La expectativa de la elección 2027... ¿los programas sociales balanza del triunfo?
Ana Claudia Coutigno Ramírez[1]
Un punto que debe estar en las reflexiones de los analistas políticos y de la sociedad en general es la idea de la justicia distributiva, y la dignificación de sectores históricamente olvidados. Cuando analizamos las estrategias del partido en el poder —el cual enfoca sus políticas y recursos en la población más vulnerable a través de apoyos económicos directos—, la lectura que debemos dar a la abstención electoral y al voto ciudadano cambia radicalmente.
Me explico mejor. En este contexto, debemos tener dos miradores sobre la cultura política que está emergiendo en el ciudadano. El primero es el voto de gratitud y de generación de identidad de clase. Aquí, para los sectores vulnerables que ahora reciben apoyos, el voto deja de ser una perspectiva abstracta para convertirse en algo tangible que impacta día a día; por lo que al partido en el poder no le hace falta convencer a toda la población, le basta con movilizar a este sector. Es decir, para estos ciudadanos, votar es un acto de defensa propia y de agradecimiento, lo que consolida una base electoral sólida que contrasta con la apatía del abstencionista.
El segundo mirador es la abstención electoral de los sectores "no beneficiados" por esta justicia distributiva, lo cual refleja una desconexión de las clases medias y altas. Estos sectores no viven de apoyos directos, eso queda claro, pero critican la política económica del gobierno en turno y caer en el desinterés político. Esta desmovilización por resignación empieza a emerger en las clases medias u otros grupos sociales, cuando perciben que el respaldo de los sectores vulnerables hacia el partido gobernante es masivo e irreversible, debido a los programas sociales. Entonces, muchos ciudadanos deciden no votar al asumir que su voto individual no cambiará un resultado que consideran predecible. A esto se suma, por supuesto, la percepción de que la oposición está desarticulada y no ofrece una alternativa real, por lo que prefieren abstenerse en lugar de votar por partidos que ya demostraron fallarles en el pasado.
Aquí es donde surge el gran dilema ético y político de nuestro tiempo: ¿qué pesa más, el bienestar material inmediato o las formalidades de la democracia? Para una familia que lucha por salir adelante, las discusiones sobre la división de poderes, la buena gobernanza o los contrapesos institucionales pasan a un segundo plano. Primero está comer, curarse y estudiar. El alivio material inmediato aplasta a las abstracciones del sistema. No obstante, la crítica legítima no se hace esperar, si un solo partido monopoliza el poder gracias a la combinación de apoyos sociales y la alta abstención de los demás sectores, la pluralidad democrática corre un riesgo severo.
La pregunta que surge es: ¿los programas sociales directos fortalecen o debilitan la cultura democrática? La respuesta no es fácil, además de que admite diversos puntos de vista para explicar cómo se transforma culturalmente la relación entre el ciudadano, el dinero público y el voto. Desde mi perspectiva, el dilema radica en identificar la diferencia entre asistencialismo y justicia social por parte de la ciudadanía en general, y si él logra entender que los apoyos económicos son solo una plataforma temporal que sirve para lograr sus metas o necesidades (salud, seguridad, educación), la democracia se fortalece.
Por ello, el impacto de los programas sociales directos en un sistema democrático no puede juzgarse bajo una lógica binaria (buenos o malos). Es innegable que atender las necesidades de los sectores históricamente vulnerados es un acto de justicia distributiva elemental, y desde esta perspectiva, la redistribución del ingreso es una condición indispensable para brindar las condiciones que el sistema democrático ha prometido al conjunto de la sociedad.
Sin embargo, el riesgo democrático se incrementa cuando el bienestar material se confunde con la subordinación política.
[1]Académica de El Colegio de la Frontera Norte, A. C. Correo electrónico: coutigno@colef.mx