Columnas

Juárez, ese sobreviviente

Isidro Aguado Santacruz Archivo

"La historia no es lo que pasó, sino lo que alguien decide recordar."

- Jorge Ibargüengoitia

Por: Isidro Aguado

"La vida de Juárez —dijo alguna vez Justo Sierra— es una lección; una suprema lección de moral cívica". Y uno, que ha escuchado esa frase repetida con solemnidad en actos escolares donde nadie quiere estar, no puede evitar preguntarse: ¿lección de qué exactamente? Porque, si algo tiene Benito Juárez —de cuyo nacimiento se cumplen hoy 220 años—, es que cada quien ha decidido entenderlo como mejor le acomoda.

Hay quienes lo ven como el gran arquitecto de la República, un hombre austero, disciplinado, incorruptible, que con pura voluntad sostuvo a un país que parecía empeñado en deshacerse. Y hay quienes, todavía incómodos con su existencia, lo consideran poco menos que el origen de todos nuestros males, una especie de error histórico con nombre y apellido. Entre ambos extremos, como suele ocurrir, está la realidad... que no resulta tan fácil de narrar.

Yo, por ejemplo, lo conocí primero como personaje sospechoso.

En aquellos años de formación —en escuelas que probablemente hoy no pasarían ninguna auditoría pedagógica— se nos enseñaba historia con cierto miedo a lo invisible. Había enemigos por todas partes: protestantes, masones, revolucionarios, gente que, al parecer, se dedicaba a conspirar en cuartos oscuros con símbolos geométricos. Y en ese universo, Juárez ocupaba un lugar privilegiado. No como héroe, sino algo así como el operador principal de una maquinaria secreta que quería despojar a la Iglesia de sus bienes y, de paso, alterar el orden natural del mundo.

Recuerdo con claridad a un maestro que, en un intento de hacer más comprensible la historia, nos explicó el episodio en el que el gobierno juarista solicitó recursos a la Iglesia. Para ilustrarlo, comparó la situación con un grupo de hombres armados entrando al salón a exigirnos una fortuna que, evidentemente, ninguno de nosotros tenía. Nos reímos mucho. Y, aunque el ejemplo no era precisamente exacto, sí logró su cometido: convertir un proceso complejo en una anécdota fácil de digerir.

Ese, quizás, ha sido el destino constante de Juárez: ser simplificado.

Porque resulta más cómodo tener un Juárez de bronce que uno de carne y hueso. Uno que no incomode, que no contradiga, que no obligue a pensar. Pero el verdadero problema es que, al simplificarlo, dejamos de entender el momento histórico que le tocó vivir.

Juárez no apareció en un país estable, ni siquiera en uno coherente. Le tocó un México que llevaba medio siglo de independencia formal, pero que seguía funcionando con estructuras heredadas del virreinato. Un país que hablaba de ciudadanos libres, pero que estaba profundamente dividido entre proyectos de nación incompatibles. Liberales y conservadores no eran etiquetas ideológicas cómodas; eran bandos enfrentados en una guerra civil real, con muertos, invasiones extranjeras y decisiones que se tomaban más con urgencia que con elegancia.

En ese contexto, Juárez no fue un personaje romántico. Fue un político práctico.

Las Leyes de Reforma, por ejemplo, no fueron un acto de generosidad social, sino una reconfiguración del poder. La nacionalización de los bienes eclesiásticos debilitó a la Iglesia como actor económico, pero no significó que esos recursos llegaran directamente a los más pobres. Se vendieron, sí, y quienes pudieron comprarlos fueron, naturalmente, quienes tenían dinero. Así nació —o al menos se consolidó— una nueva élite económica.

Esto incomoda, porque rompe con la narrativa del héroe perfecto.

Pero también lo vuelve más interesante.

Juárez fue criticado por ateo, por indígena, por reformista, por todo lo que en su tiempo resultaba incómodo. Se le acusó de destruir tradiciones, de romper equilibrios, de alterar un orden que muchos consideraban sagrado. Y, en ese proceso, como bien señalaba Carlos Monsiváis, quienes intentaron demonizarlo terminaron caricaturizando sus propias convicciones. Convertirlo en figura infernal no fortaleció la fe de nadie; solo simplificó el debate.

Al mismo tiempo, Juárez tampoco encaja en el molde clásico del héroe popular. No era carismático en el sentido tradicional. No protagonizó escenas melodramáticas ni murió en combate. No conquistó territorios ni dejó gestos épicos que alimentaran la imaginación colectiva. Fue, más bien, un hombre que resistió.

Y sobrevivió.

Eso, en un país que admira más a los mártires que a los persistentes, resulta difícil de procesar.

Hay una idea bastante difundida —y bastante cómoda— de que, durante la intervención francesa, los pobres estaban con Juárez y los ricos con Maximiliano. Suena bien, casi poético. Pero la historia rara vez se comporta de manera tan ordenada. Las lealtades eran más complejas, más contradictorias, más humanas. Pensar que el pueblo se organizaba en bloques perfectamente definidos es una ilusión retrospectiva.

Y luego está la frase.

"Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz". Se repite tanto que parece incuestionable. Pero, si uno se detiene un momento, descubre el problema: todos estamos de acuerdo con la frase... hasta que hay que definir qué significa exactamente ese "derecho ajeno".

Ahí empieza el conflicto. Ahí empieza la política.

Quizá por eso Juárez sigue siendo una figura tan vigente. No porque sea perfecto, sino porque representa un momento en el que el país tuvo que decidir qué tipo de Estado quería ser. Y esas decisiones, como todas las importantes, no fueron limpias, ni fáciles, ni indiscutibles.

A 220 años de su nacimiento, Juárez sigue siendo muchas cosas al mismo tiempo: símbolo, argumento, referencia obligada. Pero tal vez la mejor manera de recordarlo no sea colocarlo en un pedestal, sino bajarlo un poco.

No para disminuirlo, sino para entenderlo.

Porque, al final, el verdadero problema no es que Juárez haya sido criticado o defendido. El problema es que, entre tantas versiones, pocas veces se le permite ser lo que fue: un hombre en medio de un país en conflicto, tomando decisiones que todavía hoy seguimos discutiendo.

Y eso, lector querido, es mucho más interesante que cualquier estatua.

Adaptarse al compás de la vida no es tarea sencilla; en Cambio de ritmo intento no perder el paso. Que tengan un excelente inicio de semana, lector@s.