El valor del tiempo
_"Las prisas y la eficiencia se han convertido en mandamientos cotidianos; nuestro tiempo ha sido sometido a ellas. Sin embargo, una vida verdaderamente humana exige que nuestros ritmos vuelvan a dialogar con los de la naturaleza._
Por Isidr Aguado Santacruz
Estimada lectora y estimado lector: han transcurrido ya veintitrés días del calendario de este 2026. Veintitrés días que se deslizaron casi sin avisar. Hace apenas unas semanas juramos que este sería el año del orden, del enfoque, del cumplimiento de metas largamente postergadas. Hoy vale la pena detenerse un instante y preguntarse, con honestidad incómoda: ¿cómo vamos realmente con ese pacto que hicimos con nosotros mismos?
El tiempo, cuando no se mira de frente, se vuelve traicionero. No hace ruido, no se impone, no exige explicaciones. Simplemente pasa. Y en su paso, revela con crudeza nuestras prioridades reales. En estos días he visto a muchos correr, apresurarse, exhibirse. Hay una ansiedad casi teatral por demostrar que se avanza, que se produce, que se "logra". Miren: estoy ocupado, luego existo. Miren: no me detengo, luego valgo. Esta obsesión por mostrarnos eficaces no es nueva, pero hoy adquiere un tono casi desesperado.
La filosofía estoica —la auténtica, no su versión de frases motivacionales— ofrece una mirada radicalmente distinta. Epicteto, Séneca y Marco Aurelio no nos enseñaron a llenar la agenda, sino a gobernar la atención. Para ellos, el tiempo no era un enemigo a vencer, sino el escenario donde se ponía a prueba el carácter. No se trataba de hacer más, sino de vivir conforme a lo que depende de nosotros. El resto, decían, es ruido.
El tiempo es un bien extraño: no se toca, no se guarda, no se acumula. A diferencia del dinero o de los objetos, no admite ahorro ni reposición. Cada instante usado es un instante perdido para siempre. Y, sin embargo, lo regalamos con una ligereza alarmante. Permitimos que otros lo fragmenten, lo compren, lo invadan. El mercado le ha puesto precio a nuestras horas, y sin darnos cuenta terminamos midiendo la vida en términos de rendimiento. Aun así, el tiempo conserva un vínculo profundo con la libertad: disponer de él, decidir cómo habitarlo, sigue siendo una de las expresiones más claras de autonomía.
La pregunta incómoda no es cuánto tiempo tenemos, sino qué hacemos con él. ¿Lo alineamos con nuestras convicciones o lo dejamos diluirse en distracciones y urgencias ajenas? ¿Lo usamos para construir sentido o para anestesiarnos del vacío?
Aquí resulta inevitable mirar a Nietzsche y a su figura inquietante del "último hombre". Ese personaje, tan lejano en apariencia y tan cercano en espíritu, vive obsesionado con la comodidad, la salud entendida como mera conservación y el placer reducido a pequeñas dosis diarias. Nada lo desvela, nada lo desgarra, nada lo impulsa a crear. Pregunta con indiferencia qué son el amor, la aspiración o las estrellas, y parpadea. No sufre grandes dolores, pero tampoco conoce grandes alturas. Su vida es larga, ordenada, segura... y profundamente insípida.
En Así habló Zaratustra, Nietzsche no escribe un manual de autoayuda, sino una provocación feroz contra la existencia domesticada. Recomendar este libro hoy no es un gesto académico, sino un acto de resistencia. Zaratustra nos obliga a replantear la relación con el tiempo: no como mera duración, sino como intensidad. No como espera pasiva, sino como ocasión para superarnos, para crear valores propios, para arriesgar sentido. Leerlo es aceptar que una vida prolongada pero vacía puede ser una forma de fracaso silencioso.
Hay una paradoja inquietante: sociedades obsesionadas con alargar la vida terminan vaciándola de forma. Cuando todo es comienzo, cuando nunca se cierra nada, cuando el horizonte se desplaza indefinidamente, la trayectoria vital se fragmenta. Vivimos a destiempo. No sabemos concluir, no sabemos detenernos, no sabemos morir simbólicamente a etapas que ya cumplieron su función. El resultado es una existencia sin unidad, sin relato, sin final digno.
Esta distorsión del tiempo no es solo individual; es profundamente política y ecológica. La manera en que aceleramos los procesos naturales revela nuestra incapacidad de esperar. La Tierra necesitó millones de años para generar recursos que hemos consumido en unas cuantas generaciones. La prisa por el beneficio inmediato ha roto los ciclos de regeneración y nos ha colocado al borde de límites irreversibles. No es solo una crisis ambiental: es una crisis temporal. Hemos violentado el ritmo de la vida.
En lo social ocurre algo similar. Los vínculos humanos, el cuidado, la solidaridad, requieren tiempo lento. No florecen en la urgencia ni en la eficiencia. Cuando todo se hace con prisa, el afecto se vuelve trámite y la comunidad se reduce a logística. Perdemos la calma, erosionamos la empatía y normalizamos el agotamiento como virtud. Luego nos sorprendemos del estrés, de la desigualdad, de la sensación generalizada de vacío.
Un desarrollo verdaderamente humano exige otra relación con el tiempo. Exige preguntarnos cómo usar los bienes de la Tierra sin destruir sus ritmos, cómo repartir no solo la riqueza sino también los tiempos de calidad, cómo educar a niños y jóvenes para que defiendan su tiempo como un bien moral y no solo como un recurso económico. Exige, en el fondo, recuperar el sosiego como valor político y ético.
Veintitrés días han pasado ya. No son pocos. No son muchos. Son suficientes para hacer una pausa y mirar con honestidad. Por eso cierro preguntándote, estimada lectora y estimado lector: si el tiempo es la materia misma de tu vida, ¿estás viviendo conforme a él... o simplemente dejándolo pasar?
Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.
*_El columnista es académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._