La Rebanada Mayor
_"Los sistemas electorales no son mecanismos neutrales: determinan quién gobierna y con cuánta fuerza gobierna."_
— Giovanni Sartori, Ingeniería constitucional comparada.
Por: Isidro Aguado Santacruz
En política no basta con ganar; hay que saber convertir el triunfo en estructura. El PRI lo entendió durante buena parte del siglo XX. No siempre arrasaba en votos, pero dominaba la mecánica institucional. La sobrerrepresentación, la disciplina vertical y el control de los órganos electorales permitieron que una ventaja relativa se transformara en permanencia casi absoluta. El sistema no era competitivo en condiciones reales; era previsible. Las reglas no prohibían votar, pero sí reducían la posibilidad real de alternancia.
La historia comparada confirma que no es un fenómeno aislado. En Japón, el Partido Liberal Democrático sostuvo su predominio apoyado en una distritación que sobrerrepresentaba zonas rurales. En Hungría, la reconfiguración electoral consolidó mayorías amplificadas. En Turquía, los ajustes normativos debilitaron el peso efectivo de fuerzas pequeñas. La lección es constante: cuando se modifica la fórmula de conversión del voto en escaños, se redefine el equilibrio del poder.
La iniciativa de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum se inscribe en esa dimensión estructural. No es un ajuste administrativo; es un rediseño del sistema político.
El primer eje es presupuestal: reducir en 25% el costo electoral. El recorte alcanzaría al INE, a los OPLES, a los tribunales y al financiamiento público de los partidos, con un ahorro estimado entre 12 y 13 mil millones de pesos. La austeridad puede ser razonable; el riesgo es que un recorte lineal debilite capacidades críticas como capacitación, fiscalización, monitoreo y resolución de conflictos. La democracia cuesta porque organiza competencia; abaratarla sin estrategia puede salir más caro en legitimidad.
El segundo eje es la reducción del Senado de 128 a 96 integrantes, eliminando las 32 senadurías de representación proporcional. Permanecerían 64 de mayoría relativa y 32 de primera minoría. El Senado no es una cámara secundaria: ratifica ministros, magistrados, embajadores, integrantes de órganos autónomos, aprueba tratados y participa en reformas constitucionales. Reducir su pluralidad impacta directamente en los contrapesos.
Proyectando resultados recientes bajo el nuevo esquema, el partido mayoritario podría alcanzar cerca del 64% de la Cámara Alta sin haber incrementado su porcentaje de votación. No se trata de más votos; se trata de una nueva fórmula de traducción política.
En la Cámara de Diputados se mantienen los 500 escaños, pero se elimina la lógica de las listas plurinominales de cúpula. Quien aspire a una curul deberá buscar el voto. En teoría, nadie llegará por simple acuerdo interno; todos deberán competir, hacer campaña, exponerse al escrutinio ciudadano. Se reconfigura el acceso a los 200 espacios de representación proporcional: 97 para los candidatos más votados que no ganaron su distrito, 95 por votación directa en circunscripciones y 8 para mexicanos en el exterior.
El problema no es la intención —acercar al legislador al electorado es positivo— sino el diseño final. El artículo 54 constitucional establece que ningún partido puede exceder en más de 8% su porcentaje de votación nacional en la Cámara de Diputados. Ese límite fue construido precisamente para evitar mayorías artificiales como las que caracterizaron al México del siglo XX. Si quien gana más distritos además acumula los mejores porcentajes perdedores, la concentración puede volverse estructural.
La reforma incluye otros componentes relevantes: fortalecimiento de la fiscalización mediante la bancarización total de recursos y prohibición de aportaciones en efectivo; reducción de tiempos en radio y televisión de 48 a 35 minutos diarios; regulación del uso de inteligencia artificial y prohibición de bots; eliminación del PREP para iniciar cómputos distritales inmediatos; ampliación de mecanismos de democracia participativa como referéndum, plebiscito, consulta popular y revocación de mandato; reducción de regidurías municipales según población; homologación de prerrogativas legislativas; prohibición del nepotismo electoral y eliminación de la reelección inmediata a partir de 2030.
En conjunto, el paquete no es menor. Hay avances: fiscalización más estricta, eliminación de candidaturas de escritorio, control digital. Pero también hay silencios significativos. La iniciativa no aborda con profundidad el financiamiento e infiltración del crimen organizado en campañas. En 2024 fueron asesinados 63 actores políticos, 37 de ellos aspirantes o candidatos. Tampoco se establecen mecanismos específicos frente a la violencia electoral.
El calendario es determinante. La reducción del Senado operaría hasta 2030, fecha de la siguiente elección ordinaria. La aplicación del nuevo modelo de Diputados en 2027 dependerá de la aprobación y armonización previa al inicio formal del proceso electoral. La certeza jurídica es un principio constitucional, no una formalidad técnica.
Hay además un detalle incómodo para los aliados. Bajo el nuevo esquema, el PT y el PVEM podrían descubrir que la reforma no solo reordena el sistema, sino también la mesa. Con distritos concentrados en el partido dominante y una fórmula que premia estructura territorial amplia, los socios menores podrían quedarse con porciones decorativas del pastel legislativo. Seguirían en la foto, sí, pero quizá no en el reparto sustancial. Y en política, cuando el anfitrión redefine la receta, los invitados suelen enterarse al momento de servir el postre.
¿Se necesita una reforma electoral? Sí. El entorno económico, tecnológico y de seguridad lo exige. Pero la experiencia mexicana demuestra que las reformas más estables fueron aquellas construidas por consenso amplio, no desde la ventaja coyuntural del poder.
El PRI del siglo XX se mantuvo no solo por su fuerza política, sino porque el diseño institucional favorecía su permanencia. La democracia mexicana tardó décadas en desmontar ese andamiaje. Sería un error histórico repetir, bajo otros colores, la tentación de amplificar mayorías desde la ingeniería normativa.
Las reglas electorales no son instrumentos de coyuntura; son arquitectura de Estado. Las mayorías cambian. El poder rota. Pero cuando la fórmula se inclina, la competencia pierde equilibrio y la legitimidad comienza a erosionarse.
Porque en democracia no basta con quedarse con la rebanada más grande. Si la receta está sesgada, tarde o temprano el pastel entero pierde credibilidad.
Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo, intento no perder el paso. Que tengan un excelente fin de semana lector@s.
*_El columnista es académico y analista político, autor de: Un país imaginario y Tras las cortinas del poder. Escribe todos los martes y viernes, su columna, Cambio de ritmo._