16/01/2026 12:17 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 16/01/2026
"El exilio es una patria sin tierra, una morada del espíritu donde el ser humano aprende a habitarse a sí mismo."
— María Zambrano
Por Isidro Aguado Santacruz
Como cada viernes, estimada lectora y estimado lector, quiero detenerme contigo en una figura que obliga a leer despacio y a pensar sin concesiones. No para celebrar una moda editorial ni para rendir un homenaje superficial, sino para recuperar una voz cuya densidad intelectual incomoda a un tiempo que prefiere las ideas rápidas y los diagnósticos simples. Hablo de María Zambrano, nacida en Vélez-Málaga en 1904, pensadora desterrada, escritora fronteriza entre la filosofía y la poesía, y una de las mujeres que con mayor rigor logró abrirse paso en un territorio históricamente reservado a los varones.
Durante siglos, la historia de la literatura y del pensamiento ha sido escrita desde una mirada masculina que concedía a las mujeres un papel marginal: musas, lectoras, excepciones curiosas. Desde Safo en la Grecia arcaica hasta Sor Juana en la Nueva España, las autoras debieron escribir a contracorriente, justificando su derecho a pensar. El siglo XX amplió los márgenes, pero no eliminó los obstáculos. Zambrano pertenece a esa generación que no solo tuvo que disputar un lugar intelectual, sino también sobrevivir a la guerra, al exilio y al silenciamiento editorial. Su trayectoria no puede entenderse sin esa tensión constante entre lucidez y desarraigo.
Discípula crítica de Ortega y Gasset, nunca aceptó que la razón se separara de la vida. Su propuesta —esa razón que piensa sin amputar la emoción ni el símbolo— fue durante décadas incómoda para la academia, demasiado poética para algunos filósofos y demasiado filosófica para ciertos poetas. El exilio prolongado, iniciado tras la Guerra Civil española, terminó por convertirla en una pensadora sin patria fija, pero con una obra atravesada por una idea central: pensar es una forma de fidelidad a lo humano.
Resulta paradójico que, tras su regreso a España en los años ochenta y el reconocimiento institucional que culminó con el Premio Cervantes, su nombre volviera a diluirse en el debate público. Como ocurre con frecuencia cuando se trata de mujeres que piensan con profundidad, la consagración no garantizó la permanencia. Hoy, sin embargo, su palabra reaparece con una fuerza que no depende del homenaje sino del contenido: textos íntimos, reflexivos, escritos al margen de cualquier cálculo de posteridad.
En Palabra en libertad, el lector se encuentra con cuadernos, sueños, apuntes y poemas escritos a lo largo de casi seis décadas. No es una autobiografía convencional, sino un mapa interior donde la autora deja constancia de su lucha con el lenguaje, del intento de convertir el resentimiento en claridad y el dolor en pensamiento. Allí la palabra no describe: ilumina. Zambrano entiende que el sentido no nace en la evidencia, sino en la penumbra que precede al decir verdadero.
El exilio, tema central de su vida, adquiere cuerpo en Isla de Puerto Rico. Desde América, observa una Europa devastada por la guerra y reflexiona sobre la democracia no como un sistema jurídico, sino como una forma ética de habitar el mundo. La nostalgia no la paraliza; se transforma en una mirada crítica sobre el fracaso histórico de los imperios y sobre la dificultad de construir una comunidad política que no traicione la dignidad humana. El destierro, en su escritura, deja de ser solo una condición biográfica y se vuelve una categoría filosófica.
Finalmente, Tiempo y luz revela una faceta menos conocida pero igualmente reveladora: su relación con el cine. Para Zambrano, la imagen cinematográfica no era entretenimiento, sino una vía para comprender el sueño, la compasión y la violencia del siglo. Su lectura del neorrealismo italiano y su interés por figuras como Charlot muestran a una pensadora atenta a los lenguajes de su tiempo, capaz de dialogar con la cultura popular sin rebajar la exigencia intelectual.
Recuperar hoy a María Zambrano no es un gesto de nostalgia ni una corrección tardía del canon. Es una necesidad. En una época marcada por el ruido, su obra recuerda que pensar exige silencio; que escribir implica responsabilidad; y que la palabra, cuando es honesta, puede convertirse en una forma de resistencia. Su trayectoria confirma que las mujeres no solo han participado en la historia de la literatura y del pensamiento, sino que, muchas veces, la han sostenido desde los márgenes, pagando el precio del exilio, la incomprensión o el olvido. Leerla es, todavía, un acto de lucidez.
Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente inicio de semana lector@s.
-El columnista es académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo.