Escribir para sanar
"Cuando las palabras se convierten en un refugio para el alma"
Por: Isidro Aguado
Hay noches en las que uno quisiera explicar lo que siente, pero no encuentra la manera. Se queda mirando el techo, recuerda una conversación, piensa en alguien que ya no está o vuelve sobre una decisión que todavía le pesa. Durante el día todo parece continuar con normalidad: trabajamos, contestamos mensajes, cumplimos compromisos y sonreímos cuando alguien pregunta cómo estamos. Sin embargo, al llegar el silencio, aparecen esas cosas que hemos ido dejando para después.
No siempre sabemos qué nos pasa. A veces estamos tristes sin encontrar una razón concreta; otras, cargamos preocupaciones que no hemos compartido con nadie. También sucede que tenemos mucho que decir, pero no sabemos a quién acudir ni cómo comenzar la conversación. Y mientras buscamos la manera de entendernos, los días siguen pasando.
Vivimos en una época en la que casi todo reclama nuestra atención. Las redes sociales nos muestran lo que otros hacen, los mensajes llegan a cualquier hora y las noticias se suceden antes de que hayamos terminado de comprender la anterior. Nos hemos acostumbrado a mirar una pantalla cada vez que aparece un espacio libre. Incluso cuando descansamos, parece que necesitamos estar conectados con algo.
Pero ¿cuándo fue la última vez que nos sentamos a escuchar nuestros propios pensamientos?
Quizá hemos confundido estar ocupados con estar bien. Podemos pasar horas conversando, compartir fotografías, publicar una frase sobre la felicidad y, al mismo tiempo, no encontrar un solo momento para reconocer que estamos atravesando una etapa difícil. No se trata de abandonar las redes ni de vivir alejados de la tecnología. Se trata de recordar que también tenemos una vida interior que merece atención.
En ese espacio aparece la escritura.
No hace falta ser escritor, conocer reglas literarias ni tener una historia extraordinaria que contar. Basta una libreta, una pluma y unos minutos de tranquilidad. Escribir para sanar no consiste en producir un texto digno de publicarse, sino en permitirnos expresar aquello que quizá hemos mantenido guardado durante demasiado tiempo.
El psicólogo estadounidense James W. Pennebaker dedicó buena parte de su investigación a estudiar la relación entre la escritura expresiva y las experiencias emocionales. Sus trabajos mostraron que narrar por escrito acontecimientos personales puede ayudar a organizar pensamientos y procesar experiencias difíciles. La investigación no sostiene que escribir cure por sí sola la depresión o la ansiedad, ni sustituye la atención psicológica cuando se necesita. Pero sí nos ofrece una razón para considerar la escritura como una herramienta de autoconocimiento.
¿Y por dónde empezar cuando ni siquiera sabemos qué escribir?
Podemos comenzar con una pregunta sencilla: ¿qué me está pasando? No necesitamos una respuesta ordenada. Es posible escribir sobre el cansancio, una ausencia, una decepción o algo que nos hubiera gustado decir en otro momento. También podemos escribir una carta que nunca enviaremos. Decirle a alguien lo que quedó pendiente, agradecerle a quien nos acompañó o dirigir unas palabras a esa versión de nosotros mismos que atravesó momentos difíciles.
Hay quienes encuentran alivio al escribir sobre recuerdos. Volver a una etapa de nuestra infancia, recordar una conversación o reconstruir un momento que todavía permanece en nuestra memoria. No para cambiar lo ocurrido, sino para mirarlo desde otro lugar. Con el tiempo aprendemos cosas que antes no comprendíamos y descubrimos que algunas heridas necesitan ser escuchadas antes de poder ser atendidas.
Incluso podemos escribir al terminar el día. Anotar algo que nos preocupó, una pequeña alegría, aquello que nos hizo falta o algo por lo que sentimos gratitud. Diez minutos pueden ser suficientes para comenzar. No hay una extensión obligatoria ni una manera correcta de hacerlo. Lo importante es que ese espacio nos pertenezca.
Hay cosas que no sabemos decir en voz alta. A veces queremos contarle a alguien lo que nos pasa, pero las palabras no salen; otras veces sentimos que nadie podría comprender exactamente lo que llevamos dentro. Entonces seguimos con nuestras actividades, respondemos que todo está bien y aprendemos a disimular aquello que nos pesa. Pero lo que no decimos no necesariamente desaparece. Se queda dando vueltas en nuestra cabeza, regresa durante la noche o aparece cuando menos lo esperamos.
Quizá por eso necesitamos escribir. Una hoja en blanco no nos interrumpe, no nos juzga y no nos pide que seamos fuertes. Podemos reconocer nuestros miedos, admitir que extrañamos a alguien, aceptar que nos equivocamos o simplemente escribir que no sabemos qué hacer. Nadie tiene que leerlo. No necesitamos convertir nuestro dolor en una historia para los demás. Por una vez, podemos permitirnos ser sinceros sin preocuparnos por la impresión que causamos.
Y quizá, al volver sobre esas páginas días después, descubramos que aquello que parecía imposible de ordenar comienza a tener un nombre. No necesariamente encontraremos una solución, pero habremos dejado de cargarlo todo en silencio. Hay momentos en los que sanar no significa olvidar lo sucedido ni conseguir que deje de doler; significa aprender a mirar nuestra propia historia con un poco más de comprensión y menos dureza.
Tal vez esta noche podamos hacer algo distinto. Dejar el teléfono a un lado, buscar una libreta y escribir una sola pregunta: ¿qué necesito decirme y no me he dicho? No hay que buscar una respuesta brillante. Basta con comenzar.
Porque, entre tantas voces que reclaman nuestra atención, también necesitamos escuchar la nuestra. Y a veces, para volver a encontrarnos, solamente hace falta una página en blanco.