Leer para no obedecer
_"Sin hechos no hay verdad; sin verdad no hay confianza; y sin confianza no existe la realidad compartida que hace posible la democracia."_
-María Ressa
Por: Isidro Aguado
Hoy es viernes. Y los viernes —al menos en este pequeño espacio que compartimos— intento que hagamos una pausa. Una pausa de esas que no abundan en tiempos de redes sociales, debates encendidos y titulares alarmistas. Una pausa que nos permita apartarnos, aunque sea por un momento, de la geopolítica, de las discusiones interminables sobre la política mexicana o de los conflictos internacionales que parecen multiplicarse cada semana.
Hoy quisiera invitarlos, simplemente, a abrir un libro.
El que quieran. El que les llame la atención. El que tengan olvidado en un estante o el que acaban de comprar por curiosidad. No importa si es novela, ensayo, historia, poesía o incluso uno de esos textos que parecen difíciles pero que terminan por revelar algo importante sobre nosotros mismos.
He repetido muchas veces una idea que parece simple pero que, cuando uno se detiene a pensarla, resulta reveladora. Si una persona dedica treinta y cinco minutos al día a la lectura, en una semana habrá leído más de cuatro horas. Hagan ustedes la cuenta: en un mes esa persona habrá pasado casi veinte horas leyendo; en un año, más de doscientas. Ahora imaginen cuántos libros pueden recorrerse en ese tiempo. No es poca cosa.
Sin embargo, en una época que presume acceso ilimitado a la información, la lectura profunda parece haber quedado relegada. Consumimos frases rápidas, opiniones instantáneas, videos de pocos segundos. Sabemos mucho de todo, pero comprendemos poco.
Por eso, cuando escucho que algunos medios hablan con tanta facilidad de conceptos como "autoritarismo", me pregunto si realmente sabemos de qué estamos hablando. El autoritarismo no es simplemente un gobernante duro o un discurso fuerte. El autoritarismo aparece cuando el poder deja de aceptar límites, cuando la crítica se convierte en delito, cuando la información se manipula hasta convertir la mentira en versión oficial.
La historia está llena de ejemplos.
El siglo XX, por ejemplo, fue un laboratorio trágico de sistemas autoritarios: el fascismo europeo, el nazismo alemán, el estalinismo soviético. En América Latina también tuvimos nuestras propias versiones: dictaduras militares, regímenes que persiguieron opositores, gobiernos que confundieron Estado con propiedad personal.
Pero hoy el fenómeno adopta formas más sutiles. Ya no siempre se impone con tanques en las calles o golpes de Estado. A veces se infiltra lentamente en la manipulación informativa, en la polarización social, en la destrucción de los hechos comunes.
Y justamente sobre eso trata un libro que llegó a mis manos de una forma bastante peculiar.
No lo encontré en una librería ni me lo recomendó un colega. Lo escuché mencionar en televisión. Concretamente, en un programa español donde el presentador David Broncano hizo referencia a la autora durante una conversación. Confieso que fue una recomendación un poco accidentada —casi diría "trambólica", perdonen el chiste millennial— pero despertó mi curiosidad.
El libro se llama Cómo luchar contra un dictador, escrito por la periodista filipina María Ressa y publicado por Península en 2023.
Ressa es una figura conocida en el periodismo internacional. Fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2021 junto al periodista ruso Dmitri Murátov por su defensa de la libertad de expresión. Durante años ha investigado las redes de desinformación que operaron en Filipinas durante el gobierno de Rodrigo Duterte y ha denunciado el uso de plataformas digitales para manipular a la opinión pública.
El libro cuenta, en gran medida, su historia personal.
Habla de su infancia, de su formación profesional, de su carrera como periodista y de su enfrentamiento con el poder político en su país. Sus investigaciones revelaron cómo el gobierno filipino utilizaba campañas digitales coordinadas para difundir propaganda y generar odio entre los ciudadanos.
Eso le costó caro.
Ressa fue objeto de persecución judicial, enfrentó órdenes de arresto y llegó a enfrentar procesos que podrían haberla condenado a décadas de prisión. Su "delito", según ella misma lo describe, fue insistir en publicar hechos que incomodaban al poder.
El libro tiene, sin duda, una virtud importante: muestra cómo las democracias pueden deteriorarse lentamente cuando el poder político se combina con campañas permanentes de desinformación. También describe cómo internet se ha convertido en un campo de batalla donde la verdad compite con ejércitos de bots, propaganda digital y manipulación algorítmica.
Pero también debo decir algo con honestidad.
El libro no es una obra extraordinaria. Más bien funciona como una especie de autobiografía elogiosa. Ressa narra su historia con un tono que en ocasiones parece colocar su propia trayectoria en un pedestal. Y uno —con los años— aprende a desconfiar un poco de las historias demasiado heroicas.
Aun así, entre esas páginas aparecen algunas ideas interesantes.
La primera tiene que ver con algo que ella llama la necesidad de una "realidad compartida". En otras palabras, la idea de que una sociedad necesita coincidir al menos en los hechos básicos para poder discutir el resto.
Puede parecer una obviedad, pero no lo es.
Las redes sociales, con sus algoritmos personalizados, han fragmentado la percepción de la realidad. Cada persona recibe información distinta, interpretaciones distintas, versiones distintas. En ese escenario, la conversación pública se vuelve imposible porque ni siquiera coincidimos en qué ocurrió.
Ressa advierte algo que vale la pena pensar: si una sociedad deja de compartir los mismos hechos, la democracia se vuelve extremadamente frágil.
La segunda idea tiene que ver con la regulación del espacio digital.
Ressa sostiene que el internet actual no puede seguir funcionando como un territorio sin ley. Propone que los Estados democráticos desarrollen legislación capaz de limitar la manipulación digital, la desinformación organizada y el uso político de los algoritmos.
Es un tema complejo.
Porque cualquier regulación puede convertirse también en una forma de control. Pero ignorar el problema tampoco parece una opción viable.
Curiosamente, el libro deja fuera una reflexión que me habría parecido más interesante: la autocrítica del propio periodismo. En sus páginas no aparece una discusión profunda sobre los periodistas que trabajan al servicio de gobiernos o partidos políticos, ni sobre la responsabilidad que tiene el propio gremio en la degradación del debate público.
Y ese silencio también dice algo.
Pero más allá de sus virtudes o limitaciones, el libro tiene un mérito: nos obliga a pensar en la relación entre información, poder y democracia.
Y ahí es donde regreso al punto inicial.
Leer no es solo un pasatiempo elegante. Leer es una forma de defender la libertad intelectual. Es una manera de entrenar el pensamiento crítico, de cuestionar discursos oficiales, de comprender el mundo más allá de los titulares.
Las sociedades que dejan de leer terminan creyendo cualquier cosa.
Por eso hoy, en este viernes literario, más que recomendar un libro específico, quisiera invitarlos a recuperar el hábito de la lectura. Treinta minutos al día pueden parecer poco, pero con el tiempo se convierten en una biblioteca personal.
Y quizá —solo quizá— leer sea una de las formas más silenciosas y efectivas de resistir cualquier forma de autoritarismo. Porque quien aprende a pensar por sí mismo difícilmente vuelve a obedecer sin preguntar.
*_El columnista es abogado, académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._