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Cuando Estados Unidos le dice no a Trump

Las elecciones intermedias en Estados Unidos se celebran cada dos años y pueden modificar el equilibrio de poder en el Congreso, incluso sin elegir presidente.

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

03/11/2026 15:30 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 03/11/2026

"El poder necesita límites, porque ninguna victoria electoral concede el derecho de gobernar sin contrapesos"

Las elecciones intermedias, el futuro político de Washington y lo que está en juego para México

Hay una escena que se repite cada dos años en Estados Unidos, aunque no siempre recibe la atención que merece: millones de ciudadanos acuden a las urnas sin elegir presidente. No hay una disputa por la Casa Blanca, pero sí una decisión capaz de cambiar el rumbo de quien la ocupa.

Este martes 3 de noviembre, los estadounidenses vuelven a votar. En las boletas están los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 de los 100 lugares del Senado, además de gubernaturas, legislaturas estatales y cargos locales. No es una elección menor. Es el momento en que el país tiene la oportunidad de evaluar a su gobierno y decidir si le concede otros dos años de respaldo legislativo o si prefiere ponerle límites.

Donald Trump no aparece en la boleta como candidato presidencial. Sin embargo, su nombre está presente en prácticamente toda la discusión. La economía, el costo de vida, la política migratoria, los aranceles y la manera en que ha ejercido el poder han convertido estos comicios en una evaluación de la primera mitad de su segundo mandato.

Las cifras de participación anticipada ya ofrecen una señal de interés. De acuerdo con el Election Lab de la Universidad de Florida, más de 59 millones de personas habían emitido su voto antes de la jornada electoral. Es una cifra superior al total de votos anticipados registrado en las elecciones intermedias de 2022. Pero conviene no confundir participación anticipada con resultado: esos datos no revelan por quién votó cada ciudadano ni permiten anticipar, por sí solos, quién ganará. El número definitivo de participantes se conocerá cuando concluya el proceso y las autoridades consoliden los resultados.

¿Por qué importa tanto esta elección? Para entenderlo hay que mirar cómo funciona el poder estadounidense. El presidente dirige el gobierno federal, pero no puede hacer todo lo que desea por cuenta propia. El Congreso aprueba leyes, autoriza el gasto público, supervisa a la administración y participa en decisiones fundamentales del Estado. La Cámara de Representantes tiene la facultad de iniciar procedimientos de juicio político; el Senado participa en los nombramientos de altos funcionarios y jueces federales, además de resolver los procesos de impeachment.

Actualmente, los republicanos mantienen mayorías estrechas en ambas cámaras. Los demócratas necesitan recuperar cuatro escaños netos en la Cámara de Representantes y también arrebatarle al Partido Republicano el control del Senado. La primera posibilidad ha sido considerada favorable para la oposición por distintos análisis electorales; la segunda presenta un camino más complicado.

¿Qué sucedería si Trump pierde el control del Congreso?

En primer lugar, tendría enfrente una oposición con capacidad institucional para investigar a su administración. Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, pasarían a controlar sus comisiones, establecer agendas de investigación y emitir citatorios. Contratos, decisiones administrativas, posibles conflictos de interés y actuaciones de funcionarios podrían convertirse en materia de audiencias y revisiones legislativas.

Eso no significa que Trump sería destituido automáticamente. Una investigación no equivale a una condena, y un procedimiento de juicio político requiere cumplir etapas constitucionales: la Cámara de Representantes puede aprobar los artículos de impeachment, pero corresponde al Senado realizar el juicio y, para condenar y destituir, se necesitan dos terceras partes de los senadores presentes. La oposición tendría que construir acuerdos mucho más amplios.

Si los demócratas también conquistan el Senado, el escenario sería más complejo para la Casa Blanca. Podrían bloquear o retrasar nombramientos judiciales y de altos funcionarios, modificar las prioridades legislativas y negociar desde una posición más fuerte los presupuestos federales. La consecuencia sería un presidente con mayores dificultades para convertir sus propuestas en leyes.

Pero hay un límite que conviene explicar: perder el Congreso no significa que Trump pierda todas sus facultades. Seguiría siendo presidente, conservaría el poder de veto y mantendría atribuciones ejecutivas importantes en materia migratoria, diplomática y comercial. La política exterior tampoco pasaría automáticamente a manos de los demócratas. Lo que cambiaría sería el equilibrio institucional y el margen político con el que podría ejercer el poder.

Y aquí es donde la elección deja de ser un asunto exclusivamente estadounidense.

México tiene razones de sobra para observar lo que sucede al otro lado de la frontera. Según la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, en 2025 el intercambio comercial de bienes y servicios entre ambos países alcanzó aproximadamente 964 mil millones de dólares. Además, más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas de mercancías tienen como destino el mercado estadounidense. No estamos hablando de una relación comercial secundaria: buena parte de nuestra actividad económica depende de lo que ocurra en ese mercado.

La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá añade otra dimensión. El T-MEC se encuentra en un momento decisivo. La revisión conjunta prevista para 2026 ya abrió diferencias entre los gobiernos y Estados Unidos no aceptó renovar el acuerdo en su forma actual durante el encuentro de julio. El tratado, sin embargo, continúa vigente. En octubre, la oficina comercial estadounidense abrió una nueva consulta pública de cara a la revisión conjunta de 2027.

Si Trump pierde el control de una o ambas cámaras, México podría encontrar un Congreso más dispuesto a cuestionar algunas decisiones comerciales de la Casa Blanca, exigir explicaciones sobre los aranceles y revisar los efectos económicos de una confrontación con sus socios norteamericanos. También podría encontrar legisladores interesados en defender sectores productivos estadounidenses que dependen de las cadenas de suministro mexicanas.

No obstante, sería un error pensar que una victoria demócrata resolvería automáticamente los problemas comerciales de México. En Estados Unidos existe un consenso que atraviesa a los dos partidos sobre la necesidad de competir con China, fortalecer determinadas industrias nacionales y revisar las condiciones del comercio internacional. Los demócratas pueden discrepar de los métodos de Trump, pero eso no significa que abandonen todas sus preocupaciones comerciales.

En materia migratoria ocurre algo parecido. Una mayoría demócrata en el Congreso podría aumentar la presión política sobre la Casa Blanca, impulsar audiencias y buscar cambios legislativos. Sin embargo, las facultades ejecutivas del presidente seguirían siendo relevantes. México tendría que continuar negociando con Washington, independientemente del resultado electoral.

Hay otro asunto que merece atención: la frontera. Para Baja California, y particularmente para Tijuana, las decisiones de Washington no son una discusión lejana. Las restricciones migratorias, los tiempos de cruce, la seguridad fronteriza y las condiciones del intercambio comercial repercuten directamente en nuestra economía y en miles de familias que viven entre ambos países.

Por eso, lo que ocurra este martes no debería observarse únicamente desde la simpatía o el rechazo que pueda despertar Trump. México necesita entender quiénes tendrán influencia en las comisiones legislativas, qué representantes defenderán una relación comercial estable y cuáles serán las posiciones de quienes participen en las decisiones sobre migración y seguridad.

Las elecciones intermedias tienen una particularidad: permiten que una sociedad le recuerde a su presidente que ganar una elección no significa recibir un cheque en blanco. Trump llegó nuevamente a la Casa Blanca con una propuesta política que encontró respaldo en millones de ciudadanos. Ahora, esos mismos ciudadanos tienen la posibilidad de evaluar sus resultados y decidir si desean que su partido conserve el control del Congreso.

Al final, la verdadera dimensión de esta jornada no está solamente en cuántos escaños cambiarán de manos. Está en saber si el electorado estadounidense quiere mantener el rumbo que ha tomado su gobierno o si considera necesario introducir un contrapeso.

Para México, la respuesta tendrá consecuencias económicas, comerciales, migratorias y diplomáticas. No podemos elegir a los representantes estadounidenses, pero sí debemos comprender las decisiones que toman y prepararnos para sus efectos.

Porque cuando Estados Unidos vota, México también resiente las consecuencias. Y en esta ocasión, más que preguntarnos si Trump ganará o perderá una batalla política, conviene preguntarnos qué clase de relación tendrá que construir con un Congreso que podría dejar de seguirle el paso.

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