Columnas

Café sin cafeína

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

"El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho."

— Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha


En Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó una sociedad en la que los libros habían dejado de ser necesarios. No hacía falta prohibir el pensamiento de manera explícita; bastaba con acostumbrar a las personas a una vida en la que todo fuera rápido, inmediato y entretenido. La pantalla ofrecía respuestas antes de que aparecieran las preguntas y la reflexión comenzó a parecer una actividad incómoda, casi innecesaria. Lo inquietante de aquella novela no es que los libros fueran destruidos, sino que las personas terminaran aceptando su ausencia.


Hubo una época en que aprender a leer representaba una conquista extraordinaria. En muchas casas, además, la lectura comenzaba mucho antes de la escuela: alguien contaba un cuento antes de dormir, los padres conversaban con sus hijos, los abuelos relataban historias y, alrededor de aquellas palabras, aparecía algo que hoy parece cada vez más escaso: una conversación prolongada. El niño aprendía vocabulario, pero también aprendía a escuchar, imaginar, preguntar y construir una interpretación propia. Nadie necesitaba llamarlo educación; simplemente ocurría.


Hoy vivimos en una paradoja. Nunca habíamos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil pasar por ella sin comprenderla. Un teléfono inteligente puede permitirnos consultar, en cuestión de segundos, más libros de los que probablemente llegó a reunir la Biblioteca de Alejandría en toda su existencia. Podemos acceder a Cervantes, Dante, Shakespeare, Borges o Eco desde una pantalla que cabe en el bolsillo; podemos consultar investigaciones científicas, periódicos de distintos continentes y bibliotecas digitales enteras mientras esperamos un café. El problema ya no es la falta de acceso al conocimiento. El problema es qué hacemos con él cuando lo tenemos delante.


Aquí aparece una forma distinta de analfabetismo. El antiguo consistía en no conocer las letras; el moderno puede consistir en conocerlas perfectamente y, sin embargo, ser incapaz de penetrar en aquello que dicen. Leer una noticia sin distinguir información de opinión, compartir una afirmación sin comprobarla, recorrer un argumento sin comprenderlo o confundir un resumen con la experiencia de haber leído un libro son expresiones de una misma enfermedad intelectual: tenemos lectura, pero hemos comenzado a perder comprensión.


Es como beber café sin cafeína. La taza conserva su forma, el aroma permanece y el ritual continúa siendo reconocible, pero hemos retirado aquello que le daba parte de su esencia. Algo parecido sucede cuando reducimos la lectura a recorrer palabras a toda velocidad. Podemos consumir decenas de titulares, mensajes y publicaciones en los mismos minutos que antes necesitábamos para comprender unas cuantas páginas. Hemos ganado velocidad, pero no necesariamente conocimiento.


La tecnología tiene mucho que ver con esta transformación, aunque sería demasiado sencillo convertirla en culpable. El teléfono inteligente puede ser una distracción, pero también una biblioteca; las redes sociales pueden difundir superficialidad, pero también conocimiento; la inteligencia artificial puede utilizarse para evitar pensar, pero también puede ayudarnos a formular mejores preguntas. La herramienta no determina por sí misma el resultado. Lo decisivo sigue siendo la capacidad de quien la utiliza.


El verdadero problema aparece cuando empezamos a confundir información con conocimiento y velocidad con inteligencia. Saber dónde encontrar una respuesta no significa necesariamente comprenderla. Leer el resumen de una novela puede permitirnos conocer su argumento, pero difícilmente reemplazará la experiencia de recorrer sus páginas, detenernos ante una frase, regresar a un párrafo y descubrir que aquello que parecía evidente escondía otra interpretación. Los libros tienen esa particularidad: no siempre nos dan respuestas; algunas veces tienen la cortesía de complicarnos las preguntas.


Por eso la comprensión lectora no debería considerarse únicamente un asunto escolar. Una persona que no comprende un contrato puede tomar una decisión jurídica equivocada; quien no sabe interpretar una cifra puede ser manipulado con facilidad; quien no distingue una fuente confiable de una falsa puede convertirse en propagador de una mentira. Una sociedad que lee sin comprender es una sociedad particularmente vulnerable, porque puede recibir cantidades inmensas de información sin contar con las herramientas necesarias para juzgarla.


Tal vez por eso necesitamos recuperar aquella costumbre aparentemente sencilla de leer en casa. No necesariamente grandes tratados ni novelas de cientos de páginas. Puede comenzar con un cuento. Lo importante es lo que ocurre después: preguntar qué entendió el niño, por qué piensa que el personaje actuó de determinada manera, qué habría hecho él o qué quiso decir realmente el autor. En esas conversaciones se construye algo que ninguna pantalla puede entregar automáticamente: criterio.


Umberto Eco entendía que el lector no es un receptor pasivo. Cada libro exige una participación, una interpretación y hasta una cierta complicidad. Leer significa aceptar durante un tiempo la disciplina de escuchar una voz ajena. Y quizá eso sea precisamente lo que estamos perdiendo en una época acostumbrada a interrumpirlo todo.


No necesitamos abandonar la tecnología ni regresar románticamente a un pasado que tampoco fue perfecto. Necesitamos algo más difícil: aprender a utilizar la tecnología sin permitir que ella decida cuánto dura nuestra atención. Necesitamos recuperar el silencio suficiente para terminar una página, la paciencia para comprender una idea y la conversación necesaria para descubrir qué pensamos realmente.


Porque quizá el analfabetismo de nuestro tiempo ya no consiste en no saber leer. Consiste en tener una biblioteca de Alejandría en el bolsillo y no encontrar el tiempo para abrir un libro.


Y entonces la metáfora del café deja de ser solamente una ironía: podemos conservar todas las apariencias de una sociedad informada y, sin embargo, haberle quitado a la lectura aquello que verdaderamente la alimenta.


Mucho café, millones de palabras y, cada vez más, menos cafeína.