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Del Congreso al reality

Isidro Aguado
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por Isidro Aguado Santacruz

20/02/2026 11:19 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 20/02/2026

"El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres"- Platón


Por: Isidro Aguado


Aristófanes se burló de Sócrates colgándolo en el aire, como si el pensamiento necesitara alejarse del suelo para ser nítido. Y Platón, con la anécdota de Tales que cae a un pozo por mirar las estrellas, dejó fijada una sospecha popular: el que piensa demasiado no ve lo que pisa. Es una caricatura eficaz porque contiene una advertencia real: hay ideas que, si no se ensucian con la vida común, se vuelven ornamento; y hay vidas públicas que, si no se dejan incomodar por ideas, se vuelven pura inercia.


Esa tensión —entre contemplación y ciudad— suele resolverse con un prejuicio cómodo: el filósofo "no sirve" para la política; la política "no tolera" al filósofo. Se recuerda a Séneca asesorando a Nerón, y la moraleja se escribe sola: quien entra al poder desde el pensamiento sale herido. Pero la conclusión fácil es, también, una coartada: permite que el pensamiento renuncie a intervenir y que la política renuncie a justificarse. Así, cada quien preserva su pureza aparente; y el mundo, como diría Hegel, continúa igual de sucio, solo que mejor explicado o mejor administrado.


La vida filosófica, cuando quiere sostenerse en serio, no puede refugiarse en el elitismo del "yo no me mezclo". Platón lo insinuó con una escena decisiva: Sócrates baja al Pireo —la zona de negocios, tráfico humano y rutina— movido por un motivo casi ceremonial, pero es retenido por razones más terrenales. Esa resistencia importa: el filósofo no desciende porque ame el ruido, sino porque la justicia termina exigiendo el descenso. El punto no es romantizar el barro; es reconocer que la verdad, si pretende orientar una comunidad, debe atravesar el conflicto, el interés, la prisa, la envidia y la ignorancia sin convertirlos en excusa para desertar.


Aristóteles, en su propio registro, vuelve la discusión aún más concreta: la comunidad política tiene algo de naturaleza —somos animales de polis—, pero también algo de obra: requiere arquitectura normativa, deliberación prudente, diseño institucional. No basta el impulso: hace falta el legislador, el artesano de reglas, el que da forma a lo común para que la vida buena no dependa de la casualidad o del capricho del más fuerte. Ahí aparece una idea incómoda para nuestro presente: la política, cuando es más política, es menos espectáculo; y cuando es más espectáculo, tiende a ser menos política. Porque lo que vuelve "arquitectónica" a la política no es la cámara, sino la razón práctica: la capacidad de ordenar fines, imponer límites, educar hábitos, corregir incentivos, sostener lo que funciona y reformar lo que degrada.


Con ese marco, el caso reciente del diputado federal Sergio Mayer —quien solicitó licencia indefinida para participar en la sexta temporada de La Casa de los Famosos de Telemundo— merece una lectura más seria que el meme y más moral que el linchamiento automático. Los hechos son simples: pidió separarse temporalmente de su curul y su suplente asumió funciones mientras él entra al encierro televisivo. La justificación pública se apoya en una tesis seductora: los reality shows y las redes serían "nuevos canales" para comunicar mensajes —incluso culturales— y, todavía más, un "experimento social" que permitiría conocer a los candidatos "de fondo".


La tesis parece moderna; en realidad es vieja. Es la vieja confusión entre carácter y virtud, entre exposición y responsabilidad. Conocer "reacciones" bajo presión puede decir algo sobre temperamento; casi nada sobre aptitud normativa. Un legislador no es valioso por su espontaneidad, sino por su disciplina institucional: estudiar, deliberar, construir acuerdos, redactar normas, fiscalizar, escuchar evidencia, rendir cuentas. La democracia representativa no es un casting: es un régimen de mandatos. Y el mandato no se satisface "comunicando" intenciones; se cumple produciendo actos verificables en el espacio público, con consecuencias para terceros.


Hay, además, un problema jurídico-político de fondo: la licencia es una figura legal prevista para ausencias; su existencia no convierte cualquier motivo en moralmente equivalente. Que algo sea formalmente posible no lo vuelve automáticamente compatible con la ética del cargo. La representación no es una extensión de la marca personal. En el derecho público, la investidura no es un accesorio; es una obligación. La curul no es un escenario prestado: es una función delegada por ciudadanos que no votaron por un reality, sino por un trabajo legislativo.


Lo más inquietante no es que un político busque audiencia —la política siempre ha necesitado plaza—, sino el mensaje cultural que se normaliza: gobernar sería, ante todo, mantenerse visible; legislar, un trámite reemplazable; la rendición de cuentas, un contenido más dentro del algoritmo. El filósofo caricaturizado por Aristófanes flotaba para pensar; hoy, algunos políticos flotan en el entretenimiento para no hacerse responsables de pensar. Y cuando se invoca la "coyuntura" con Estados Unidos y la defensa de la cultura latina como argumento para el encierro televisivo, el razonamiento se invierte: en vez de bajar al Pireo para hacerse cargo de lo común, se sube al set para convertir lo común en guion.


Una democracia madura no necesita santos ni ascetas; necesita profesionales de lo público que comprendan el límite entre vida privada, carrera mediática y función constitucional. Si queremos medir "de fondo" a quienes aspiran a representarnos, el instrumento no es el voyeurismo, sino la transparencia: declaraciones patrimoniales auditables, trayectoria de votaciones, calidad técnica de iniciativas, asistencia, debate, trabajo de comisión, resultados, congruencia entre promesas y actos. La caverna contemporánea no es solo ignorancia: es distracción. Y en una época donde la distracción gobierna, la mayor falta de respeto a la ciudadanía no es equivocarse, sino sustituir la responsabilidad por la puesta en escena.


La pregunta final es brutalmente sencilla: ¿bajamos a la ciudad para servirla, o convertimos la ciudad en audiencia para servirnos? Si la política olvida la virtud y se enamora del rating, no estamos ante un "experimento social"; estamos ante una renuncia elegante. Y esa renuncia, por más legal que sea, deja a la democracia con menos ley, menos prudencia y más espectáculo.

 

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.


El columnista es académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo.