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Niños que no regresan: la tragedia que México ya no puede ignorar

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

"La impunidad no es la ausencia de castigo. Es la certeza de que el siguiente caso ocurrirá exactamente igual."


Alejandra Quintos tomó la decisión que toman miles de madres mexicanas cada verano: inscribir a su hija en un programa que, según el prestigio del plantel y el discurso de la institución, le formaría el carácter, le daría disciplina y la prepararía para los retos de la vida. Dafne Zapata Quintos tenía 13 años, era originaria de El Mante, Tamaulipas, hija única, alumna destacada, practicante de box, coronada Reina 2024 de la Academia Mante, descrita por quienes la conocían como alegre, disciplinada y talentosa. Su madre la llevó el 13 de julio de 2026 a la Academia Militarizada Marina Doenitz, en Ciudad Madero, para un curso de verano que concluiría el 31 de julio. Cuatro días después, recibió una llamada del plantel. Su hija había fallecido. "No es justo. Tiene cuatro días ahí y me la van a entregar muerta", dijo Alejandra ante las cámaras, con la voz de quien todavía no termina de entender lo que acaba de ocurrir. La autopsia reveló que la causa de muerte fue asfixia por sumersión, y que el cuerpo de la menor presentaba múltiples signos de violencia: moretones, golpes, labios rotos y nariz fracturada. El director del plantel, Jorge Luis Ponce, con 36 años de experiencia según sus propias palabras, dijo que la joven se había desvanecido mientras se bañaba y ya no despertó. La versión de la familia y la versión del director no coinciden en ningún punto relevante. Y la necropsia tampoco coincide con la versión del director.


El caso de Dafne no ocurrió en el vacío. En noviembre de 2023, Zamir Pinto, de 16 años, murió dentro del Colegio Militarizado Aztlán, en Tultitlán, Estado de México. En abril de 2025, Erick Leonardo Torbellín, de 13 años, perdió la vida en un campamento de la Academia Militarizada Ollin Cuauhtémoc, en la Ciudad de México. En el caso de Erick, la escuela informó a su madre que el adolescente había sufrido una insolación. La necropsia estableció que murió por estallamiento de vísceras derivado de agresiones físicas. Compañeros declararon que durante el campamento los alumnos fueron sometidos a ejercicios extremos y presuntos maltratos. Tres menores. Tres academias distintas. Tres estados diferentes. Tres versiones institucionales que describían accidentes. Tres necropsias que describían otra cosa. El patrón es casi idéntico en los tres casos: la institución informa que el menor se desvaneció o le dio un ataque; la autopsia posterior revela la realidad de los golpes.


Lo que une estos tres casos con una consistencia que ya no puede llamarse coincidencia es la combinación de tres elementos: métodos de formación que incluyen violencia física sistemática encubierta bajo el nombre de disciplina, ausencia total de supervisión efectiva por parte de las autoridades que otorgan los certificados de validez oficial a estos planteles, e impunidad sostenida que permite que después de cada muerte la institución siga operando mientras las familias siguen exigiendo justicia sin encontrarla. La presidenta Claudia Sheinbaum ordenó el 21 de julio de 2026 la revisión nacional de todas las academias militarizadas en el país, tres años después del primer caso y un día después de que el caso de Dafne se viralizara en redes sociales. La pregunta que la familia de Zamir Pinto, la familia de Erick Torbellín y la familia de Dafne Zapata tienen todo el derecho de hacer en voz alta es: ¿por qué hubo que esperar tres muertes para que el Estado recordara que tenía la obligación de supervisar?


Porque la respuesta a esa pregunta es la que más incomoda. En México las academias militarizadas privadas operan como cualquier escuela de educación básica, bajo la supervisión formal de la Secretaría de Educación Pública, que les otorga los certificados de validez oficial de estudios sin contar con una regulación específica ni mecanismos de inspección adecuados para instituciones que aplican métodos de entrenamiento físico intensivo a menores de edad. Dicho de otra manera: el mismo Estado que expide el certificado que valida los estudios de estos planteles no cuenta con un protocolo específico para inspeccionar lo que ocurre dentro de ellos cuando se trata de academias con formación militarizada. El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, reconoció públicamente que este tipo de academias no puede prohibirse porque no están permitidas, una frase que en su propia lógica circular revela el problema con una honestidad involuntaria: no están reguladas, y por eso no pueden regularse, y por eso siguen operando, y por eso siguen muriendo niños. El refrán que aplica no necesita traducción: lo que no está prohibido está permitido. Y lo que está permitido por omisión no tiene a nadie que responda por las consecuencias.


La criminóloga Elena Azaola, investigadora del CIESAS y una de las académicas más rigurosas en el análisis de la violencia institucional contra menores en México, ha documentado en múltiples estudios que los entornos de encierro con formación paramilitar aplicada a adolescentes generan condiciones específicas de riesgo que incluyen dinámicas de abuso de poder, novatadas institucionalizadas y violencia entre pares tolerada o alentada por los instructores como parte del proceso de endurecimiento. En todos los casos de muerte en academias militarizadas conocidos hasta ahora, después del fallecimiento surgieron testimonios de alumnos y exalumnos que describían golpes, novatadas, ejercicios físicos excesivos y castigos corporales que eran parte del funcionamiento cotidiano del plantel. Estos testimonios no surgían el día del ingreso. Surgían el día de la muerte. Porque mientras no hay muertos, no hay nota. Y mientras no hay nota, no hay presión. Y mientras no hay presión, las academias siguen operando con sus métodos, sus certificados y su impunidad intactos.


La familia de Dafne impulsa ya lo que han llamado la Ley Dafne, una iniciativa que busca establecer un marco regulatorio específico para las academias militarizadas privadas, que incluya protocolos obligatorios de supervisión, límites claros en los métodos de entrenamiento físico aplicables a menores de edad, canales de comunicación garantizados entre los estudiantes y sus familias durante su estancia, y mecanismos de denuncia accesibles y protegidos para los propios alumnos. Es una propuesta razonable, urgente y que llega con tres años de retraso respecto al momento en que debió discutirse. Durante la estancia de Dafne, su familia no pudo hablar con ella en ningún momento. La abuela declaró: "en esos cuatro días que estuvo Dafne en la academia no hablamos con ella porque no les tienen permitido hablar. Solo ellos pasaban un reporte por teléfono, que si comió o no comió." Una menor de 13 años, cuatro días incomunicada con su familia, en manos de una institución sin supervisión efectiva y con métodos que la necropsia describió después con una precisión que ningún director de academia habría usado en el folleto de inscripción. Eso no es disciplina. Es abandono institucional con certificado oficial.


El Estado mexicano tiene ante sí una deuda que ya no puede saldarse con comunicados de pésame, órdenes de revisión reactivas o declaraciones presidenciales sobre lo inaceptable de los hechos. Tiene ante sí tres familias que entregaron a sus hijos a una institución con validez oficial del Estado, y recibieron de vuelta un cuerpo con evidencias de violencia que la institución describió como accidente. Tiene ante sí la pregunta que ningún funcionario ha respondido todavía con suficiente claridad: ¿quién firmó los permisos de operación de estas academias? ¿Quién auditó sus métodos? ¿Quién supervisó sus instalaciones? ¿Y quién responde, no solo penalmente por cada caso individual, sino institucionalmente por el sistema de omisiones que permitió que ocurrieran tres veces en tres años con el mismo patrón y sin que ninguna de las anteriores muertes produjera la regulación que habría podido evitar la siguiente?


Dafne Zapata tenía 13 años. Practicaba box. Le gustaba bailar. Quería crecer. Su madre la inscribió en un curso de verano para que aprendiera a ser más independiente. Cuatro días después, el Estado que le había extendido un certificado de validez oficial a esa institución le entregó a su hija en un ataúd.


En México hay instituciones que forman el carácter de los jóvenes a golpes. El Estado les da certificados. Y cuando los jóvenes mueren, el Estado ordena revisiones. El orden de esos tres pasos es el problema.