Columnas

Zapatos y memoria

Isidro Aguado Archivo

_"El poder es un vicio que se cura sólo con la muerte."_
— El otoño del patriarca, Gabriel García Marquez

Por: Isidro Aguado Santacruz

En 1521 no sólo cayó una ciudad: se reordenó la forma de obedecer. Antes de que el polvo de Tenochtitlan se asentara, el Huey Tlatoani ocupaba un lugar que no era simplemente político, sino cósmico. No se le servía: se le veneraba. El cuerpo del gobernante era un territorio sagrado y el protocolo, una pedagogía del sometimiento. Los subditos no se inclinaban por miedo únicamente, sino por hábito, por una educación lenta que enseñaba desde la infancia quién debía caminar erguido y quién debía aprender a doblar la espalda. El poder se ejercía, ante todo, como distancia.

Con la llegada de los españoles, esa distancia no desapareció: se reorganizó. La conquista no sólo trajo armas y dogmas; trajo una nueva gramática de la jerarquía. Viejas prácticas de captura y servidumbre, que existían en contextos específicos de guerra y ritual, se transformaron en sistema económico. La esclavitud dejó de ser excepción para volverse método. Se trazaron fronteras invisibles sobre la piel: lo blanco adquirió prestigio, lo moreno fue empujado al trabajo forzado, a la carga silenciosa, al cuerpo útil. Aunque el discurso imperial llegó a hablar de derechos y prohibiciones, la realidad siguió por veredas clandestinas. La explotación no se extinguió: aprendió a esconderse. Ese largo proceso dejó algo más profundo que archivos y cifras. Dejó una herencia simbólica: la naturalización de la humillación. Aprendimos, como sociedad, a no sorprendernos cuando alguien se agacha ante el poder. A veces lo llamamos protocolo; otras, cortesía. Rara vez lo nombramos por lo que es: una escena donde el poder se reconoce a sí mismo a través del cuerpo ajeno.

Por eso lo ocurrido ayer en Querétaro no puede leerse como un accidente menor ni como un malentendido doméstico. Fue una imagen nítida de nuestra historia repitiéndose con otros trajes. En plena vía pública, antes de un acto solemne, dos personas se inclinaron para limpiar los zapatos del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Él permaneció de pie. No hizo un gesto inmediato para detenerlos. No se agachó él mismo. No interrumpió la escena en el instante en que se estaba produciendo. La imagen, capturada y compartida, recorrió el país y cruzó fronteras porque tocó un nervio antiguo: el de la dignidad. El poder, cuando olvida su origen, suele cometer ese tipo de descuidos. No porque sea malvado en esencia, sino porque se acostumbra. La costumbre es más peligrosa que la soberbia declarada. El hombre que se acostumbra a que otros se inclinen frente a él termina creyendo que el mundo funciona así, que no hay nada extraordinario en que alguien se arrodille para resolverle un detalle trivial. La mancha en el zapato importa menos que la inclinación del cuerpo.

Horas después, vino la explicación: que se había derramado café, que la situación fue inesperada, que se pidió que no continuaran, que no hubo intención de superioridad. La disculpa pública llegó cuando la presión ya era insoportable. Ese orden de los factores es revelador. En política —y también en la ética— hay gestos que sólo tienen valor cuando son inmediatos. Lo que se repara después suele ser estrategia; lo que se detiene en el acto es convicción.

Aquí hay dos planos que no conviene perder de vista. El primero es el laboral. En toda estructura jerárquica existe una asimetría real. El subordinado no siempre actúa por voluntad libre; muchas veces actúa por anticipación. No hace falta una orden expresa para que el poder produzca conductas serviles. Basta el ambiente. Basta el silencio del superior. Por eso la responsabilidad no se agota en decir "yo no lo pedí". En cargos de esa magnitud, la responsabilidad incluye impedir que ocurra aquello que degrada al otro. Gobernar —o juzgar— también es cuidar la dignidad de quienes trabajan contigo.

El segundo plano es simbólico y social. Cuando una mujer en un cargo directivo aparece arrodillada limpiando los zapatos de un hombre poderoso, el mensaje no es neutro. Reactiva estereotipos viejos, peligrosos, que asocian a la mujer con el servicio, con el cuidado, con la subordinación. Aunque jurídicamente cada caso exige análisis específico, socialmente el daño es inmediato: se refuerza una imagen que millones de mujeres llevan décadas tratando de desmontar. La escena no sólo lastima a quienes participan en ella; lastima a quienes la miran y reconocen en ese gesto una historia que creían superada.

Todo esto ocurre, además, en un contexto discursivo donde se invoca al pueblo, a los orígenes, a la justicia social. El contraste es brutal. Hablar en lengua indígena, reivindicar una identidad históricamente marginada, puede ser un acto poderoso si va acompañado de coherencia cotidiana. Pero cuando la práctica contradice al símbolo, el símbolo se vuelve escenografía. El origen deja de ser memoria viva y se convierte en credencial política, en adorno conveniente. Se usa para llegar, no para regresar.

Hay una vieja lección que la literatura latinoamericana ha sabido narrar con crueldad y belleza: el poder prolongado borra la memoria. El hombre que llegó desde abajo empieza a avergonzarse de ese abajo. Primero lo menciona con orgullo; luego lo recuerda con distancia; finalmente lo utiliza como argumento cuando le conviene. El origen se vuelve relato, no compromiso. Y cuando eso ocurre, el poder ya no escucha: se representa. La escena de Querétaro parece sacada de una novela sobre la soledad del mando. Un gobernante rodeado de colaboradores, protegido por el protocolo, incapaz de advertir —o de interrumpir a tiempo— una humillación pública. Un palacio sin palacio, una corte sin corona. El problema no es el individuo aislado, sino el sistema que permite que ese gesto ocurra y que, durante unos segundos eternos, nadie lo considere inaceptable.

Nuestra historia está llena de estos momentos mínimos que dicen más que los grandes discursos. A veces basta una rodilla en el suelo y un zapato brillante. Creímos, quizá con demasiada ingenuidad, que esas escenas pertenecían al pasado prehispánico o colonial, a los libros de historia. Olvidamos que el poder tiene una memoria corta y una imaginación larga para reinventar sus rituales.

Por eso conviene volver a la literatura, hay novelas que no hablan de un país específico, pero describen con precisión quirúrgica lo que ocurre cuando el mando se eterniza y el gobernante confunde respeto con sumisión. En esas páginas, el líder termina solo, rodeado de símbolos que ya no entiende, incapaz de reconocer el rostro del pueblo del que dice provenir. La tragedia no es su caída; la tragedia es su amnesia.
El otoño del patriarca, de Gabriel Garcia Marquez, no es una novela fácil ni complaciente. Es una fábula áspera sobre la degradación del poder, sobre la soledad que se construye cuando se gobierna desde la distancia y se olvida la fragilidad del origen. La recomiendo hoy, porque nos recuerda que el verdadero peligro no es que alguien llegue al poder desde la nada, sino que, una vez arriba, crea que los demás siguen estando abajo para siempre.

Y vale la pena decirle esto al lector con toda claridad: en esa novela no hay una escena idéntica a la que vimos ayer, pero hay algo más inquietante: la normalidad con la que el patriarca acepta que otros se inclinen ante él. Nadie le limpia los zapatos por decreto; lo hacen porque el entorno ha aprendido a anticiparse al poder. Ese es el verdadero núcleo del libro: no el tirano gritando órdenes, sino la corte adivinando deseos, ejecutando humillaciones sin que nadie las solicite. Ahí está el espejo incómodo con nuestro presente. El mundo contemporáneo está lleno de patriarcas sin uniforme, de ceremonias sin trono, de gestos mínimos que reproducen jerarquías arcaicas en escenarios modernos. No hacen falta dictaduras explícitas para que el poder se vuelva vertical; basta con que se vuelva incuestionable. Basta con que nadie diga "no" a tiempo.

García Márquez entendió algo esencial: el poder no se corrompe de golpe, se va acostumbrando. Se acostumbra a la obediencia, al silencio, al cuerpo ajeno que se dobla. Y cuando eso ocurre, la memoria —individual y colectiva— empieza a desvanecerse. Por eso esa novela sigue siendo actual: porque no habla del pasado, sino de una tentación permanente. La tentación de olvidar de dónde se viene y confundir el cargo con una investidura sagrada.

Si hoy esa escena nos incomodó, no fue sólo por lo que vimos, sino por lo que reconocimos. Y ahí, justamente ahí, es donde la literatura cumple su función más alta: no consolarnos, sino obligarnos a mirar con mayor nitidez aquello que creíamos haber dejado atrás.

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente Fin de semana lector@s.

*_El columnista es académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._