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El 8 de marzo no pide flores, exige justicia

Cada 8 de marzo las calles vuelven a llenarse de una memoria que incomoda, de una dignidad que no acepta decoraciones y de una verdad que durante siglos fue empujada hacia los márgenes.

Isidro Aguado
Isidro Aguado Archivo

por Isidro Aguado Santacruz

06/03/2026 15:31 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 06/03/2026

_"La mujer no es inferior al hombre; simplemente ha sido educada para creerse inferior."_

-Rosario Castellanos

Por: Isidro Aguado

Cada 8 de marzo las calles vuelven a llenarse de una memoria que incomoda, de una dignidad que no acepta decoraciones y de una verdad que durante siglos fue empujada hacia los márgenes. No es un día para felicitar a las mujeres como si se tratara de una fecha amable del calendario; es una jornada de conciencia histórica. El Día Internacional de la Mujer fue reconocido oficialmente por la Organización de las Naciones Unidas en 1977, y este 2026 se cumplen cuarenta y nueve años desde que la comunidad internacional decidió institucionalizar esta fecha como un momento para reflexionar sobre los derechos de las mujeres, los avances conquistados y las profundas deudas que aún persisten.

Pero conviene detenernos un instante en la pregunta esencial que muchas veces se repite cada año: ¿por qué el 8 de marzo?. El 8 de marzo se convirtió en un punto de referencia histórica por la convergencia de diversos acontecimientos que marcaron la lucha de las mujeres por sus derechos laborales, políticos y sociales. Entre los episodios más recordados se encuentra el incendio ocurrido en 1908 en una fábrica textil de Nueva York, donde murieron 129 trabajadoras que se encontraban en huelga exigiendo mejores condiciones laborales, salarios dignos y jornadas más humanas. Aquella tragedia reveló al mundo las condiciones de explotación que vivían miles de mujeres en la naciente industrialización.

A este episodio se sumaron las movilizaciones femeninas que comenzaron a surgir en distintas partes del mundo durante las primeras décadas del siglo XX. Especial relevancia tuvieron las manifestaciones de mujeres en Rusia en 1917, quienes salieron a las calles reclamando "pan y paz" en medio de la Primera Guerra Mundial. Aquellas protestas desencadenaron un proceso político que terminaría influyendo en la conquista del derecho al voto femenino en ese país. Con el paso de los años, el 8 de marzo quedó asociado internacionalmente a esa tradición de lucha social y política de las mujeres.

Por eso conviene empezar con una escena sencilla: una mujer sale a marchar no porque odie, sino porque recuerda; no porque quiera privilegios, sino porque se cansó de pedir lo mínimo; no porque desee superioridad, sino porque exige igualdad. En esa imagen cabe la obrera explotada de principios del siglo XX, la madre que litiga una pensión alimentaria, la joven violentada en internet, la profesionista que gana menos que un hombre por el mismo trabajo, la hija que teme volver sola a casa, y también la niña que crece aprendiendo que su voz debe pedir permiso. Ese es el verdadero rostro del 8 de marzo.

A partir de entonces, el 8 de marzo quedó marcado como una fecha que no celebra, sino que recuerda y exige. Es una jornada de memoria para las mujeres que abrieron camino y para aquellas que todavía enfrentan desigualdad, violencia y exclusión.

En la historia universal de esta lucha aparecen nombres que transformaron el pensamiento y la política de su tiempo. Olympe de Gouges denunció durante la Revolución Francesa la exclusión política de las mujeres con su célebre Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Clara Zetkin impulsó el reconocimiento internacional de la lucha femenina dentro del movimiento socialista europeo. Simone de Beauvoir desmontó los fundamentos culturales de la subordinación femenina al afirmar que la mujer no nace, sino que se construye socialmente. Y en México, figuras como Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto, Rosario Castellanos y muchas otras impulsaron la participación política y la conciencia crítica sobre la igualdad.

Sin embargo, la historia no se escribe únicamente con ideas, sino con transformaciones legales que buscan traducir la dignidad en derechos efectivos. En nuestro país, uno de los pilares normativos fundamentales ha sido la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, promulgada en 2006, cuyo propósito es garantizar la igualdad de oportunidades y de trato entre mujeres y hombres en todos los ámbitos de la vida pública y privada. Un año después se promulgó la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, que estableció por primera vez un marco institucional para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, incorporando mecanismos como la Alerta de Violencia de Género.

A estas disposiciones se han sumado múltiples reformas y leyes impulsadas por la lucha de mujeres que transformaron su experiencia de violencia en acción pública.

1. La Ley Olimpia surgió del caso de Olimpia Coral Melo, quien sufrió la difusión no consentida de un video íntimo cuando tenía 18 años. Su lucha permitió tipificar la violencia digital y sancionar la difusión de contenido íntimo sin consentimiento, reconociendo una forma de agresión que durante años permaneció invisibilizada.

2. La Ley Ingrid nació tras el feminicidio de Ingrid Escamilla y la indignación provocada por la filtración y difusión de imágenes de su cuerpo por parte de funcionarios públicos. Esta legislación busca proteger la dignidad de las víctimas y sancionar la divulgación de material sensible relacionado con hechos violentos.

3. La Ley Malena, impulsada a partir del ataque con ácido sufrido por la saxofonista María Elena Ríos, reconoce la violencia ácida como una forma específica de violencia de género y establece sanciones severas contra quienes utilicen sustancias corrosivas para dañar a una mujer.

4. La Ley Monzón, inspirada en el feminicidio de la abogada y activista Cecilia Monzón, establece la pérdida de la patria potestad para los agresores que asesinen o intenten asesinar a la madre de sus hijos, con el objetivo de proteger a las infancias y evitar que el agresor conserve derechos sobre ellas.

5. La Ley Vicaria reconoce la violencia ejercida contra una mujer a través de sus hijas o hijos, una práctica mediante la cual el agresor busca causar daño emocional profundo a la madre manipulando o utilizando a los menores.

6. La Ley Sabina surgió de la lucha de mujeres que denunciaron la violencia económica derivada del incumplimiento de pensiones alimenticias. Sus reformas impulsaron la creación del Registro Nacional de Deudores Alimentarios para garantizar la manutención de niñas y niños.

7. La Ley Alina, impulsada a partir del caso de una mujer de Baja California que fue encarcelada tras defenderse de su agresor, busca que los tribunales juzguen con perspectiva de género los casos de legítima defensa en contextos de violencia doméstica.

8. La Ley Monse, originada por el feminicidio de Montserrat Bendimes, elimina la excusa legal que permitía a familiares encubrir a agresores de feminicidio y establece sanciones para quienes faciliten su fuga o encubrimiento.

9. La Ley Abril, inspirada en el caso de Abril Pérez Sagaón, busca sancionar a funcionarios públicos que omitan actuar ante situaciones de violencia familiar que puedan derivar en feminicidio.

10. La Ley Valeria, recientemente discutida en el Congreso, propone tipificar el delito de acecho o stalking, reconociendo el hostigamiento persistente como una conducta que puede escalar hacia formas más graves de violencia.

Estas leyes representan avances relevantes en la búsqueda de justicia, pero también evidencian la dimensión estructural del problema. Detrás de cada norma existe una historia de violencia que se transformó en acción colectiva.

A pesar de estos avances, las cifras siguen siendo alarmantes. La violencia contra las mujeres continúa manifestándose en múltiples formas: feminicidios, acoso, violencia digital, discriminación laboral y desigualdad económica. La brecha salarial, la sobrecarga de tareas de cuidado y la limitada presencia de mujeres en espacios de poder siguen siendo obstáculos persistentes.

La movilización de mujeres expresa décadas de indignación acumulada frente a la impunidad. Sin embargo, la fuerza moral de esta lucha no necesita la destrucción del patrimonio ni la violencia contra bienes públicos o privados. La protesta puede y debe ser firme, visible y poderosa, pero también respetuosa del espacio común que pertenece a toda la sociedad. Cuando la indignación se transforma en vandalismo, el mensaje pierde claridad y se diluye la legitimidad de la causa.

La verdadera revolución social consiste en transformar mentalidades, instituciones y relaciones de poder. Implica que los hombres participen activamente en la erradicación de la violencia, que el sistema judicial responda con eficacia, que las políticas públicas reconozcan el valor del trabajo de cuidados y que la educación forme generaciones capaces de construir relaciones basadas en el respeto.

El 8 de marzo debe convertirse en una revisión constante de lo que aún falta por hacer. Porque la igualdad no es una concesión del poder ni un privilegio particular: es un principio fundamental de justicia.

Que este 8 de marzo no sea únicamente una fecha en el calendario, sino un recordatorio permanente de que la dignidad de las mujeres es inseparable de la dignidad de la sociedad entera.

Y para cerrar, dejo estos versos:

Que este ocho de marzo no traiga olvido,

sino memoria encendida en cada paso;

que florezca la justicia en lo vivido

y no el adorno fugaz de un gesto escaso.


Que ninguna voz se apague en el camino,

que ninguna vida vuelva a ser quebranto;

que la igualdad deje de ser destino

y se vuelva, de una vez, presente santo.

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.

*_El columnista es abogado, académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._