19/05/2026 15:55 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 19/05/2026
"La tecnología no es buena ni mala, pero tampoco es neutral."
— Melvin Kranzberg, historiador de la tecnología.
Por Isidro Aguado Santacruz
Hay tecnologías que no piden permiso para transformar el mundo. La escritura reorganizó la memoria colectiva de la humanidad y derrumbó civilizaciones enteras que no supieron adaptarse. La imprenta de Gutenberg democratizó el conocimiento en el siglo XV y acabó con el monopolio intelectual de la Iglesia en menos de una generación. La electricidad rehízo la vida urbana, el trabajo nocturno y la producción industrial. Y las redes digitales, en apenas tres décadas, redefinieron la manera en que nos comunicamos, nos informamos y construimos comunidad.
Cada una de estas transformaciones no solo trajo nuevas herramientas: trastocó estructuras enteras que van desde la ciencia y las finanzas hasta las instituciones políticas y las convenciones para ejercer el poder.
Hoy, en ese mismo horizonte donde convergen los paradigmas de la historia y de la modernidad, emerge con una velocidad sin precedentes la inteligencia artificial. Y, a diferencia de todas las revoluciones anteriores, esta no tardará décadas en llegar a cada rincón del planeta. Ya está aquí.
A finales de 2025, la empresa OpenAI anunció que ChatGPT había superado los 800 millones de usuarios activos semanales. Para dimensionar esa velocidad: internet tardó siete años en alcanzar cien millones de usuarios. Facebook tardó cuatro años y medio. La inteligencia artificial generativa lo hizo en semanas. El mercado global de empresas que desarrollan y venden tecnología de inteligencia artificial tiene un valor de 390 mil millones de dólares en 2025, proyectado a crecer hasta 3.5 billones de dólares para 2033, y se estima que podría añadir 15.7 billones de dólares al PIB mundial para 2030, equivalente al 26 por ciento del crecimiento económico global. Para ponerlo en perspectiva: esa cifra equivale a la economía combinada de China e India en este momento. No estamos frente a una herramienta más. Estamos frente a la reconfiguración más profunda del trabajo, la educación y la producción de conocimiento desde la Revolución Industrial.
El impacto en el empleo es el capítulo más urgente. El Fondo Monetario Internacional proyecta que la inteligencia artificial podría afectar hasta el 40 por ciento de los empleos a escala global y hasta el 60 por ciento en las economías avanzadas. McKinsey & Company estima que al menos un tercio de las tareas en la mayoría de los empleos puede ser automatizado, lo que implica rediseñar roles más que eliminarlos. La OCDE calcula que alrededor del 9 por ciento de los empleos enfrenta un alto riesgo de automatización total, mientras que la mayoría experimentará cambios parciales. Estudios académicos estiman que el 63 por ciento del empleo total en México tiene alto riesgo de ser automatizado, con la industria manufacturera en un 64 por ciento automatizable, el sector agropecuario en un 59 por ciento y el comercio minorista en un 51 por ciento. Son los sectores que emplean a decenas de millones de trabajadores informales, de media y baja calificación, que hoy no tienen acceso a ningún programa de reconversión laboral.
Los trabajos que ya están desapareciendo o transformándose radicalmente no son abstractos. El operador de captura de datos, el analista de procesos estandarizados, el agente de atención al cliente con guion fijo, el revisor documental en servicios financieros, el traductor de textos rutinarios, el redactor de contenido básico: todos estos perfiles enfrentan hoy una presión de sustitución que no existía hace cinco años. El desplazamiento ocurre primero en los márgenes del trabajo —captura de datos, validaciones, clasificación de información, generación básica de textos— y, desde ahí, los sistemas inteligentes empujan a las personas hacia tareas que requieren juicio, contexto y toma de decisiones. Microsoft Research coloca en la zona de mayor impacto a traductores, escritores, periodistas, analistas de datos, profesionales de relaciones públicas y personal de atención al cliente.
La buena noticia —y existe— es que la inteligencia artificial también crea empleos. El Barómetro Global de la IA en el Mundo Laboral 2025 de PwC, basado en el análisis de casi mil millones de ofertas de empleo en seis continentes, revela que los trabajadores con habilidades en inteligencia artificial podrían recibir salarios hasta 56 por ciento más altos que el promedio de su sector, y que las industrias más expuestas a la IA experimentaron un crecimiento de productividad casi cuatro veces mayor que las menos expuestas. Los perfiles con mayor demanda en el mercado mexicano en 2026 incluyen ingenieros y analistas de inteligencia artificial, especialistas en ética y gobernanza de datos, diseñadores de experiencia de usuario para productos con IA integrada, técnicos en robótica industrial y gestores de transformación digital. Los salarios de estos perfiles superan 2.7 veces el promedio nacional, según datos del IMCO. El problema es que México no está formando a esos especialistas a la velocidad que el mercado los demanda, y la brecha entre quienes acceden a esos empleos y quienes no tiene todos los ingredientes para profundizar la desigualdad estructural que ya existe.
La Universidad Nacional Autónoma de México instaló formalmente su Consejo Coordinador de Inteligencia Artificial, un organismo que busca articular ética, pedagogía y desarrollo tecnológico bajo la premisa de que la tecnología debe acompañarse siempre de una perspectiva humanista. La UNAM planteó con claridad lo que el Estado todavía no ha dicho: si las nuevas generaciones no han desarrollado plenamente las capacidades para formular preguntas, analizar información y discernir con criterio propio, difícilmente podrán evaluar las respuestas que les ofrecen las interfaces. En ese escenario, la inteligencia artificial puede operar tanto como un instrumento que potencia el aprendizaje como un factor que profundiza las brechas existentes. Es la paradoja más peligrosa del momento: México adopta la inteligencia artificial con entusiasmo, pero sin la base educativa, la infraestructura ni la regulación necesarias para gobernarla con criterio.
Porque en el Congreso mexicano, el panorama legislativo en torno a la inteligencia artificial es revelador por lo que tiene —y por lo que le falta—. En abril de 2025, diputados de Morena y el PVEM suscribieron una iniciativa para crear la Ley Federal para el Desarrollo Ético, Soberano e Inclusivo de la Inteligencia Artificial, que propone un sistema de semáforo de riesgos clasificando las tecnologías en niveles mínimo, limitado, alto y prohibido, según su impacto en los derechos humanos. En mayo de 2026, el senador Rolando Zapata Bello, presidente de la Comisión de Análisis sobre Inteligencia Artificial del Senado, confirmó que el cuerpo legislativo está preparado para presentar muy pronto una iniciativa que regule y controle el uso de herramientas de inteligencia artificial en el país, incluyendo un plan o estrategia nacional. El Congreso del Estado de México aprobó en abril de 2026 una reforma para que las autoridades educativas fomenten entre docentes y alumnos de nivel medio superior y superior el uso responsable, ético y gradual de la inteligencia artificial con fines educativos. El Congreso de Jalisco se encuentra en fase de socialización y análisis de viabilidad técnica para integrar la inteligencia artificial en la gestión de trámites legislativos y servicios públicos, con protocolos de validación ética ya en diseño. Y en Nuevo León, el gobernador Samuel García anunció la instalación del primer Centro de Cómputo de Alto Rendimiento e Inteligencia Artificial con tecnología de NVIDIA en América Latina, con una inversión inicial de mil millones de dólares proyectada en diez años, buscando convertir al estado en el hub tecnológico de la región. Son pasos en la dirección correcta. Pero son pasos dispersos, sin arquitectura nacional que los articule, sin continuidad entre niveles de gobierno y, en demasiados casos, sin los legisladores que deberían impulsarlos con mayor urgencia.
Mientras el Senado prepara iniciativas y el Congreso de Jalisco analiza viabilidades, la mayoría de los ayuntamientos del país no tienen ni una sola persona dedicada a pensar cómo la inteligencia artificial afecta a su municipio. No hay un responsable de tecnología en los cabildos. No hay un protocolo para el uso de IA en los servicios municipales. No hay una estrategia para preparar a los trabajadores locales frente a la automatización. El gobierno más cercano al ciudadano es también el más alejado de la conversación tecnológica más importante de este siglo.
La propuesta que merece discutirse con seriedad no es construir una nueva burocracia. México ya tiene suficiente. Lo que se necesita es institucionalizar la inteligencia en la gestión local con una figura clara: un Consejo Municipal de Innovación y Tecnología, integrado por representantes del gobierno, la academia local, el sector productivo y la sociedad civil, con un mandato específico para diseñar políticas de adopción tecnológica responsable, formación ciudadana en competencias digitales y protección de los trabajadores más vulnerables frente a la automatización. No es un gasto: es una inversión en la capacidad del municipio para gobernar el presente. Algunos municipios ya tienen secretarías de innovación o de transformación digital en sus organigramas. El problema es que, con frecuencia, son oficinas sin presupuesto real, sin personal especializado y sin agenda vinculada a las necesidades laborales concretas de su comunidad. La diferencia entre una secretaría decorativa y una que funciona está en si tiene poder de decisión, recursos y rendición de cuentas. Los análisis más recientes señalan que Baja California, Sonora, Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León reúnen las condiciones para convertirse en el principal motor tecnológico del país, gracias a su interconexión con polos globales de innovación en California y Texas. Tijuana, en ese mapa, no es una ciudad más: es la primera línea de ese corredor. Y una ciudad fronteriza de más de dos millones de habitantes, con industria maquiladora de alta tecnología, con cruces diarios de 300 mil personas entre dos economías con velocidades tecnológicas distintas, necesita una agenda de inteligencia artificial que esté a la altura de su posición geográfica y económica, no un ayuntamiento que discuta el tema cuando ya sea demasiado tarde.
El filósofo coreano Byung-Chul Han advirtió en En el enjambre que las sociedades que adoptan la tecnología sin reflexión crítica no se vuelven más libres: se vuelven más vigiladas, más manipulables y más frágiles. La inteligencia artificial tiene el potencial de ser el instrumento más democratizador de la historia, o el más profundizador de desigualdades, dependiendo de una sola variable: quién la gobierna, con qué criterios y en beneficio de quién. Esa variable no la determina OpenAI. No la determina NVIDIA. No la determina ningún laboratorio tecnológico en California. La determina la decisión política de cada Estado, de cada gobierno local, de cada legislador que elige si la inteligencia artificial es un tema para el seminario académico o un asunto de gobernanza urgente.
México tiene la demografía, la posición geográfica y el potencial industrial para ser un actor relevante en la economía de la inteligencia artificial. Lo que todavía no tiene es la decisión de actuar antes de que el algoritmo decida por él.