23/06/2026 15:23 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 23/06/2026
_"En política, el pueblo no vota por lo que quiere. Vota contra lo que ya no soporta."_ — Giovanni Sartori, Homo videns
Empecemos por las definiciones, porque en política el desorden conceptual es el primer instrumento de la manipulación. La izquierda, en su acepción más clásica, es la corriente que prioriza la igualdad sobre la libertad, que defiende la intervención del Estado como mecanismo de redistribución y justicia social, y que coloca los derechos colectivos por encima de los individuales. La derecha, en su sentido más preciso, es la corriente que prioriza la libertad individual sobre la igualdad, que confía en el mercado como asignador de recursos y que defiende el orden, la propiedad privada y las instituciones tradicionales. Hay matices infinitos entre ambos polos — la centroizquierda social-demócrata, la centroderecha liberal, el populismo de cualquier color, el nacionalismo que aparece en todos los espectros — pero el eje fundamental sigue siendo ese: cuánto Estado y para quién. El ciudadano promedio, sin embargo, no vota en ese eje. Vota en otro: el del enojo.
Eso es lo que Colombia acaba de demostrar con una contundencia que debería leerse con atención desde Ciudad de México, desde Brasilia y desde cualquier capital latinoamericana donde un gobierno de izquierda o de centroizquierda crea que sus logros sociales son suficientes para garantizar su continuidad electoral. Este domingo 21 de junio, Abelardo de la Espriella, abogado y empresario outsider del movimiento Defensores de la Patria, obtuvo 12 millones 959 mil 542 votos, equivalentes al 49.66 por ciento de la votación, frente a los 12 millones 708 mil 712 sufragios del senador de izquierda Iván Cepeda, del Pacto Histórico de Gustavo Petro, que representaron el 48.70 por ciento. Una diferencia de apenas 250 mil votos — menos de un punto porcentual — en la elección más reñida de la historia electoral reciente de Colombia. La participación fue del 63.60 por ciento del censo electoral, con 26 millones 345 mil ciudadanos que acudieron a las urnas. Javier Milei lo celebró desde Buenos Aires. Donald Trump lo reclamó como suyo desde la Oficina Oval. La pregunta que importa no es quiénes celebraron el resultado. Es por qué ocurrió.
Para entender Colombia hay que entender primero el mapa continental. Entre 2022 y los primeros meses de 2023, las seis principales economías de América Latina estaban gobernadas por fuerzas de centroizquierda o izquierda. Desde entonces, 14 elecciones presidenciales celebradas en tres años reconfiguraron el mapa político regional. El punto de inflexión fue 2023, con los triunfos de Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador y la irrupción de Javier Milei en Argentina. En 2024, la derecha consolidó su avance con las victorias de José Raúl Mulino en Panamá y Nayib Bukele en El Salvador. En 2025 llegaron José Antonio Kast en Chile, la reelección de Noboa en Ecuador y resultados derechistas en Bolivia y Honduras. Desde la victoria de Milei en 2023 hasta hoy, doce elecciones latinoamericanas han sido ganadas por candidatos de derecha y solo cuatro por la izquierda. Actualmente la izquierda gobierna en México, Brasil, Uruguay, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Es decir: el péndulo se movió. Pero la pregunta relevante no es hacia dónde se movió. Es por qué.
El politólogo colombiano Manuel González Vides, de la Universidad Javeriana de Bogotá, señaló que el fenómeno no debe interpretarse como una consolidación ideológica de largo plazo, sino como el resultado de una combinación de voto castigo, desgaste de los gobiernos y nuevas formas de comunicación política. "Hay una ola de antioficialismo", sostuvo. Más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, los electores parecen inclinados a castigar a quienes están en el poder cuando consideran que no han cumplido sus expectativas. El cambio no responde únicamente a un entusiasmo ideológico por la derecha, sino también a un voto de protesta contra gobiernos que no cumplieron con las expectativas ciudadanas.
Eso es exactamente lo que explica la historia política de México en los últimos cuatro décadas, y vale la pena recorrerla con rigor porque las lecciones son perfectamente transferibles al presente. El Partido Revolucionario Institucional gobernó México durante 71 años continuos — de 1929 a 2000 — bajo una ideología que en el papel era social-nacionalista y en la práctica era pragmática hasta la médula: estatismo cuando convenía, apertura económica cuando no quedaba de otra, corporativismo sindical y campesino como mecanismo de control, y corrupción sistematizada como lubricante del sistema. El PRI no cayó en 2000 porque los mexicanos se convirtieran súbitamente al liberalismo económico. Cayó porque después de 71 años la ciudadanía estaba harta. El voto a Vicente Fox fue, en su mayoría, un voto anti-PRI antes que un voto pro-PAN. El Partido Acción Nacional, fundado en 1939 con una ideología democristiana de centroderecha, gobernó de 2000 a 2012 con dos presidentes — Fox y Felipe Calderón — y salió del poder no porque México se convirtiera a la izquierda, sino porque la guerra contra el narco dejó más de cien mil muertos, la economía no despegó con la intensidad prometida y el desencanto se acumuló. Morena no ganó en 2018 porque los mexicanos adoptaran la ideología de la Cuarta Transformación. Ganó porque Andrés Manuel López Obrador era la opción más distante del establishment que los había defraudado durante décadas. El voto fue, una vez más, de castigo.
El politólogo Pippa Norris, de la Universidad de Harvard, documentó en su obra Cultural Backlash que las democracias contemporáneas no votan ideológicamente en la mayoría de los casos. Votan emocionalmente: con enojo, con miedo, con esperanza o con desilusión. El ciudadano promedio no lee los programas de gobierno. No investiga la trayectoria de los candidatos. No compara plataformas. Reacciona a lo que siente. Y lo que siente, con una consistencia que atraviesa culturas y fronteras, es que los que gobiernan no lo ven, no lo escuchan y no resuelven sus problemas más cotidianos: la seguridad, el empleo, el costo de la vida.
El caso de Petro es el ejemplo más reciente y más instructivo de ese fenómeno. El presidente saliente de Colombia gobernó con resultados reales que merecen reconocerse honestamente: redujo la pobreza, aumentó el salario mínimo, impulsó reformas laborales y de pensiones, y llevó a millones de colombianos a condiciones de vida mejores que las que tenían cuando llegó al poder. Y a pesar de todo eso, perdió. La pregunta que cualquier analista serio debe hacerse es por qué los resultados sociales no se tradujeron en continuidad electoral. La respuesta tiene varias capas.
La primera es la manera en que Petro llegó al poder. La izquierda colombiana ganó en 2022 con una coalición de aliados frágiles, muchos de ellos ideológicamente distantes del proyecto político de Petro. Era una alianza de conveniencia, no de convicción. En lugar de reconocer esa realidad y gobernar con la moderación estratégica que la fragilidad de su base exigía, Petro gobernó como si tuviera un mandato ideológico pleno. Cuando sus reformas más ambiciosas encontraron resistencia — como era predecible dado el perfil de sus propios aliados — respondió con confrontación, destituciones de gabinete y estados de emergencia. La politóloga Patricia Muñoz Yi, de la Universidad Javeriana, explicó que uno de los factores más recurrentes en los cambios de signo político es el desgaste natural de cualquier administración. Estas elecciones marcaron un plebiscito en relación con la evaluación que los ciudadanos hicieron del gobierno de Petro. El votante que Petro necesitaba conservar — el de centro, el pragmático, el que había apostado por él sin ser de izquierda — lo percibió como populista e impredecible. Y ese votante se fue.
La segunda capa es el candidato elegido para sucederlo. La izquierda colombiana llegó a la segunda vuelta confiada en que la maquinaria gubernamental y la ventaja del oficialismo serían suficientes. Eligió a Iván Cepeda, un senador con trayectoria y con principios, pero sin la capacidad de comunicación ni el carisma necesarios para confrontar a un outsider como De la Espriella en el terreno de las redes sociales y la política espectáculo. Cepeda nunca logró definir la narrativa de la campaña. Dejó que su adversario la definiera. Y en política moderna, quien define la narrativa gana la emoción, y quien gana la emoción gana el voto.
De los 15 países latinoamericanos analizados por especialistas de la Konrad Adenauer Stiftung, nueve han cambiado de orientación política desde 2022, en su mayoría de izquierda a derecha. El cambio no responde únicamente a un entusiasmo ideológico por la derecha, sino también a un voto de protesta contra gobiernos de izquierda que no cumplieron con las expectativas. Un rasgo notable de esta derechización es la participación de las nuevas generaciones.
La historia de Colombia importa para México con una urgencia que el partido gobernante haría mal en subestimar. México vive desde 2018 su primera presidencia de izquierda en la historia del país, continuada desde octubre de 2024 por Claudia Sheinbaum, la primera mujer en llegar al cargo. Morena llegó al poder como Colombia: con una coalición políticamente heterogénea, ideológicamente pragmática, cuya fortaleza estaba en el rechazo ante que en la adhesión a un proyecto político preciso. Si el partido gobernante comete el error de Petro. Gobernar como si tuviera un mandato ideológico absoluto cuando en realidad tiene un mandato de expectativas y además no escoge candidatos con arraigo territorial real, carisma comunicativo y perfil impecable para 2027, el camino hacia el resultado colombiano no es inevitable, pero tampoco es imposible.
El pendulo latinoamericano no tiene ideología propia. Tiene inercia. Y la inercia, en política, siempre va en dirección al desencanto. La única manera de romperla no es con discurso. Es con resultados que el ciudadano sienta en su bolsillo, en su calle y en su familia. Lo demás es narrativa. Y la narrativa, como Petro aprendió demasiado tarde, no sustituye a la gestión.
En política, los gobiernos no caen por sus enemigos. Caen por los votantes que alguna vez creyeron en ellos y dejaron de hacerlo. Esa es la lección de Colombia. Y México la está leyendo.