El costo del rezago educativo
_"La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo."_
— Nelson Mandela
Columna de opinión: Isidro Aguado
Hay cifras que pueden permanecer en una página sin provocar demasiado. Otras, en cambio, obligan a detenerse y mirar con mayor atención lo que está ocurriendo detrás de ellas. Los resultados de PISA 2025 pertenecen a esta segunda categoría. Más allá de posiciones y comparaciones internacionales, sus resultados muestran una realidad que México no debería minimizar: una proporción importante de nuestros jóvenes está concluyendo una etapa fundamental de su formación sin alcanzar competencias indispensables para desenvolverse plenamente en la sociedad.
México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, mientras que los promedios de la OCDE fueron de 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. En resolución de problemas computacionales, nuestro país alcanzó 453 puntos frente a los 500 del promedio de la organización. El dato adquiere mayor relevancia cuando observamos que México se ubicó en el lugar 64 de un conjunto de 91 países y economías evaluadas.
Pero el problema no es ocupar determinada posición en una clasificación. El verdadero desafío consiste en comprender qué significan esos resultados para la vida de un estudiante.
En matemáticas, solamente 30% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico de competencia, frente a 65% en la OCDE. En lectura y ciencias, alrededor de la mitad llegó a ese umbral, mientras que en el conjunto de la organización las proporciones fueron considerablemente mayores. Más preocupante todavía es que apenas 0.5% de los estudiantes mexicanos alcanzó niveles de excelencia en al menos una de las tres áreas principales.
¿Qué está aprendiendo realmente un joven después de pasar años dentro del sistema educativo?
Porque aprender matemáticas no significa únicamente resolver operaciones. Significa poder interpretar información, comparar alternativas, comprender porcentajes, analizar datos y tomar decisiones. Leer tampoco consiste simplemente en pronunciar correctamente las palabras de una página; implica comprender argumentos, distinguir información confiable, interpretar un contrato, cuestionar una afirmación y construir un criterio propio. Las ciencias, por su parte, permiten comprender fenómenos, evaluar evidencia y aproximarse racionalmente a los problemas del mundo.
Cuando estas capacidades no se desarrollan, el problema trasciende las aulas.
Existe, además, una paradoja que merece especial atención. Los estudiantes mexicanos no parecen ser una generación carente de curiosidad o disposición para aprender. Ocho de cada diez manifiestan curiosidad por diferentes cosas y 76% afirma realizar un esfuerzo adicional cuando una tarea escolar se vuelve difícil. Asimismo, 82% señala que recurre a sus maestros cuando necesita ayuda y 86% pregunta a sus compañeros cuando algo no queda claro.
Es decir, existe voluntad de aprender. Lo que debemos preguntarnos es si nuestro sistema educativo está consiguiendo convertir esa disposición en conocimiento y competencias.
También resulta significativo que solamente 11% de los estudiantes mexicanos considere que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, frente a 24% en la OCDE. Esto desmonta, al menos parcialmente, la idea de que el problema puede explicarse diciendo que los jóvenes simplemente no quieren estudiar. Hay una generación que continúa encontrando valor en la escuela, pero que está enfrentando dificultades para obtener de ella los resultados que necesita.
El contexto familiar también importa. El acompañamiento de los padres y tutores disminuyó en algunos indicadores entre 2022 y 2025. La proporción de estudiantes que reportó que sus padres les preguntaban semanalmente qué habían hecho en la escuela pasó de 71% a 63%. Esa disminución debería preocuparnos porque la educación no termina cuando suena la campana. El aprendizaje requiere acompañamiento, conversación, estímulo y participación.
A esto se suma una realidad que México conoce desde hace décadas: la desigualdad social también se refleja en el desempeño académico. Cerca de 30% de los estudiantes evaluados pertenece al grupo internacional con mayores desventajas socioeconómicas. La diferencia de desempeño entre estudiantes favorecidos y desfavorecidos alcanzó 68 puntos en ciencias.
La escuela debería ser uno de los principales instrumentos de movilidad social. Sin embargo, cuando el origen económico determina demasiado las oportunidades de aprendizaje, la educación corre el riesgo de reproducir las desigualdades que precisamente debería contribuir a reducir.
Tampoco debemos interpretar los resultados mexicanos fuera del contexto internacional. PISA 2025 mostró un deterioro general del aprendizaje en los países de la OCDE. Sus promedios fueron los más bajos registrados históricamente en las tres áreas principales. Durante la última década, el promedio de lectura cayó 28 puntos y el de matemáticas 22. Esto demuestra que no estamos frente a un fenómeno exclusivamente mexicano.
Sin embargo, que exista una crisis internacional no debe convertirse en una justificación. México tiene que atender su propia realidad. En América Latina, países como Uruguay y Chile obtuvieron mejores resultados en las principales áreas evaluadas, mientras que otros países se ubicaron por debajo de nuestro desempeño. El dato regional demuestra que existen diferentes caminos y que las políticas educativas sí pueden producir resultados distintos.
El desafío ahora es todavía mayor. Nuestros estudiantes viven en un mundo dominado por teléfonos inteligentes, redes sociales, inteligencia artificial y acceso inmediato a cantidades enormes de información. Por ello, la educación ya no puede limitarse a transmitir contenidos. Debe enseñar a pensar, contrastar, cuestionar y resolver problemas.
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para aprender, pero también puede profundizar la dependencia si sustituye el esfuerzo intelectual. La tecnología no debería eliminar la necesidad de pensar; debería ayudarnos a pensar mejor.
Por eso, el debate educativo debe superar las discusiones partidistas y las soluciones de corto plazo. México necesita fortalecer a sus docentes, mejorar las condiciones de las escuelas, recuperar la lectura, transformar la enseñanza de las matemáticas y las ciencias, atender las desigualdades y reconstruir la participación de las familias.
PISA no es una sentencia sobre el futuro de México. Es una fotografía de nuestro presente.
Y quizá lo más peligroso no sea obtener malos resultados, sino acostumbrarnos a ellos.
Una nación que permite que sus jóvenes avancen con años de aprendizaje perdidos no solamente enfrenta un problema educativo: compromete su productividad, su movilidad social, su capacidad de innovación y, finalmente, su propio futuro.