Columnas

El Escudo de las Américas: alianzas, poder y la vieja lógica de los imperios

Isidro Aguado Santacruz Archivo

"La política internacional no trata de moralidad, sino de poder."

— Hans Morgenthau

Por: Isidro Aguado

Para entender lo que hoy ocurre en el continente americano con la llamada iniciativa del Escudo de las Américas, conviene regresar por un momento a la historia. No a la historia inmediata, sino a aquella que explica cómo se han organizado los equilibrios de poder entre las naciones. Durante siglos, los Estados han formado alianzas con el objetivo de proteger intereses, contener enemigos o ampliar su influencia. Las coaliciones internacionales no nacen de la amistad entre gobiernos; nacen del cálculo político.

Europa fue el gran laboratorio de ese sistema. Desde la Edad Media hasta comienzos del siglo XX, las potencias europeas vivieron atrapadas en una red de pactos, rivalidades y tratados que buscaban mantener el equilibrio del poder. Francia e Inglaterra, por ejemplo, combatieron durante siglos por territorios, rutas comerciales e influencia política. Alemania y Francia arrastraron disputas que marcaron generaciones enteras. En ese contexto, las alianzas se convirtieron en herramientas diplomáticas indispensables: servían para protegerse, para disuadir ataques o simplemente para aislar a un adversario.

Durante el siglo XIX, ese sistema alcanzó niveles de sofisticación notables. Tras la caída de Napoleón Bonaparte en 1815, los líderes europeos se reunieron en el Congreso de Viena con un objetivo claro: reorganizar el continente y evitar nuevas guerras generalizadas. Aquella reunión estableció un sistema diplomático que intentaba mantener un equilibrio entre las potencias. Sin embargo, el nacionalismo emergente, las ambiciones imperiales y los cambios políticos hicieron que ese equilibrio fuera cada vez más frágil.

Así comenzaron a multiplicarse las alianzas formales. Una de ellas fue la llamada Liga de los Tres Emperadores, firmada en 1873 entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia, diseñada por el canciller alemán Otto von Bismarck para mantener estabilidad en Europa central. Sin embargo, las tensiones en los Balcanes terminaron por fracturarla.

Posteriormente surgió la Doble Alianza en 1879 entre Alemania y Austria-Hungría, que establecía que ambos países se defenderían mutuamente en caso de un ataque ruso. Tres años más tarde apareció la Triple Alianza, cuando Italia se sumó al acuerdo junto con Alemania y Austria-Hungría. Aquella coalición buscaba equilibrar el poder frente a Francia y Rusia.

Pero el tablero europeo no se quedó inmóvil. Francia y Rusia firmaron su propia alianza militar en 1894, creando un contrapeso frente al bloque germánico. Más adelante, Francia y Gran Bretaña firmaron la Entente Cordiale en 1904, poniendo fin a décadas de rivalidad colonial. Finalmente, en 1907, Gran Bretaña y Rusia alcanzaron un acuerdo que terminó consolidando la llamada Triple Entente entre Londres, París y San Petersburgo.

De esta manera, al comenzar el siglo XX, Europa estaba dividida en dos grandes bloques de alianzas. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 fue la chispa que encendió la guerra, pero el combustible que permitió su expansión fue precisamente ese sistema de pactos. Cuando una nación entró en conflicto, sus aliados acudieron a respaldarla, y en cuestión de semanas el continente entero estaba involucrado.

La historia demuestra algo fundamental: las alianzas pueden evitar guerras, pero también pueden amplificarlas.

Hoy, más de un siglo después, América vive un momento que recuerda parcialmente esa lógica. La reciente cumbre conocida como Escudo de las Américas propone la creación de una alianza continental destinada a combatir el narcotráfico, el crimen organizado y el tráfico de personas. Según la narrativa presentada por el gobierno de Estados Unidos, se trata de un mecanismo de cooperación regional para enfrentar amenazas transnacionales que operan en todo el hemisferio.

En la reunión participaron varios gobiernos latinoamericanos y caribeños alineados con Washington. Entre ellos estuvieron los presidentes Javier Milei de Argentina, Rodrigo Chaves de Costa Rica, Daniel Noboa de Ecuador, Luis Abinader de República Dominicana, Nayib Bukele de El Salvador, Mohamed Irfaan Ali de Guyana, Nasry Asfura de Honduras, José Raúl Mulino de Panamá, Santiago Peña de Paraguay y Kamla Persad-Bissessar de Trinidad y Tobago. También asistieron figuras políticas relevantes de la región, como el presidente electo de Chile, José Antonio Kast.

La iniciativa fue impulsada directamente por el presidente estadounidense Donald Trump, quien presentó el proyecto como una alianza militar regional destinada a destruir las organizaciones criminales que operan en el continente. Durante la cumbre, el mandatario afirmó que los cárteles de droga han adquirido capacidades militares comparables a las de algunos ejércitos y que, por lo tanto, deben ser enfrentados con fuerza equivalente.

El plan contempla cooperación militar, intercambio de inteligencia, operaciones conjuntas y acciones contra rutas de narcotráfico en tierra, mar y aire. También incluye un componente migratorio, orientado a frenar el tráfico de personas y reforzar controles fronterizos en la región.

Sin embargo, la cumbre dejó una ausencia significativa: México no participó en el encuentro, al igual que Brasil y Colombia, tres de los países más influyentes del continente. Esta ausencia ha generado interpretaciones diversas. Algunos analistas consideran que se trata de una estrategia política de Washington para conformar bloques ideológicos afines. Otros ven en ello una señal de presión geopolítica hacia los gobiernos que no comparten completamente la visión estadounidense sobre seguridad regional.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, ha respondido con cautela y sentido de Estado ante este escenario. Desde el gobierno federal se ha reiterado que la cooperación internacional es indispensable frente a fenómenos criminales de carácter transnacional; sin embargo, también se ha dejado claro que México no contempla ni acepta la posibilidad de una intervención militar extranjera en su territorio. La postura oficial sostiene que el combate al crimen organizado debe sustentarse en mecanismos de colaboración institucional entre países, intercambio estratégico de inteligencia y el fortalecimiento de las capacidades civiles del Estado, particularmente en sus policías, fiscalías y órganos de justicia, como vía legítima para enfrentar la delincuencia sin comprometer la soberanía nacional.

Aquí aparece un elemento central del debate. El narcotráfico es, sin duda, un fenómeno transnacional que requiere coordinación entre países. Pero también es cierto que los problemas criminales no se resuelven exclusivamente mediante estrategias militares. Los cárteles son organizaciones económicas complejas que operan mediante redes financieras, corrupción institucional, tráfico de armas y mercados ilegales altamente rentables.

El propio caso del fentanilo en Estados Unidos ilustra esta complejidad. La crisis de opioides ha provocado decenas de miles de muertes por sobredosis cada año. Sin embargo, la reducción reciente de víctimas no se ha logrado únicamente mediante operativos policiales o decomisos, sino a través de políticas de salud pública, programas de tratamiento contra adicciones, campañas de prevención y mayor acceso a medicamentos que revierten sobredosis.

En ese sentido, pensar que una coalición militar continental resolverá el problema del narcotráfico resulta, cuando menos, simplista.

Las alianzas pueden ser útiles cuando están orientadas a fortalecer instituciones, mejorar cooperación judicial o compartir inteligencia financiera. Pero cuando se conciben principalmente como estructuras militares, existe el riesgo de que la estrategia se vuelva más simbólica que efectiva.

La historia vuelve a ofrecer una advertencia. Las alianzas nacen para proteger intereses, pero también para proyectar poder. Y cuando un país convoca una coalición sin incluir a los actores más importantes del problema, la pregunta inevitable es si realmente busca cooperación o si pretende rediseñar el mapa de influencias en la región.

Maquiavelo lo explicó hace siglos con brutal claridad: en política, si no estás sentado en la mesa donde se toman las decisiones, lo más probable es que estés en el menú.

El desafío para México, por tanto, no consiste en rechazar la cooperación internacional, sino en entender el significado estratégico de estas iniciativas. El país necesita fortalecer su política exterior, defender su soberanía y al mismo tiempo construir mecanismos reales de colaboración continental que no dependan únicamente de la lógica militar.

Porque al final, el verdadero escudo de América no debería estar hecho de armas ni de discursos de fuerza. Debería estar construido sobre instituciones sólidas, justicia efectiva y Estados capaces de enfrentar al crimen sin renunciar a la legalidad. Sólo así una alianza continental podría convertirse en un instrumento de estabilidad y no en otro capítulo de la vieja historia del poder.

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente inicio de semana lector@s.