de 556%. Venezuela no es solo un dato económico; es una advertencia de lo que ocurre cuando un Estado pierde el control de su política monetaria. Argentina, por su parte, es un espejo incómodo: cercano, comparable y aún evitable.
La combinación más peligrosa no es la inflación por sí sola, sino su coexistencia con bajo crecimiento, empleo informal y salarios rezagados. Cuando estos factores convergen —y en México lo hacen con frecuencia— el resultado es claro: aumenta la desigualdad, se deteriora el poder adquisitivo y se incrementa la migración. El trabajador que no puede sostener a su familia no espera a que la política económica funcione: se va. Y con él se va capital humano que el país formó, pero que termina fortaleciendo otras economías.
La solución no está en los pactos de precios que el gobierno acuerda con grandes cadenas comerciales —una práctica heredada que nunca resolvió el problema de fondo—, sino en transformaciones estructurales: invertir en el campo, romper los oligopolios de distribución, reducir la informalidad mediante empleo formal real y construir una política fiscal menos dependiente del petróleo. Nada de esto es inmediato. Nada ocurre en una quincena ni en un sexenio. Pero tampoco ocurrirá si no se nombra con claridad.
«Mientras México siga resolviendo la inflación con acuerdos de precios en lugar de reformas estructurales, seguirá apagando incendios con cubetas de agua. El fuego no se apaga así.»
Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.
*_El columnista es abogado, académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._