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"El libro es el único objeto que guarda silencio hasta que lo necesitas."

Leer para no rendirse

Un país que no lee no sabe lo que pierde. Sólo sabe lo que le dicen que pierde.

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

18/09/2026 19:06 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 18/09/2026

Columna de opinión | Viernes literario

"El libro es el único objeto que guarda silencio hasta que lo necesitas."

— Isidro Aguado

En 2025 terminé de escribir Un País Imaginario. No lo anuncié con fanfarria. Lo entregué en silencio, como se entregan las cosas que cuestan, y esperé. Llevaba meses preguntándome si tenía sentido publicar un libro en un momento en que la atención humana se había convertido en el recurso más disputado del planeta — más que el agua, más que el petróleo, más que cualquier materia prima que los economistas supieran medir. Un libro exige exactamente lo que el mundo contemporáneo ya no quiere dar: tiempo, quietud y la disposición de seguir el pensamiento de alguien más hasta donde ese pensamiento quiera llevarte. Publiqué de todas formas. Porque precisamente eso me parecía necesario.

Vivimos en el momento más ruidoso de la historia humana. No el más violento ni el más injusto — hemos conocido épocas más crueles — pero sí el más saturado de estímulos, el más incapaz de distinguir entre lo urgente y lo importante, entre la noticia y el rumor, entre la opinión documentada y el grito con buena producción visual. El teléfono que cargamos en el bolsillo es la máquina más sofisticada que la humanidad ha construido para conocernos, y ese conocimiento no lo usa para hacernos mejores sino para mantenernos enganchados. Sabe qué nos indigna antes de que terminemos de leer el titular. Sabe qué nos consuela. Sabe a qué hora flaquea nuestra atención y nos ofrece exactamente entonces el video más irresistible. Es una inteligencia al servicio de nuestra menor versión: la que reacciona antes de pensar, la que consume antes de entender, la que olvida antes de que el contenido termine de cargar.

Los grandes constructores de ese ecosistema no ignoran lo que producen. Lo saben con una precisión que debería perturbarnos. Investigadores de las empresas que diseñan los algoritmos han renunciado públicamente a sus cargos advirtiendo que sus propias creaciones podrían acabar con nuestra capacidad de razonar de forma autónoma en esta misma década. Sam Altman, el hombre detrás de ChatGPT — la herramienta que superó los 800 millones de usuarios semanales en 2025 — pospuso la salida a bolsa de su empresa y anunció que sus desarrolladores tendrán supervisión externa. Para tranquilizar al público dijo que el mundo hace bien en tener miedo. No es exactamente el tipo de declaración que infunde confianza. Mientras tanto, Elon Musk planea colonizar otros planetas y Sam Altman quiere subir su mente a la nube para sobrevivir sin la molestia del cuerpo. Los dueños de las máquinas planean su fuga. Las nuevas generaciones se quedan con la factura cognitiva de lo que construyeron.

Porque la factura existe y es real. Durante la mayor parte del siglo XX, el coeficiente intelectual promedio de los seres humanos crecía de manera sostenida — el fenómeno documentado por el investigador neozelandés James Flynn demostró que cada generación era, en términos medibles, más capaz que la anterior. Ese ascenso se detuvo a finales de los años noventa y desde entonces el descenso ha sido consistente: dos puntos por década en los países con mayor exposición a los ecosistemas digitales. No estamos hablando de una generación menos cultivada. Estamos hablando de cerebros que se están reorganizando alrededor de la velocidad, el estímulo fragmentado y la recompensa inmediata. Cerebros que cada vez encuentran más difícil hacer lo que un libro exige: sostener un hilo de pensamiento durante el tiempo que tarda en desplegarse.

Y sin embargo. Y sin embargo los libros siguen ahí. Las librerías, que deberían llevar décadas en extinción según todos los pronósticos digitales, resisten con una terquedad que me parece casi heroica. La gente sigue comprando libros, subrayándolos, perdiéndolos en los transportes públicos, prestándolos y no recuperándolos. Porque hay algo en el acto de leer que ninguna plataforma ha logrado replicar: la experiencia de habitar una mente que no es la tuya. De seguir un argumento que te lleva a una conclusión que no habías previsto. De encontrar en una página escrita por alguien que vivió en otro siglo o en otro continente la descripción exacta de algo que creías tuyo y privado e intransferible. Ese reconocimiento — esa sensación de que alguien ya estuvo aquí antes que tú y lo dijo mejor de lo que tú podrías decirlo — es la experiencia más profundamente humana que conozco. Y es completamente imposible de monetizar, lo cual explica por qué nadie en Silicon Valley está tratando de reemplazarla.

Escribí Un País Imaginario desde esa convicción. Desde la certeza de que el país que no sabemos nombrar no puede cambiar, y que la literatura es una de las pocas herramientas que nos permite nombrar lo que la política prefiere dejar sin nombre. Lo que el dato no captura. Lo que la estadística no mide. Lo que existe entre los renglones de los informes de gobierno y la vida cotidiana de quienes los padecen. Escribí un país posible con las palabras del país real, y entre ambos dejé el espacio que cada lector tendrá que llenar con lo propio.

No sé si lo logré. Los libros no le pertenecen a quien los escribe. Le pertenecen a quien los lee, y lo que un lector encuentra en ellos depende de lo que ese lector trae consigo cuando abre la primera página. Lo que sí sé, con la certeza silenciosa de quien lleva años escribiendo, es que mientras las máquinas aumentan su inteligencia y nosotros cedemos la nuestra pantalla a pantalla, leer sigue siendo el único acto cotidiano que va en la dirección contraria. El único que nos hace más, en lugar de menos. El único que el algoritmo todavía no ha sabido cómo interrumpir.

Lean. No para estar informados. Para estar vivos.

Un país que no lee no sabe lo que pierde. Sólo sabe lo que le dicen que pierde.