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Cuando el algoritmo se equivoca, ¿quién responde?

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

07/08/2026 18:27 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 07/08/2026

"Cuando un algoritmo decide sobre el futuro de una persona, el error deja de ser tecnológico y se convierte en humano."


Columna de opinión / Por: Isidro Aguado


El muchacho se sentó frente a la computadora. Había esperado ese momento durante meses.


Sobre el escritorio tenía una botella de agua, unos apuntes que ya no podía consultar y una hoja en blanco que le servía más para calmar los nervios que para escribir algo. Detrás de él estaba una pared. A un costado, una ventana. Frente a sus ojos, una cámara encendida.


La pantalla le había advertido que no podía levantarse, utilizar el teléfono, mirar hacia otro lado durante demasiado tiempo ni permitir que alguien más apareciera en la habitación.


Entonces comenzó el examen.


Cada movimiento podía convertirse en una señal. Un ruido podía convertirse en una alerta. Una mirada podía convertirse en sospecha. Una interrupción de internet podía parecer una conducta irregular.


Y detrás de aquella pantalla había algo que el estudiante no podía ver: un sistema diseñado para observarlo.


La promesa parecía perfecta: la inteligencia artificial garantizaría que todos jugaran bajo las mismas reglas.


Pero entonces apareció la paradoja.

¿Qué ocurre cuando la tecnología que debía garantizar la igualdad termina poniendo en duda la propia evaluación?


Eso es precisamente lo que México debería estar discutiendo después del polémico examen de ingreso a la UNAM de 2026.


Por primera vez, la máxima casa de estudios llevó su examen de licenciatura completamente al terreno digital. La decisión tenía lógica: permitir que miles de aspirantes realizaran el proceso sin trasladarse a la Ciudad de México o a otras sedes. De acuerdo con la propia Universidad, se registraron 191,306 aspirantes y 158,712 presentaron el examen. Cerca del 2% de los procesos fueron cancelados por conductas contrarias a la convocatoria.


La inteligencia artificial fue utilizada como una herramienta de monitoreo, capaz de registrar conductas durante la aplicación y generar elementos para la supervisión humana. La UNAM, además, informó que presentó una denuncia penal ante posibles prácticas fraudulentas relacionadas con personas y empresas que habrían ofrecido servicios para ayudar a sustentar ilegalmente el examen.


Y aquí debemos hacer una pausa.


Porque sería demasiado sencillo convertir esta historia en una batalla entre quienes defienden la tecnología y quienes la rechazan.


El problema no es la inteligencia artificial.

El problema comienza cuando creemos que una máquina puede sustituir completamente el criterio humano.


Un algoritmo puede detectar un comportamiento extraño, pero no necesariamente puede comprenderlo. Puede registrar que un estudiante miró hacia otro lado, pero no saber si estaba copiando o si simplemente escuchó un ruido. Puede detectar una interrupción, pero no conocer las condiciones económicas, familiares o tecnológicas de quien estaba detrás de la pantalla.


Y esa diferencia importa.


Mucho.


Porque no todos los estudiantes presentan un examen desde las mismas condiciones.


Los datos más recientes del INEGI muestran que en México 78.3% de los hogares tiene conexión a internet y que 86.1% de las personas de seis años o más utiliza internet. Pero solamente 38.1% utiliza computadora o tableta. Además, la diferencia entre zonas urbanas y rurales sigue siendo considerable: 88.9% de las personas en zonas urbanas utiliza internet frente a 75.2% en zonas rurales.


Eso significa que estar conectado no necesariamente significa estar preparado para competir en igualdad de circunstancias.


Una cosa es tener internet.

Otra muy distinta es contar con una computadora adecuada, un espacio privado, una conexión estable y las condiciones necesarias para presentar un examen de alto impacto.


Digitalizar un proceso puede hacerlo más accesible. Pero digitalizar una desigualdad también sigue siendo desigualdad.


Y el mundo ya comenzó a entenderlo.


La Unión Europea clasificó como sistemas de inteligencia artificial de alto riesgo aquellos utilizados para determinar el acceso o admisión a instituciones educativas, evaluar resultados académicos o detectar determinadas conductas durante exámenes.


No es casualidad.


Cuando un algoritmo participa en una decisión que puede determinar el futuro profesional de una persona, el error deja de ser simplemente tecnológico.


Se convierte en un problema humano.


Europa incluso estableció restricciones severas al uso de sistemas de reconocimiento de emociones en instituciones educativas. La lógica es sencilla: una máquina no debería inferir automáticamente que una persona está ansiosa, distraída o emocionalmente alterada y convertir esa interpretación en una consecuencia académica.


México debería observar con atención esa discusión.

Porque estamos entrando a una época en la que la inteligencia artificial estará cada vez más presente en las aulas, en los exámenes, en las universidades y en las decisiones administrativas.


No podemos detener el futuro.

Pero tampoco podemos entregarle el futuro a una máquina sin preguntarle quién la programó, qué datos utiliza, qué errores puede cometer y, sobre todo, quién responde cuando se equivoca.


También debemos hablar de los estudiantes que hicieron trampa.


Porque la tecnología puede fallar, pero la deshonestidad sigue siendo responsabilidad de quien la practica.


Si alguien utilizó herramientas prohibidas, permitió que otra persona resolviera su examen o contrató servicios fraudulentos, no estamos hablando de una simple travesura. Estamos hablando de una conducta que puede quitarle la oportunidad a alguien que sí estudió.


La trampa de uno puede convertirse en la injusticia de otro.


Pero tampoco podemos responder a la trampa construyendo un sistema donde todos sean tratados como sospechosos desde el primer minuto.


La educación necesita vigilancia, sí.

Pero necesita todavía más confianza.

Necesita tecnología, pero también criterio. Necesita innovación, pero también derechos.


Porque aquel muchacho que se sentó frente a la computadora no era solamente una imagen capturada por una cámara. Era una persona que llevaba detrás años de esfuerzo, expectativas familiares y el deseo de conseguir un lugar en la universidad.


Y quizá esa sea la verdadera lección de este episodio. El examen no solamente lo presentaron los estudiantes.


También lo presentó la tecnología.

Y lo presentó la propia universidad.


Porque cuando una máquina decide quién puede avanzar, la pregunta ya no es solamente si el estudiante aprobó.


La pregunta es si el sistema merece nuestra confianza.


Y cuando hablamos del futuro de miles de jóvenes, esa respuesta no puede quedar en manos de un algoritmo.