Cuando dejamos de leer
"Una sociedad no pierde sus libros cuando deja de tenerlos, sino cuando deja de necesitarlos."
Isidro Aguado
Hay una escena que, dentro de algunos años, podría parecernos extraña: una persona sentada frente a un libro, sin el teléfono en la mano, sin una pantalla encendida al lado, sin notificaciones interrumpiendo cada pocos minutos y sin la necesidad de consultar qué está ocurriendo en el mundo. Simplemente leyendo. Parece una actividad ordinaria, pero quizá estamos comenzando a convertirla en una rareza.
Decir que los jóvenes ya no leen sería una afirmación demasiado sencilla. Sí leen, y probablemente nunca habíamos estado expuestos a tantas palabras como ahora. Leemos mensajes, comentarios, noticias, publicaciones, instrucciones y conversaciones durante buena parte del día. El problema es que leer información no necesariamente equivale a desarrollar una lectura profunda. La diferencia está en la capacidad de permanecer frente a un texto, comprenderlo, relacionar sus ideas, cuestionarlo y construir una interpretación propia.
Y sería injusto convertir esta discusión en un juicio contra los jóvenes. El problema no pertenece exclusivamente a una generación; también alcanza a los adultos, a las familias, a las escuelas y a una sociedad entera que ha ido sustituyendo lentamente la lectura profunda por el consumo acelerado de información. Los adultos también hemos modificado nuestros hábitos: revisamos titulares en lugar de artículos completos, consumimos fragmentos de libros en redes sociales y muchas veces conocemos una obra por una reseña de algunos minutos antes que por sus páginas.
Los datos de México deberían llevarnos a una discusión más seria. El Módulo sobre Lectura 2025 del INEGI registró que 62.5% de la población alfabeta de 12 años y más declaró haber leído libros durante los últimos doce meses. Al mismo tiempo, 83.5 millones de personas señalaron leer redes sociales y 85.2% de quienes lo hacen declaró hacerlo diariamente. Esto no significa que los mexicanos hayan dejado de leer; significa que nuestra relación con la palabra escrita está cambiando y que una parte considerable de ella ocurre ahora dentro de plataformas digitales.
La pregunta verdaderamente importante, por tanto, no es únicamente cuánto leemos, sino qué clase de lectores estamos formando.
La lectura profunda requiere algo que nuestra época parece considerar cada vez más escaso: tiempo. Un libro no entrega necesariamente su significado en los primeros segundos. Exige memoria, concentración y continuidad. Obliga a seguir un argumento aunque no resulte inmediato, a regresar a una página cuando una idea no ha quedado clara y, en ocasiones, a convivir con preguntas que no tienen una respuesta sencilla.
Eso explica por qué los resultados educativos deberían preocuparnos.
En PISA 2022, México obtuvo 415 puntos en lectura, frente a 476 del promedio de la OCDE. Solamente 53% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel 2 o superior de competencia lectora, mientras que el promedio de la OCDE fue de 74%. En los niveles más elevados, apenas 1% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel 5 o superior, frente a 7% en el promedio de la organización.
No sería correcto atribuir estos resultados exclusivamente a las redes sociales o a la tecnología. La comprensión lectora depende de factores educativos, familiares, económicos y culturales. Pero tampoco podemos ignorar que estamos formando nuevas generaciones dentro de un ecosistema que recompensa la velocidad, la brevedad y la respuesta inmediata.
Quizá por eso resulta pertinente recordar lo que alguna vez significaron ciertos libros.
Don Quijote de la Mancha no es solamente la historia de un hombre que confunde la realidad con sus lecturas. Cervantes construyó alrededor de su personaje una reflexión extraordinaria sobre la imaginación, la identidad, la realidad y la manera en que las personas construyen su propia interpretación del mundo.
La Odisea convirtió el regreso de Ulises a Ítaca en una reflexión sobre la memoria, la fidelidad, la identidad y el deseo de volver al lugar de origen. Cien años de soledad hizo de la historia de los Buendía una compleja meditación sobre el tiempo, la memoria y la repetición de la historia. El proceso, de Franz Kafka, convirtió la relación del individuo con una burocracia incomprensible en una experiencia literaria que continúa resultando inquietantemente contemporánea.
Y después están las distopías, esas obras que imaginan futuros inexistentes para advertirnos sobre problemas que sí podrían existir.
George Orwell escribió 1984 como una reflexión sobre el poder, la vigilancia, el lenguaje y la manipulación de la verdad. Aldous Huxley, en Un mundo feliz, imaginó una sociedad que no necesitaba necesariamente prohibir el conocimiento porque podía mantener a sus ciudadanos suficientemente entretenidos y satisfechos como para que dejaran de buscarlo.
Pero quizá ninguna novela dialogue de manera tan inquietante con nuestro presente como Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.
Publicada en 1953, la novela imaginó una sociedad donde los bomberos tenían la tarea de destruir libros. Sin embargo, reducirla a una simple historia sobre censura sería insuficiente. Bradbury también estaba preocupado por una cultura dominada por las pantallas, el entretenimiento permanente y la reducción del conocimiento a contenidos rápidos y superficiales. La Biblioteca del Congreso recoge precisamente esa interpretación del propio autor.
Ahí está lo interesante.
Bradbury imaginó pantallas que ocupaban las paredes de las casas. Nosotros llevamos una pantalla en el bolsillo.
En Fahrenheit 451, los libros son destruidos mediante el fuego. En nuestra época no necesariamente necesitamos quemarlos. Podemos simplemente dejar de abrirlos.
No hace falta prohibir Don Quijote para que deje de leerse. Basta con que cientos de páginas parezcan demasiado largas. No hace falta censurar 1984. Basta con que la reflexión resulte menos atractiva que el contenido inmediato. No hace falta quemar Fahrenheit 451. Basta con convertir la lectura en una actividad que siempre puede esperar hasta mañana.
Y aquí aparece una paradoja: nunca habíamos tenido un acceso tan sencillo al conocimiento. Una persona puede llevar hoy en un teléfono una biblioteca que habría resultado inimaginable para generaciones anteriores. Puede consultar obras clásicas, archivos históricos, investigaciones científicas y diccionarios desde prácticamente cualquier lugar.
El problema es que tener acceso al conocimiento no significa adquirir conocimiento.
Otros países demuestran que esta transformación tampoco es exclusivamente mexicana. En PISA 2022, Singapur obtuvo 543 puntos en lectura, el resultado más alto entre los sistemas participantes. Irlanda, Estonia, Japón, Corea y China Taipéi también se ubicaron entre los sistemas con mejores resultados. La comparación no significa que debamos copiar mecánicamente sus modelos educativos; demuestra que existen sociedades donde la comprensión lectora continúa ocupando un lugar central dentro de las competencias que se espera que desarrollen los estudiantes.
Finlandia ofrece también una experiencia interesante por la importancia que su sistema educativo ha otorgado históricamente a las bibliotecas, la autonomía del estudiante y el desarrollo de competencias lectoras. Japón, por su parte, mantiene una fuerte tradición de lectura y un sistema educativo que concede un espacio importante a la comprensión de textos. Ninguno de estos países está libre de los desafíos que plantea la digitalización, pero sus experiencias muestran que la tecnología y la lectura no necesariamente tienen que ser enemigos.
Porque leer no es solamente una actividad cultural. Es también una competencia cívica.
Una persona capaz de comprender textos complejos tiene mayores herramientas para analizar una propuesta política, identificar una contradicción, distinguir un hecho de una opinión, evaluar una fuente y cuestionar una afirmación. La OCDE entiende actualmente la alfabetización lectora como la capacidad de comprender, utilizar, evaluar y reflexionar sobre los textos, incluso dentro de entornos digitales.
Por eso la muerte de la lectura no ocurriría necesariamente cuando desaparezcan los libros.
Podría comenzar mucho antes: cuando una sociedad pierda la paciencia necesaria para leerlos.
La Biblioteca de Alejandría puede servirnos como metáfora. Las bibliotecas no mueren únicamente cuando sus edificios son destruidos. También pueden morir lentamente cuando los libros permanecen en los estantes y una sociedad deja de necesitarlos.
Tal vez esa sea la verdadera advertencia de Bradbury para nuestra época.
No necesitamos quemar los libros.
Podemos simplemente dejar de leerlos.
Y quizá la pregunta más importante no sea cuántos libros leerán nuestros jóvenes el próximo año, sino algo mucho más profundo: ¿seguiremos formando personas capaces de permanecer frente a una idea el tiempo suficiente para comprenderla?