por El Colef
14/04/2026 16:04 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 14/04/2026
Ámbar Itzel Paz Escalante*
La vida cotidiana suele pensarse como aquello que se repite: levantarse, trasladarse, trabajar, volver a casa. Lo de siempre. Lo que parece natural. Sin embargo, cuando se observa desde el Trabajo Social, esa aparente normalidad comienza a resquebrajarse. Lo cotidiano deja de ser obvio y se convierte en una ventana para comprender las desigualdades, los vínculos y las formas en que las personas resisten y reinventan su vida, especialmente en contextos de movilidad humana.
Hablar de vida cotidiana no es solo describir rutinas; es reconocer que cada acción diaria —tomar un transporte, cruzar una calle, buscar empleo o enviar un mensaje a la familia— está atravesada por condiciones sociales, económicas e históricas. La vida cotidiana es, en esencia, la expresión concreta de las relaciones sociales en un tiempo y espacio determinados. Es ahí donde se juega, todos los días, la posibilidad de vivir con dignidad.
Pero ¿qué ocurre cuando esa cotidianidad no es estable, sino incierta?
Para las personas en situación de movilidad humana, la vida cotidiana no se sostiene sobre certezas, se reconstruye una y otra vez en contextos cambiantes: en albergues temporales, en calles desconocidas, en trabajos precarios o en territorios donde el arraigo aún no existe. Lo cotidiano deja de ser rutina para convertirse en una práctica constante de adaptación.
Sin embargo, en los últimos meses, esta fragilidad se ha intensificado.
De acuerdo con información reciente publicada en La Jornada (12 de abril), las políticas migratorias impulsadas por Donald Trump han endurecido significativamente las condiciones de vida para las personas migrantes en Estados Unidos. Cada año, cerca de 19 mil jóvenes mexicanos sin documentos logran concluir la preparatoria en ese país, formando parte de un universo de aproximadamente 75 mil estudiantes indocumentados que alcanzan ese nivel educativo.
No obstante, esas trayectorias hoy están marcadas por una creciente incertidumbre. La revocación de medidas que limitaban operativos migratorios en espacios cercanos a las escuelas ha tenido efectos inmediatos: el ausentismo escolar ha aumentado de forma considerable en distintas regiones. En algunos distritos, las ausencias crecieron más de 20 por ciento; en otros, una cuarta parte del alumnado dejó de asistir tras redadas migratorias.
Imaginemos: la escuela —uno de los espacios más estructurantes de la vida cotidiana— ha dejado de ser un lugar seguro, y con ello se vulnera el derecho a la educación. Asimismo, es relevante mencionar el cierre del programa DACA para nuevos solicitantes y la eliminación de apoyos estatales que facilitaban el acceso a la educación superior en varios estados han limitado de manera significativa las oportunidades futuras. Hoy en día, estudiar, trabajar o proyectar un plan de vida ya no dependen únicamente del esfuerzo individual, sino de condiciones políticas que, en muchos casos, resultan excluyentes.
Así, la vida cotidiana se reorganiza en función del miedo: miedo a las redadas, a la deportación, a la separación familiar. Actividades tan simples como asistir a clases, tomar un autobús o salir a trabajar se convierten en decisiones atravesadas por el riesgo.
La aparente "normalidad" de que miles de jóvenes ya no estén en las aulas no es natural, es el resultado de decisiones políticas concretas. Aquí cobra sentido la crítica de la vida cotidiana, no como una queja, sino como una forma de análisis: ¿por qué ciertas trayectorias de vida se vuelven inviables? ¿por qué estudiar o proyectarse hacia el futuro se convierte en un privilegio y no en un derecho?
Cuando estas condiciones se repiten, se corre el riesgo de normalizarlas ya que se instala la idea de que "así son las cosas". Pero mirar críticamente la vida cotidiana implica, precisamente, romper con esa naturalización. La vida cotidiana es, en el fondo, un espacio profundamente político, en donde se materializan las decisiones institucionales, pero también donde se abren posibilidades de transformación. Por ello, analizar la vida cotidiana es también una invitación a mirarnos: a preguntarnos cómo nos relacionamos con quienes están en movilidad, si desde la indiferencia, el prejuicio o la solidaridad. Porque lo cotidiano no es solo lo que se repite. Es el lugar donde se define quién puede vivir con certeza... y quién está obligado a reinventarla desde la incertidumbre.
*Profesora de Carrera / ENTS-UNAM