Columnas

¿Quien vigila al que vigila?

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo


"No es necesario recurrir a las armas, a la violencia física, a las restricciones materiales. Basta con una mirada."

— Michel Foucault, Vigilar y castigar


Una noche cualquiera, un periodista termina de escribir su columna, cierra la computadora y deja el teléfono sobre la mesa. Ha pasado varias horas haciendo algo que, en teoría, no debería ser extraordinario: preguntar, investigar, contrastar información y escribir lo que piensa. Antes de dormir mira una última vez la pantalla. No hay mensajes. No hay llamadas. Todo parece normal. Y, sin embargo, queda una pregunta que quizá nunca pueda responder con certeza: ¿quién está mirando del otro lado?


Michel Foucault escribió en Vigilar y castigar sobre una forma de poder mucho más sofisticada que el simple castigo. Una sociedad no necesita tener a alguien vigilando permanentemente para modificar la conducta de las personas. A veces basta con hacerles saber que pueden estar siendo observadas. La vigilancia termina modificando la conducta incluso cuando el vigilante no aparece.


Han pasado más de cincuenta años desde que Foucault publicó aquella obra y, paradójicamente, nunca habíamos tenido tantas herramientas para demostrar la vigencia de aquella idea. Hoy una cámara puede observarnos, un teléfono puede registrar nuestra ubicación, un algoritmo puede identificar patrones y una red social puede saber qué leemos, qué compartimos y cuánto tiempo permanecemos frente a una publicación.


El poder también aprendió a mirar.

Por eso, la reciente controversia alrededor de la presentación de Luisa María Alcalde merece algo más que una discusión entre quienes defienden al gobierno y quienes defienden a los periodistas. La pregunta importante es otra: ¿quién vigila al que vigila?

El Gobierno tiene todo el derecho de responder a una noticia que considere falsa. Puede presentar documentos, corregir cifras, cuestionar investigaciones y defender sus decisiones. La prensa, por supuesto, tampoco es infalible. Un periodista puede equivocarse, un medio puede manipular información y una columna puede ser injusta. Todo eso debe poder discutirse.


Pero existe una diferencia fundamental entre cuestionar lo que alguien dijo y comenzar a señalar quién es la persona que lo dijo. Una cosa es afirmar que un dato es incorrecto. Otra es identificar al periodista como integrante de determinado grupo o ecosistema. La primera discusión se resuelve con evidencia; la segunda puede terminar convirtiendo al periodista en la noticia.

Y ahí comienza el problema.


Porque señalar al mensajero es una vieja costumbre del poder. Lo que ha cambiado son las herramientas.


México, además, no puede fingir que esta discusión comenzó ayer. Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, Citizen Lab documentó el uso abusivo del software Pegasus contra periodistas, defensores de derechos humanos y familiares. Entre los objetivos estuvieron Carmen Aristegui, su hijo Emilio y periodistas relacionados con investigaciones como la llamada Casa Blanca. En 2017, el escándalo provocó investigaciones oficiales sobre el posible espionaje.


Después cambió el gobierno, pero el problema no desapareció.

En 2018 se documentaron nuevos intentos de infección con Pegasus contra periodistas de Ríodoce, después del asesinato de su fundador, Javier Valdez. Y durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Citizen Lab también confirmó infecciones contra periodistas y un defensor de derechos humanos ocurridas entre 2019 y 2021.


Los datos deberían servirnos para evitar una discusión demasiado cómoda.

Esto no es un problema exclusivo de la derecha. Tampoco es exclusivo de la izquierda. Es una tentación del poder.

Cambian los presidentes, cambian los partidos, cambian las herramientas y cambia el discurso. La tentación de saber quién cuestiona, qué publica, con quién se relaciona y qué influencia tiene permanece.


Antes podían existir llamadas, seguimientos, expedientes o mecanismos de presión. Hoy tenemos inteligencia artificial, bases de datos, redes sociales y sistemas capaces de analizar millones de interacciones en segundos. La tecnología no inventó la vigilancia. Simplemente consiguió hacerla más rápida, más barata y, en ocasiones, mucho menos visible.


Por eso tampoco creo que debamos construir una defensa romántica del periodismo. Los periodistas deben rendir cuentas, los medios deben corregir sus errores y las investigaciones deben sostenerse con pruebas. La libertad de expresión no significa libertad para mentir sin consecuencias.


Pero tampoco significa que el gobierno tenga la facultad de decidir qué periodista es legítimo y cuál no, qué medio merece credibilidad y cuál debe ser colocado bajo sospecha.


Porque si empezamos a clasificar personas en lugar de discutir argumentos, la democracia entra en terreno peligroso.


Un gobierno puede equivocarse. Un periodista puede equivocarse. Un ciudadano puede equivocarse. La diferencia está en que el poder público tiene una capacidad de respuesta mucho mayor que cualquier ciudadano o periodista. Por eso necesita también una responsabilidad mayor.


En América Latina conocemos demasiado bien lo que sucede cuando la relación entre prensa y poder deja de ser una tensión democrática y se convierte en una lucha por controlar el relato. Venezuela, Ecuador, Argentina, Colombia y México han vivido, cada uno bajo circunstancias distintas, episodios que deberían servirnos de advertencia.


Precisamente por eso resulta tan pertinente leer La vigilancia del poder. Autores y editores del periodismo de investigación en América Latina, publicado por la Universidad Externado de Colombia. El libro reúne experiencias de periodistas y editores que han investigado corrupción, crimen organizado, abusos de poder y decisiones de gobiernos en distintos países de la región. Lo recomiendo especialmente porque recuerda una función esencial del periodismo: vigilar a quienes tienen capacidad de tomar decisiones que afectan a los demás.


Y quizá ahí encontremos la paradoja de nuestro tiempo. El periodista observa al poder, el poder observa al periodista y el ciudadano debería observar a ambos. Eso no debería asustarnos. Al contrario: debería tranquilizarnos.


Porque una democracia sana no es aquella donde nadie cuestiona al gobierno. Es aquella donde el gobierno puede responder sin convertir al crítico en enemigo; donde el periodista puede investigar sin convertirse en objetivo; y donde el ciudadano puede escuchar ambas versiones y decidir por sí mismo.

Foucault entendió que la vigilancia podía convertirse en una forma silenciosa de poder. Nuestra propia historia demuestra que esa tentación no pertenece a un partido, a una época ni a una ideología.

Por eso, quizá la pregunta de nuestro tiempo no sea quién está en una lista.

La pregunta es mucho más importante:


¿Quién está mirando al que hace la lista?


Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.