México, Estados Unidos y la historia que no pasa
_"En México, la traición a la patria siempre la comete el de enfrente."_
Columna de opinión |
Por: Isidro Aguado.
Hay frases que sobreviven a sus autores porque condensan una verdad que el tiempo no desgasta. A Porfirio Díaz se le atribuye una de las más lúcidas —y más amargas— de nuestra historia política: "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos." La pronunció en algún momento del largo siglo XIX, cuando el país aún lamía las heridas de haber perdido más de la mitad de su territorio. Hoy, la frase no solo sigue vigente; se ha vuelto noticia de primera plana.
Donald Trump lanzó una de sus declaraciones más agresivas contra México al afirmar que el país "está perdido" y que su única esperanza es el respaldo estadounidense. No es retórica. Es política exterior con operativos de inteligencia incluidos. Y para entender de qué se trata realmente este momento, hay que leer el presente con los ojos de la historia. La historia, en este caso, es una herida que se reabre con regularidad casi matemática.
Todo comenzó mucho antes de Trump, antes de los cárteles, antes del fentanilo.
En 1836, la República de Texas declaró su independencia de México — con apoyo tácito de Washington — y en 1845 fue admitida como estado de la Unión, heredando con ello dos conflictos territoriales que México jamás reconoció. Lo que vino después fue una guerra de conquista disfrazada de disputa fronteriza. Después de varias batallas, la capital fue tomada por los norteamericanos con la caída del Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847, y los combates culminaron con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848.
Con ese papel, México cedió lo que hoy son California, Texas, Nevada, Utah, Arizona y Nuevo México: más de dos millones de kilómetros cuadrados por quince millones de dólares. El escritor Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz, inmortalizaría esa fractura como la herida fundacional de la identidad mexicana: un país que nació mirando al norte con una mezcla de fascinación y terror. El senador estadounidense Henry Clay lo dijo sin ambages en aquel entonces: "México es para Estados Unidos lo que Polonia fue para Rusia." No hubo hipocresía. Solo brutalidad honesta.
La historia no tardó en repetirse. En abril de 1914, la Marina de los Estados Unidos ocupó el puerto de Veracruz bajo el pretexto de un incidente menor con marineros. Murieron más de doscientos mexicanos. Woodrow Wilson, el presidente de los "catorce puntos" y la paz universal, ordenó el bombardeo. Dos años después llegó la llamada Expedición Punitiva. Desde el 16 de marzo de 1916 hasta el 14 de febrero de 1917, una fuerza expedicionaria de más de catorce mil soldados bajo el mando del General John J. "Black Jack" Pershing operaba en el norte de México, con el declarado objetivo de capturar a Pancho Villa y poner fin a sus incursiones. El resultado fue predecible. Pershing tuvo éxito dispersando algunas fuerzas mexicanas, pero Pancho Villa desapareció en el territorio mexicano y nunca fue capturado. Gastaron 130 millones de dólares y se retiraron con las manos vacías.
El historiador Friedrich Katz, máxima autoridad académica sobre Villa, documentó que aquel fracaso tuvo una consecuencia no prevista: convirtió a Villa en símbolo de resistencia nacional. La intervención produjo exactamente lo contrario de lo que buscaba. Algo que Washington nunca aprende.
El siglo XX trajo nuevos disfraces para la misma dinámica. En 1969, el presidente Nixon lanzó la Operación Intercept, cerrando unilateralmente la frontera con México para presionar al gobierno de Díaz Ordaz en materia de narcóticos. Fue la primera vez que "las drogas" se convirtieron en herramienta de coerción diplomática. No sería la última. La DEA llegó a México con sus propias reglas y sus propias operaciones. El asesinato del agente Kiki Camarena en 1985 desató una crisis que casi provoca una ruptura bilateral. El académico Luis Astorga, en su obra El siglo de las drogas, documenta con rigor cómo el combate al narcotráfico siempre ha sido también un campo de negociación de soberanía: un espacio donde México cede fragmentos de autonomía a cambio de no recibir sanciones económicas.
Hoy ese espacio se ha vuelto un campo de batalla político de primera magnitud. El 20 de enero de 2025, Trump firmó la orden para iniciar formalmente el proceso de designar a ciertos cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, lo que elevó el combate al narcotráfico al terreno de la seguridad nacional y el contraterrorismo. Y una vez que algo es "terrorismo", la doctrina estadounidense autoriza intervención directa. Lo hemos visto en Afganistán. En Irak. En Siria. El manual es siempre el mismo. El gobierno de Trump ha comenzado a planificar en detalle una misión para enviar tropas y agentes de inteligencia a México con el objetivo de combatir a los cárteles, con primeras etapas de entrenamiento para la posible misión ya iniciadas, incluyendo operaciones terrestres dentro de México. La historia, como diría el Premio Nobel William Faulkner, no pasa. Ni siquiera es pasado.
En este contexto llegamos al episodio más explosivo de la coyuntura actual: la gobernadora panista de Chihuahua, Maru Campos, y los agentes de la CIA muertos en operativo. Con una mayoría de 15 votos a favor y uno en contra, el Comité de Puntos Constitucionales del Senado fijó la comparecencia de Maru Campos y del fiscal Jáuregui para el 28 de abril de 2026. De concretarse, Campos se convertiría en la primera gobernadora en comparecer ante el Senado por un tema relacionado con seguridad nacional y presencia de agentes extranjeros en territorio mexicano. El grupo parlamentario del PT solicitó al Senado iniciar el procedimiento de juicio político y eventual destitución de la gobernadora por violaciones graves a la Constitución y traición a la patria, al permitir la operación de agentes de Estados Unidos en territorio nacional sin conocimiento ni autorización expresa del gobierno federal. El senador Enrique Inzunza fue contundente al señalar que los hechos podrían configurar el delito de traición a la patria, previsto en el artículo 123 del Código Penal Federal, cuya sanción va de cinco a 40 años de prisión.
Traición a la patria. Tres palabras que en México se usan con la misma generosidad con que se sirve tequila en fiesta de campaña. Hablemos entonces con precisión jurídica e histórica. El artículo 123 del Código Penal Federal tipifica la traición a la patria como realizar actos en favor de una potencia extranjera que afecten la soberanía, la integridad territorial o la independencia nacional de México. Bajo esa definición, caben muchas cosas que nunca se persiguen. ¿No es traición a la patria que algunos legisladores que hoy vocean soberanía en el Senado posean propiedades y cuentas bancarias en Estados Unidos — el mismo país que presiona militarmente a México — mientras votan leyes de seguridad nacional? ¿No es traición a la patria que en las elecciones de 2024 los grupos criminales buscaran abiertamente instalar a sus propios alcaldes en diferentes regiones, asesinando a tres decenas de candidatos durante la campaña y obligando a cientos más a retirarse por intimidación? ¿No es traición a la patria que la corrupción le cueste a México, según estimaciones del IMCO, entre el 5 y el 9 por ciento del PIB anual? Estamos hablando de entre 60 y 100 mil millones de dólares al año que se evaporan en sobornos, contratos inflados, obras fantasma y cuentas en paraísos fiscales. Dinero que debió construir hospitales en Guerrero, escuelas en Oaxaca y policías dignamente pagados. El intelectual Enrique Krauze, en La presidencia imperial, advirtió hace décadas que el problema central de México no es la intervención extranjera sino la complicidad interna: los propios mexicanos de poder que entregan, negocian o subastan la soberanía con tal de mantener sus privilegios. La historia le ha dado la razón, sexenio tras sexenio.
El doble rasero político huele a podrido desde lejos. El gobierno federal lleva años presumiendo "abrazos, no balazos" mientras el Cártel de Sinaloa y otros grupos se expandían con impunidad. La captura o muerte de capos importantes suele ocurrir gracias a inteligencia y operaciones estadounidenses, muchas veces sin que la Secretaría de Seguridad o la Presidencia se enteren hasta el último momento. La propia presidenta Sheinbaum confirmó la colaboración de Estados Unidos en el operativo que llevó a la muerte de "El Mencho" en Tapalpa, Jalisco, aunque reiteró que las acciones tácticas correspondieron únicamente a fuerzas mexicanas. Es decir: inteligencia gringa, gatillo mexicano, laureles compartidos en dos capitales. Si el operativo lo coordina Morena, es cooperación bilateral; si lo facilita el PAN, es traición. La geometría política es tan transparente que ofende la inteligencia.
La historia demuestra que los asesinatos o capturas de alto perfil de capos no detienen el flujo de drogas ni moderan a los cárteles, que siembran la corrupción en el mundo empresarial, policial y político. Washington suele creer que todo gira en torno a sí mismo. El académico John Ackerman, investigador de la UNAM, ha documentado cómo la cooperación en seguridad bilateral nunca ha sido entre iguales: siempre es asimétrica, siempre favorece los objetivos geopolíticos estadounidenses, y siempre genera tensiones domésticas que los gobiernos mexicanos aprovechan electoralmente. El circo del Senado de esta semana es precisamente eso: un espectáculo pensado para el consumo político interno, no para resolver el problema de fondo.
Hay una escena que resume todo con brutal claridad. Durante la sesión del Senado que duró casi tres horas, entre gritos de "traidores a la patria", una legisladora cuestionó a otro por su mansión y se lanzaron acusaciones de corrupción en todos los sentidos. Mientras tanto, en Chihuahua, en Sinaloa, en Guerrero, los mexicanos ordinarios seguían enterrando muertos. Graham Greene, el novelista británico que vivió en México y lo inmortalizó en El poder y la gloria, escribió que los países latinoamericanos no son víctimas del imperialismo externo sino de algo más cruel: la complicidad de sus propias élites con el poder que los subyuga. Greene lo escribió en los años cuarenta. En 2026 sigue siendo la descripción más precisa de lo que ocurre.
Trump puede decir que Estados Unidos es "la esperanza de México". Es un insulto que solo funciona porque hay mexicanos en el poder que lo hacen posible. Porque la soberanía no se pierde de un día para otro: se erosiona, se vende por partes, se negocia en silencio, se dilapida en corrupción cotidiana durante décadas. La verdadera traición a la patria no llegará en uniformes extranjeros. Ya está entre nosotros. Viene en traje sastre, con credencial legislativa en el bolsillo, departamento en Texas y discurso patriótico para el micrófono del Senado los martes por la mañana. Don Porfirio lo intuyó hace más de un siglo. La diferencia es que hoy tenemos nombres, expedientes y videoclips. Eso, al menos, es un comienzo.
Los datos están sobre la mesa. El debate, abierto. La historia, como siempre, esperando que alguien la lea.