Columnas

Playas de Tijuana: economía detenida frente al mar

Guillermo Prieto señalaba que los pueblos se entienden en sus espacios comunes; en Tijuana, Playas refleja una obra inconclusa.
Isidro Aguado -

_"Gobernar es construir lugares donde la gente quiera quedarse, no de donde tenga que irse."_

Decía Guillermo Prieto que los pueblos se entienden mejor en sus espacios comunes que en sus discursos. Y si uno quiere entender hoy a Tijuana, basta con caminar o intentar caminar por Playas de Tijuana. Ahí donde antes había vida, hoy hay una obra inconclusa.

Playas de Tijuana ha sido históricamente uno de los principales puntos de recreación urbana de la ciudad. De acuerdo con estimaciones de actividad turística local, el área recibe más de 1 millón de visitantes al año, entre residentes y turistas nacionales y extranjeros. Tan solo en temporadas como Semana Santa, el flujo puede oscilar entre 200 mil y 300 mil personas en pocos días, lo que convierte a la zona en un nodo económico relevante para micro y pequeños comercios.

Esto no es menor. Es, en términos económicos, una concentración de consumo temporal que sostiene decenas —si no cientos— de unidades económicas familiares.

Sin embargo, ese circuito económico hoy está parcialmente interrumpido.

A más de un año del inicio de la actual administración municipal, el proyecto de rehabilitación del malecón no presenta avances físicos sustanciales. Lo que existe, según declaraciones oficiales, es un proyecto en fase ejecutiva. Es decir, no hay aún una obra en curso plenamente definida, sino una planeación que sigue en desarrollo.

Desde el punto de vista de gestión pública, esto representa un desfase crítico entre anuncio, ejecución y entrega.

El proyecto fue inicialmente planteado como una intervención de alto impacto urbano. No obstante, los datos disponibles apuntan a una serie de inconsistencias administrativas desde su origen. La obra anterior carecía de un Manifiesto de Impacto Ambiental y fue autorizada bajo criterios de remodelación cuando, en términos técnicos, correspondía a una construcción de mayor alcance. Esto derivó en sanciones federales que superaron los 300 mil pesos, lo que evidencia fallas en el cumplimiento normativo básico.

Más allá de la sanción, el problema central es estructural: la ausencia de planeación integral.

En términos financieros, otro elemento relevante es la variación en el costo del proyecto. Estimaciones públicas indican que el presupuesto habría pasado de aproximadamente 200 millones de pesos a más de 300 millones, lo que implica un incremento superior al 50%. Este tipo de variación, sin un desglose claro por etapas, abre cuestionamientos sobre la eficiencia del gasto, la proyección inicial y la posible existencia de sobrecostos.

Un proyecto sin cronograma definido, sin transparencia financiera detallada y con variaciones presupuestales significativas se clasifica como un proyecto de alto riesgo.

Los comerciantes de Playas de Tijuana han experimentado una contracción en sus ingresos durante los últimos meses. La reducción en el flujo de visitantes, combinada con la afectación directa del espacio físico, ha generado cierres temporales, disminución de ventas y, en algunos casos, migración de actividades hacia destinos cercanos como Rosarito.

Y esto no es una percepción aislada, es una tendencia observable. Turistas —tanto locales como del sur de California— están optando por desplazarse a Rosarito, donde encuentran mejores condiciones: malecón funcional, mayor oferta gastronómica activa, espacios caminables y una percepción de mayor seguridad y limpieza. En términos de competitividad turística, Rosarito hoy ofrece lo que Playas de Tijuana temporalmente ha dejado de ofrecer.

Esto responde a una lógica económica sencilla: el turismo es altamente sensible a la calidad del entorno. Infraestructura deteriorada, obra inconclusa, inseguridad percibida y ausencia de servicios adecuados reducen la capacidad de retención del visitante.

A ello se suma un factor ambiental y sanitario. Residentes han reportado malos olores en diversas zonas, asociados a la contaminación marítima, lo que incide directamente en la experiencia del visitante. En términos turísticos, la calidad ambiental es un determinante clave en la permanencia del flujo económico.

En paralelo, la percepción de inseguridad ha incrementado. Espacios que anteriormente eran utilizados para actividades recreativas —caminar, correr, convivir— hoy presentan una menor afluencia, especialmente en horarios extendidos. La reducción de presencia social tiende a generar un efecto circular: menos gente implica mayor percepción de riesgo, lo que a su vez reduce aún más la afluencia.

Desde una perspectiva urbana, esto se traduce en un proceso de deterioro del espacio público.

El caso de Playas de Tijuana ilustra un problema recurrente en la administración pública local: la desconexión entre planeación institucional y dinámica social. Una obra que pretende mejorar el entorno no puede, en su fase de ejecución, desarticular la economía y la vida comunitaria sin mecanismos de mitigación.

En este caso, no se ha documentado de manera clara un programa integral de apoyo a los comercios afectados, ni estrategias específicas para mantener la actividad económica durante el periodo de intervención. La ausencia de estas medidas amplifica el impacto negativo de la obra.

Con la llegada de Semana Santa, el escenario adquiere mayor relevancia. Este periodo representa uno de los picos de actividad turística más importantes del año. Sin embargo, las condiciones actuales del malecón y su entorno generan incertidumbre sobre la capacidad de la zona para absorber y capitalizar ese flujo de visitantes.

En términos comparativos, destinos cercanos como Rosarito están en una posición ventajosa para captar una mayor proporción del turismo, desplazando la derrama económica fuera de Tijuana.

La falta de certeza en la conclusión del proyecto, la opacidad en los costos, la ausencia de medidas de mitigación económica y el deterioro del entorno configuran un escenario donde el espacio público pierde funcionalidad y valor social.

Reducir este caso a un retraso administrativo sería insuficiente. Lo que está en juego es la capacidad de la ciudad para gestionar sus espacios estratégicos. Playas de Tijuana no es solo un punto recreativo; es un activo económico, social y simbólico.

Una obra inconclusa en ese contexto no es solo concreto pendiente.

Es una economía detenida, una comunidad afectada y una oportunidad que se diluye.

Prieto entendía que la nación se construye en lo cotidiano. En las calles, en las plazas, en los espacios donde la gente vive su día a día. Hoy, Playas de Tijuana representa exactamente lo contrario: un espacio donde la vida se ha suspendido a la espera de una obra que no termina de empezar.

El mar sigue llegando. Eso no cambia.

Lo que está en duda es si la ciudad será capaz de recuperar ese espacio antes de que los visitantes —y con ellos la economía— terminen por irse definitivamente a otro lado.

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente inicio de semana lector@s.

*_El columnista es abogado, académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._