8 de marzo: la desigualdad que sigue sosteniendo la vida cotidiana
Por: Dra. Ingrid Kuri Alonso
Cada 8 de marzo reaparece la discusión sobre la desigualdad de género, y con razón, pero no pocas veces esa conversación gira entorno de los mismos temas: la brecha salarial, los obstáculos para ascender, la violencia, la subrepresentación en espacios de toma de decisiones. Todo eso importa, por supuesto. Lo que ocurre es que, mientras miramos esas expresiones más visibles de la desigualdad, otra dimensión igual de decisiva suele quedar en segundo plano: el cuidado.
Hablo de las tareas que permiten que la vida cotidiana se mantenga. Cuidar a niñas y niños, acompañar a una persona enferma, atender a quienes envejecen, resolver la comida, limpiar, ordenar, estar pendientes de lo que falta; todos trabajos indispensables, aunque durante mucho tiempo ni siquiera se los haya reconocido como tales. Sin ellos, no funciona un hogar, pero dicho con claridad, tampoco la economía, el mercado.
El problema es que esas tareas en el hogar siguen distribuyéndose de manera desigual, confundiéndose muchas veces con un "es lo normal". Se presenta como costumbre, como responsabilidad familiar, y muchas veces incluso, como una forma de amor. Pero sus efectos se notan, pesan: menos tiempo propio para las mujeres, más desgaste, trayectorias laborales más frágiles, intermitentes y una relación desigual con el trabajo remunerado.
Por eso el 8 de marzo sigue siendo una fecha necesaria, no solo por lo que históricamente conmemora, sino porque nos invita a mirar lo que todavía falta por cambiar. No basta con celebrar lo que las mujeres han ganado en el espacio público a lo largo de los años si al mismo tiempo no se revisa lo que se les sigue exigiendo en el ámbito privado.
La pandemia lo hizo más visible. El cierre de escuelas y centros de cuidado multiplicó las necesidades dentro de los hogares y aumentó el volumen del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Esta carga, recayó principalmente en las mujeres y las niñas, no porque los hombres no participaran, sino porque incluso, cuando todos contribuían, ellas seguían contribuyendo más.
Esa fue una de las premisas que abordé junto con Gabriela Grijalva Monteverde en un capítulo publicado recientemente en el libro The Economics of Gender Inequality in Latin America*. Nos interesaba observar dos dimensiones que a menudo se analizan por separado: la participación en el mercado laboral y los tiempos destinados al cuidado en hogares urbanos de México durante la pandemia. Nos parecía importante pensarlas juntas, porque separar una de la otra impide entender la complejidad del problema de desigualdad entre hombres y mujeres.
Desde la economía feminista se ha insistido en que la economía no se sostiene solo en el empleo, los salarios o la productividad, es decir, el sistema no se sostiene solo, depende de una enorme cantidad de trabajo que casi nunca se reconoce, el que ocurre en los hogares, en los cuidados y en las tareas no remuneradas, realizadas en gran medida por mujeres. Esa desigualdad no afecta únicamente la distribución del trabajo, también marca qué vidas importan más y cuáles siguen siendo tratadas como si valieran menos.
Lo que encontramos confirma que la pandemia profundizó una desigualdad previa. Durante la fase más crítica, la participación económica de las mujeres se vio más afectada que la de los hombres. Después hubo recuperación, pero eso no significó una redistribución más justa del cuidado. La segunda —o tercera— jornada siguió ahí. Muchas mujeres regresaron o permanecieron en empleos remunerados y, al mismo tiempo, siguieron cargando con más responsabilidades domésticas y de cuidado en el hogar. Porque una de las inercias más difíciles de desmontar es la cultural. Persiste la idea de que el cuidado, en última instancia, les corresponde a ellas. A veces se dice de manera abierta; otras, aparece envuelto en expectativas más sutiles: la disponibilidad, la responsabilidad, la disposición a resolver. Pero el resultado es el mismo, menos descanso, menos tiempo propio y menos autonomía.
La economía no empieza solo en la oficina, la fábrica o la pantalla, sino mucho antes: en los hogares, en el tiempo dedicado a otras personas y en las tareas no remuneradas que hacen posible la vida cotidiana. Hablar de esta desigualdad no es repetir consignas, sino poner nombre a una realidad concreta: cuidar también es trabajar. Mientras ese esfuerzo siga recayendo sobre todo en las mujeres, la igualdad seguirá siendo una tarea pendiente.
* Grijalva, G., & Kuri-Alonso, I. (2026). Everyone contributes, but women contribute even more: Labor market jobs and caregiving times in Mexico during the COVID-19 pandemic. En R. E. Rodríguez Pérez & D. Castro Lugo (Eds.), The Economics of Gender Inequality in Latin America (pp. 161-187). Routledge, New York, NY. DOI: 10.4324/9781003640172-11
La Dra. Ingrid Kuri-Alonso es académica del Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades de CETYS Universidad e investigadora del Instituto INNSIGNIA de CETYS Universidad.