22/05/2026 15:38 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 22/05/2026
"El poder no cambia a los hombres; los revela."
Robert Catesby
En 1908, el escritor español José Martínez Ruiz, conocido en el mundo literario como Azorín, publicó un pequeño volumen titulado El Político, en el que reunió una serie de reflexiones y recomendaciones para quienes ejercen o aspiran a ejercer el poder público. El libro cayó en el olvido relativo que suele reservarse a las obras que incomodan con demasiada precisión. Pero releerlo hoy, en el México de 2026, con gobernadores que solicitan licencia bajo investigación, con legisladores que discuten calendarios escolares mientras la inteligencia artificial reescribe el mercado laboral, con aspirantes a gubernaturas que construyen bardas antes de tener propuestas, produce una sensación extraña: la de que Azorín no escribió sobre la España de principios del siglo XX, sino sobre nosotros.
El escritor de la Generación del 98 estableció como primera condición del hombre de Estado algo que hoy parece revolucionario en su sencillez: la fortaleza física y mental. "Su cuerpo ha de ser sano y fuerte", escribió, porque el trabajo de los negocios públicos exige ir de un lado para otro, recibir gente, conversar con unos y con otros, leer, contestar, hablar en público y pensar en los asuntos del gobierno de manera continua y sin tregua. También recomendó que el político sea madrugador, que coma poco y sea frugal, que use colores opacos y discretos en su vestimenta, que procure la sencillez en su atavío. Son consejos que suenan a otro mundo. Y sin embargo, lo que Azorín describía no era un código de apariencia sino una filosofía de servicio: la idea de que el cargo público consume al que no llega preparado y corrompe al que llega buscando otra cosa.
Porque la pregunta que el libro de Azorín plantea sin decirla explícitamente — y que México necesita hacerse con mayor urgencia — es una sola: ¿para qué busca el poder quien lo busca? La respuesta honesta, en demasiados casos, no es la que aparece en los discursos de campaña.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche advirtió en La voluntad de poder que el impulso hacia el mando no siempre nace de la vocación de servir sino del deseo de imponerse, de ocupar el espacio que otros ocupan, de acumular la capacidad de decidir sobre la vida de los demás. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, fue aún más precisa: el peligro no está en quienes buscan el poder con mala fe declarada, sino en quienes lo buscan sin saber realmente para qué lo quieren, porque esa vacuidad de propósito se llena inevitablemente con el interés personal, la comodidad del privilegio y la lógica de la supervivencia política.
En México, esa vacuidad tiene nombres y fechas. Tiene la forma de gobernadores que administraron estados durante años mientras el crimen organizado construía sus propias estructuras institucionales paralelas. Tiene la forma de legisladores que llevan décadas en el Congreso sin un solo proyecto de ley relevante para recordar. Tiene la forma del alcalde que llega con discurso transformador y se marcha sin haber resuelto el problema del agua, del alumbrado o de la recolección de basura en las colonias populares de su municipio. Tiene la forma del aspirante a candidato que hoy grita "ya es tiempo de un cambio" sin que nadie le pregunte con precisión qué va a cambiar, cómo lo va a cambiar y qué ha demostrado haber hecho antes de llegar.
Azorín tenía también una opinión muy clara sobre el elogio y la vanidad, dos vicios que en la política mexicana contemporánea han alcanzado proporciones casi industriales. "No estime el político un elogio en más de lo que realmente vale", escribió. "Agradezca la buena voluntad de los que le elogian; pero por encima de ditirambos, de las hipérboles y de los entusiasmos de los admiradores, él sepa poner un ligero y amable desdén." En el México del siglo XXI, ese consejo equivale a pedirle a un político que apague sus redes sociales. La cultura del autoelogio, de la conferencia de prensa como escenario personal, del video de obra pública con el nombre del gobernante más grande que el nombre de la obra misma, es exactamente el síntoma que Azorín diagnosticó hace más de cien años como el principio de la degradación del oficio político. El que necesita que le aplaudan para saber que está haciendo bien su trabajo, no está haciendo su trabajo. Está construyendo su imagen.
Y luego está la vanidad del poder por el poder mismo, que es quizás la forma más peligrosa de ambición política porque se disfraza con mayor facilidad de vocación. El politólogo italiano Giovanni Sartori señaló en Homo videns que las democracias modernas han producido un tipo peculiar de político: aquel que aprendió a comunicar antes que a gobernar, que domina el lenguaje de la transformación sin haber estudiado los instrumentos de la gestión pública, y que confunde la popularidad con la competencia. En México, ese perfil es demasiado común. El candidato que sube en las encuestas no siempre es el que tiene la trayectoria más sólida: es el que tiene el mejor equipo de comunicación, la barda más visible y el acceso más fluido al micrófono. Ganar una encuesta interna no es demostrar que se puede gobernar. Es demostrar que se puede construir una base de apoyo dentro de la estructura de un partido. Son habilidades distintas, y confundirlas tiene consecuencias reales para los ciudadanos que después padecen la diferencia.
Azorín también recomendó algo que en el debate político mexicano actual resulta casi subversivo: la moderación en el humor, la afabilidad ante el error propio y la capacidad de corregir el rumbo sin escándalo. "Ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una respuesta agria a quien no la merece", escribió. "Corrijamos a tiempo con afabilidad y cortesía nuestro desvío." En el México de las conferencias mañaneras, de los discursos nocturnos en cadena nacional, de los funcionarios que responden a la crítica con descalificación y a la pregunta incómoda con el argumento de la conspiración, ese consejo de 1908 equivale a una revolución pedagógica. La diferencia entre un político que puede ser criticado y uno que no tolera la crítica no es de carácter. Es de certeza. El que está seguro de lo que hace no necesita destruir al que le señala el error. Solo necesita corregirlo.
El poder, bien entendido desde Platón hasta Azorín, no es un destino. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su valor no está en tenerla sino en saber usarla para construir algo que dure más que el tiempo del que la sostiene. El problema de México no es que le falten políticos. Le sobran. Lo que escasea son estadistas: personas que lleguen al cargo con un diagnóstico real de los problemas que van a enfrentar, con la disposición de tomar decisiones impopulares cuando sean necesarias y con la humildad de saber que el cargo no los pertenece a ellos sino a los ciudadanos que se los confían.
Azorín cerró El Político con una observación que el tiempo no ha desmentido: "Es probable que no pocas de estas recomendaciones hayan dejado de ser atendibles, pero sin duda continúa siendo útil su conocimiento." Tiene razón. Lo útil no es la carta de vestuario ni el consejo de madrugar. Lo útil es el principio que subyace a todo: el político que no sabe para qué quiere el poder, tarde o temprano usa el poder para averiguarlo. Y esa búsqueda siempre la pagan los demás.
El cargo público no es una llegada. Es una obligación. Y en México, demasiados lo han confundido con las dos cosas al mismo tiempo.