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Más pesado que Baldor

La economía del lineup: de los Juegos Píticos a un gran festival el mismo día de un gran festival

El mercado global de festivales de música superó los 2 mil 158 millones de dólares en 2024, con México entre los principales mercados internacionales de música en vivo.
Más pesado que Baldor Gerardo H. Molina / Harry Archivo
Gerardo H. Molina 29-10-2026

Si la estadística macroeconómica no miente, la humanidad lleva miles de años dispuesta a pagar dinero, soportar filas kilométricas y aguantar 12 horas de pie con tal de escuchar música en masa. El mercado global de los festivales alcanzó en 2024 una valoración astronómica de más de 2,158 millones de dólares, posicionando a México —junto a potencias como España, Suecia o Rusia— en el top de los mercados de música en vivo a nivel mundial.

Y es que, para ponerle números a la historia, esto no es nada nuevo: el registro más antiguo de un festival musical data del año 582 a. C. en los Juegos Píticos de la antigua Grecia. Siglos después, el fenómeno estalló en la era moderna con hitos como la Isle of Wight en 1968 y Woodstock en 1969, trazando una ruta histórica que hoy conecta a monstruos globales como Tomorrowland, Coachella, Glastonbury o Rock in Rio con la floreciente industria mexicana de la cual formamos parte.

Hoy en día, México vive una auténtica época dorada. El circuito nacional se ha consolidado en una maquinaria perfecta que va desde el Corona Capital y el Vive Latino, pasando por el Tecate Comuna y La Cura Fest, hasta llegar al holy grail de la industria: el Tecate Pa'l Norte en Monterrey. Y justo en ese engranaje, la frontera volvió a dar un golpe de autoridad con la reciente edición del Festival Tecate Península.

Mudarse de la Plaza Monumental de Playas al Estadio Caliente no solo fue un acierto de producción de estándares internacionales; fue una lección de cómo la infraestructura privada puede transformar un evento masivo en un verdadero gancho de turismo cultural. Desde la logística de dos escenarios continuos sin relleno, pasando por el icónico y llamativo Distrito Tecate —una impresionante instalación de dos pisos con juegos, bar y una ubicación superprivilegiada justo frente a uno de los escenarios para disfrutar el show—, además de diversas amenidades de este nivel, hasta la amalgama de un lineup que juntó a Interpol, Caifanes, Panteón Rococó y la icónica alianza de Los Auténticos Decadentes con Los Caligaris, Península demostró que Tijuana no solo consume música, sino que exige y responde a la alta calidad de espectáculo.

Sin embargo, en el terreno numérico y de la gestión pública, la jornada dejó al descubierto una paradoja digna de estudio sobre algunos claroscuros de la política local.

El mismísimo sábado 24 de octubre, mientras esta gran iniciativa de infraestructura privada famosa internacionalmente concentraba a decenas de miles de asistentes con boletos pagados en el Estadio Caliente, al Ayuntamiento de Tijuana se le ocurrió programar en el centro de la ciudad un festival masivo y gratuito con agrupaciones como Mi Banda El Mexicano y Los Amigos Invisibles, anunciado con apenas un par de semanas de anticipación.

A ver: que existan festivales públicos y gratuitos es una extraordinaria noticia para la democratización de la cultura; el problema no es el evento en sí, sino el timing. En una ciudad con un déficit histórico de oferta cultural y espacios de esparcimiento a lo largo del año, fragmentar la audiencia y competir deslealmente contra el evento privado el mismo día parece responder más a un apresurado ejercicio de subejercicio presupuestal al cierre del año fiscal que a una política pública de desarrollo cultural. En lugar de escalonar la oferta para la ciudadanía, disfrutar de dos fines de semana de fiesta y una derrama económica para los comercios, la autoridad local prefirió el canibalismo de la agenda. Organizar un gran festival el mismo día del gran festival, así como tal. Con todo y la cierta miopía del establishment, la masa respondió y ambas plazas se llenaron, dejando claro que Tijuana está sedienta de entretenimiento. Ojalá que para la próxima, la gestión pública aprenda a usar el calendario con un poquito más de rigurosidad y lógica, y esté a la altura de la música de su gente.