Cuando Sofía apagó el celular
"La tecnología es solo una herramienta. En términos de motivar a los niños y lograr que trabajen juntos, el maestro es lo más importante."
— Bill Gates
Sofía tiene doce años y, como muchos estudiantes de su generación, su celular rara vez está lejos de sus manos. Lo revisa al despertar, camino a la escuela y durante los momentos de descanso. Las notificaciones llegan una tras otra: mensajes, videos, fotografías, tendencias y conversaciones que parecen exigir una respuesta inmediata.
Pero el lunes algo cambió.
Antes de entrar al salón, tuvo que guardar el teléfono.
No durante unos minutos.
Durante toda la jornada escolar.
Al principio, Sofía sintió algo parecido a la ansiedad. ¿Y si alguien escribía? ¿Y si ocurría algo importante? ¿Y si sus amigos hablaban de algo mientras ella estaba desconectada?
Unas horas después descubrió algo que quizá parecía extraño en 2026: podía pasar una mañana sin saber qué ocurría en internet.
La historia de Sofía podría repetirse pronto en miles de escuelas mexicanas.
México abrió una discusión nacional sobre la regulación del uso de teléfonos celulares dentro de los planteles educativos. La Secretaría de Educación Pública realizó una consulta nacional durante la fase intensiva del Consejo Técnico Escolar para conocer la opinión del magisterio sobre el uso y regulación de dispositivos digitales. Participaron más de 1.2 millones de docentes y el debate alcanzó escuelas de las 32 entidades federativas.
¿deben prohibirse los celulares en las escuelas?
Pero quizá estamos formulando mal el problema.
Porque un celular no es lo mismo que una computadora. Y una computadora tampoco es necesariamente igual que una tableta utilizada bajo fines pedagógicos. Hablar de tecnología como si todos los dispositivos produjeran exactamente las mismas consecuencias sería uno de los primeros errores del debate.
Una computadora puede estar configurada para una actividad específica. Una tableta puede utilizarse para ejercicios, contenidos escolares o plataformas educativas. Un celular personal, en cambio, acompaña al estudiante con algo más que información académica: redes sociales, mensajería instantánea, videos, videojuegos y una economía digital diseñada para disputar constantemente su atención.
La diferencia no está solamente en el tamaño de la pantalla.
Está en el propósito.
La discusión mexicana tampoco ocurre en el vacío. En 2026, UNESCO reportó que 114 sistemas educativos en el mundo cuentan con restricciones o prohibiciones nacionales sobre el uso de teléfonos móviles en las escuelas, equivalentes al 58% de los países monitoreados. El crecimiento ha sido acelerado: en 2023 la proporción era cercana al 24%.
Francia ha mantenido restricciones en distintos niveles educativos y recientemente amplió el debate hacia los estudiantes mayores. Australia ha desarrollado políticas de restricción en diversas jurisdicciones. China también ha impuesto controles sobre el ingreso y uso de teléfonos en las escuelas. El fenómeno, por tanto, no es exclusivamente mexicano.
El mundo está intentando responder a la misma pregunta.
¿Qué hacemos cuando el principal objeto de distracción de millones de estudiantes cabe dentro de un bolsillo?
En México, el problema comienza a ser visible también en las propias cifras sobre juventud. El Informe Jóvenes México 2026, publicado por la Fundación SM y su Observatorio de la Juventud en Iberoamérica, muestra una relación compleja entre los jóvenes y la tecnología. El 57% de los participantes manifestó haber experimentado una sensación de saturación que los lleva a querer desconectarse; 51.7% considera que pasa más tiempo en redes sociales del que quisiera y 60% identifica más problemas que beneficios asociados a estas plataformas.
Lo interesante es que los jóvenes no necesariamente rechazan la tecnología.
La necesitan.
El mismo debate muestra que consideran importante el uso de herramientas tecnológicas para su formación. Sin embargo, existe una diferencia entre utilizar la tecnología para aprender y vivir permanentemente conectado a un dispositivo que compite con la clase, con el maestro y, en ocasiones, con la propia capacidad de concentración.
La encuesta también reveló un dato significativo: los jóvenes evaluaron con 7.67 sobre 10 el uso de la tecnología por parte de sus docentes para enseñar, una de las calificaciones más bajas entre los distintos rubros analizados.
Esto debería hacernos pensar.
Quizá el problema no sea únicamente cuánto tiempo pasan los estudiantes frente a una pantalla.
También importa cómo se utiliza esa pantalla.
Una prohibición absoluta puede parecer una solución sencilla. Pero la educación rara vez mejora mediante respuestas simples a problemas complejos. La evidencia académica disponible sobre las prohibiciones de celulares todavía presenta resultados matizados. Una revisión de estudios realizada en 12 países encontró que existe una ausencia importante de investigaciones experimentales rigurosas capaces de demostrar, de manera definitiva, los efectos de estas prohibiciones sobre el rendimiento académico, la salud mental o el acoso escolar.
Eso no significa que los celulares sean inocuos.
Significa que debemos evitar convertir una intuición razonable en una certeza científica que todavía necesita más investigación.
Algunas experiencias recientes muestran mejoras en disciplina, bienestar y reducción del uso de teléfonos durante las clases. Pero los efectos sobre las calificaciones y el rendimiento académico no siempre son igualmente claros. Una prohibición puede reducir la distracción, pero no sustituye automáticamente una buena enseñanza.
Entidades como Querétaro comenzaron antes a restringir el uso de celulares en las escuelas, mientras otras entidades han establecido diferentes modalidades de regulación. La propia Presidencia ha señalado que 16 estados ya cuentan con algún tipo de regulación, razón por la cual el debate nacional busca ahora conocer la opinión de quienes conviven diariamente con los estudiantes: las maestras y los maestros.
Me parece correcto.
Porque no se trata de declarar la guerra contra la tecnología.
Sería absurdo.
Los estudiantes de hoy vivirán en un mundo atravesado por inteligencia artificial, automatización, plataformas digitales y herramientas que probablemente todavía no conocemos. Pretender que la escuela los prepare para ese mundo manteniendo toda tecnología fuera del aula sería tan equivocado como permitir que una pantalla sustituya completamente la experiencia de aprender.
Un niño necesita tecnología.
Pero también necesita lápiz.
Necesita una computadora.
Pero también necesita escribir.
Necesita inteligencia artificial.
Pero también necesita pensar.
Porque escribir a mano no consiste únicamente en producir palabras. Dibujar, recortar, construir, medir, borrar y volver a empezar son procesos que involucran experiencias físicas y cognitivas que una pantalla no reproduce exactamente.
La velocidad tampoco equivale necesariamente al aprendizaje.
Un estudiante puede encontrar una respuesta en segundos utilizando inteligencia artificial. La pregunta es si puede explicar por qué esa respuesta es correcta.
Puede copiar un texto.
Pero ¿puede argumentarlo?
Puede generar una imagen.
Pero ¿puede crear una idea?
Ese debería ser el centro de la discusión.
No preguntarnos únicamente qué dispositivo debe entrar al salón.
Sino qué queremos que ocurra cuando un estudiante utiliza la tecnología.
La inteligencia artificial tampoco puede quedar fuera de esta conversación. Prohibirla completamente sería desconocer la realidad. Lo necesario será enseñar a utilizarla críticamente: verificar información, cuestionar respuestas y comprender que una herramienta puede asistir al pensamiento, pero no sustituirlo.
También existe una responsabilidad que comienza fuera de la escuela.
Los padres no pueden exigir que las instituciones regulen aquello que en casa se permite sin límites. La educación digital no puede recaer exclusivamente en los maestros. Los horarios, las edades de acceso y el acompañamiento de los menores son decisiones que comienzan en la familia.
Sofía volverá a usar su celular al salir de la escuela.
Y probablemente revisará todo lo que ocurrió durante las horas en que estuvo desconectada.
Pero quizá descubra algo importante.
El objetivo no es quitarle la tecnología.
Es evitar que la tecnología le quite la posibilidad de vivir otras experiencias.
México debería regular los celulares personales en las aulas cuando interfieran con el aprendizaje, pero evitar confundir esa regulación con una prohibición de toda tecnología educativa.
La escuela del futuro no tendrá que elegir entre una pantalla y un cuaderno.
Necesitará enseñar a utilizar ambos.
Porque quizá la pregunta no sea si debemos apagar el celular.
¿Queremos que las pantallas hagan las cosas por nuestros hijos o queremos enseñarles a utilizarlas para que aprendan a hacerlas mejor?