Columnas

Entre letras y tortillas: el oficio invisible en México

Isidro Aguado Santacruz Archivo

_"Escribir es un modo de vivir en la incertidumbre."_

— Franz Kafka

Por Isidro Aguado Santacruz

Hace unos días, en una cafetería cualquiera de Tijuana, escuché a un joven decir algo que se me quedó dando vueltas: "Si escribir diera dinero, todos serían escritores... pero como no da, sólo escriben los que no pueden dejar de hacerlo". No lo dijo como queja, lo dijo como quien ya entendió el juego. Y ahí está el punto. En México, hablar de literatura y dinero sigue sonando raro, casi incómodo, como si fueran dos mundos que no deberían tocarse. Porque sí, escribir puede ser lo más profundo, lo más humano, lo más libre... pero no paga la renta, no llena el refri, no sostiene una familia. Y entonces aparece esa especie de doble vida: el escritor que busca lo sublime en la hoja, pero afuera tiene que ver cómo sobrevive, como cualquier otro.

El problema no es nuevo, pero sí es más evidente de lo que queremos aceptar. Aquí, la mayoría de los escritores no viven de escribir. Viven de dar clases, de trabajar en oficinas, de hacer proyectos, de lo que sea que les permita seguir escribiendo. Es decir, la escritura no es su sustento, es su resistencia. Y eso cambia todo. Porque no estás creando desde la estabilidad, estás creando desde la urgencia, desde el cansancio, desde el tiempo robado. Y aun así, lo hacen. Ese es el verdadero dato que casi nadie quiere voltear a ver.

En México, la literatura funciona más como una especie de "lotería cultural" que como una profesión. Hay premios, becas, concursos... sí, existen, pero son excepcionales. No son una base, son oportunidades aisladas. Es como si el sistema dijera: "No podemos garantizarte vivir de esto, pero si tienes suerte, te puede tocar". Y así, el escritor termina apostándole más a la suerte que a una estructura real. Y eso, siendo honestos, no es un modelo, es una improvisación disfrazada de política cultural.

Pero hay momentos en que ese oficio invisible encuentra, aunque sea por unos días, un escenario. En Tijuana se acercan dos espacios clave: la Feria Internacional del Libro y la Feria del Libro de Tijuana. Ahí es donde el escritor deja de ser invisible. Ahí es donde, por fin, se le da voz, se le ve, se le escucha. Son esos días donde uno puede presentar su obra, hablar de su libro, encontrarse con lectores reales —no con números, no con métricas, no con algoritmos—, sino con personas que todavía se toman el tiempo de abrir una página.

Porque hoy, seamos claros, también estamos viviendo otra transformación silenciosa. Muchos "lectores" ya no leen, consumen. Ven fragmentos, citas, frases en redes, videos de segundos que resumen libros que jamás tocarán. Y no está mal acercar la literatura por nuevos medios; el problema es cuando se sustituye la profundidad por la apariencia. Cuando se presume ser lector, pero no se habita la lectura.

Cuando el libro deja de ser experiencia y se vuelve contenido.

Y ahí es donde estas ferias cobran un valor que va más allá de lo cultural. Son espacios de resistencia. Son recordatorios de que la literatura no es inmediata, no es desechable, no es superficial. Es tiempo, es silencio, es diálogo interno. En esas ferias uno ve algo que ya no es tan común: gente hojeando libros, preguntando, escuchando presentaciones, comprando no por moda, sino por interés genuino. Ahí es donde el escritor encuentra sentido, aunque sea momentáneamente.

Hace poco, viendo un programa en video, escuché una pregunta que parecía sencilla, pero que en realidad desnuda toda una realidad: "¿Qué harías si de pronto tuvieras dinero suficiente?". Las respuestas iban desde viajar hasta darse ciertos gustos, pero hubo una que se sintió más honesta que todas: "Dejar de preocuparme por sobrevivir... y ahora sí, dedicarme a escribir bien". Ahí está el fondo del asunto. No es que falte talento en México, al contrario, sobra. Lo que no existe son las condiciones. Porque hoy, escribir no depende de la capacidad, depende del tiempo que logres rescatarle al cansancio, a las deudas, a la rutina.

Y eso no debería ser así. La escritura no tendría que ser un lujo ni un acto intermitente; debería ser una actividad digna, constante, posible.

Pero aquí entra algo más profundo. En México, la cultura se aplaude, pero no se sostiene. Se celebra al escritor cuando gana algo, cuando aparece en ferias, cuando se vuelve visible... pero no se construye un entorno donde pueda vivir de lo que hace. Se reconoce el resultado, no el proceso. Y eso es un error estructural. Porque detrás de cada libro hay años de trabajo silencioso, de dudas, de intentos fallidos, de sacrificios que nadie ve. No es sólo escribir, es sostenerse mientras escribes.

Y cuando lo llevamos al terreno político, el asunto se vuelve todavía más serio. Un país que no invierte en su pensamiento, en su narrativa, en su capacidad de cuestionarse, es un país que se debilita sin darse cuenta. La literatura no es un lujo, es una herramienta. Forma criterio, construye identidad, incomoda al poder cuando tiene que hacerlo. Pero si quienes escriben viven al límite, esa herramienta se vuelve frágil. No desaparece, pero se vuelve más difícil de sostener.

Lo más curioso —y también lo más admirable— es que, aun así, los escritores siguen. Siguen escribiendo aunque no haya garantía, aunque no haya estabilidad, aunque no haya reconocimiento inmediato. No lo hacen por dinero, porque ya saben que no es por ahí. Lo hacen porque no pueden no hacerlo. Porque hay algo en la escritura que es más fuerte que la lógica económica. Pero cuidado con romantizar eso. No deberíamos aplaudir que alguien tenga que vivir al día para poder crear. Eso no es épico, es una falla del sistema.

Regreso a la escena de la cafetería. El joven seguía hablando, tranquilo, sin drama. Sabía perfectamente que el camino no estaba hecho para él, al menos no en términos económicos. Sabía que tendría que trabajar en otra cosa, que escribir sería su espacio, no su ingreso. Y lo aceptaba.

Pero ese "lo aceptaba" es lo que debería preocuparnos. Porque significa que ya normalizamos que la cultura no sea sostenible por sí misma.

Mientras tanto, los escritores no hacen cuentas de regalías, hacen cuentas del súper. No piensan en cuánto van a ganar por un libro, piensan en cómo van a pagar el mes. Y aun así, escriben. Ese es el verdadero acto de fondo. No es el libro publicado, es la insistencia. No es el premio, es la continuidad.

La pregunta entonces no es qué haría un escritor con dinero. La pregunta es por qué en México escribir sigue siendo un acto de resistencia y no una profesión sólida.

Y quizá, mientras caminamos entre los pasillos de una feria del libro en Tijuana, viendo a alguien presentar su obra con orgullo, valga la pena preguntarnos si estamos frente a un autor... o frente a alguien que, a pesar de todo, decidió no rendirse.