por El Colef
03/02/2026 18:09 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 03/02/2026
Ámbar Itzel Paz Escalante *
Los grandes eventos deportivos suelen presentarse como celebraciones globales: espacios de encuentro, movilidad y fiesta compartida. Sin embargo, en contextos de fronteras cada vez más cerradas y políticas migratorias restrictivas, estos acontecimientos también revelan profundas tensiones entre la circulación deseada y la movilidad vigilada. El Mundial de fútbol no es la excepción. En un mundo hiperconectado, donde viajar parece al alcance de cualquiera, la posibilidad real de cruzar una frontera sigue marcada por filtros, sospechas y desigualdades estructurales.
De cara a un evento de alcance global como el Mundial de fútbol, esta tensión se intensifica. Está previsto que se lleven a cabo 104 partidos distribuidos entre México, Canadá y Estados Unidos, de los cuales más de 70 se jugarán en territorio estadounidense. Se trata de un acontecimiento diseñado para facilitar la movilidad temporal de millones de personas con capacidad económica para viajar, hospedarse y consumir. Sin embargo, las autoridades de Estados Unidos han sido claras: contar con un boleto no es suficiente para ingresar a un país; cada persona deberá tener sus documentos migratorios en regla.
La rigidez de la política migratoria estadounidense, en la actualidad, contrasta con las dinámicas propias de un evento internacional masivo como la Copa de la FIFA. Lejos de disuadir la movilidad, las restricciones pueden derivar en efectos económicos adversos para el país anfitrión, entre ellos la disminución del turismo, la cancelación de viajes y una menor derrama económica. Este escenario evidencia una contradicción entre el control migratorio y las condiciones necesarias para el desarrollo pleno de un evento de alcance global.
En este punto, no se sostiene que los flujos migratorios vayan a utilizar de manera masiva el Mundial como un pretexto para permanecer en el país anfitrión, ni que toda persona que cruce una frontera en este contexto tenga una intención irregular; plantearlo en esos términos resultaría reduccionista y estigmatizante. No obstante, resulta pertinente reconocer que, en un escenario de fronteras cada vez más restrictivas, los eventos globales pueden funcionar como ventanas de entrada legal que, en determinados casos, deriven posteriormente en decisiones de permanencia.
En paralelo, han surgido expresiones de preocupación desde distintos sectores. Por un lado, grupos de personas residentes en Estados Unidos han manifestado su rechazo a la presencia de agencias como el ICE en las inmediaciones de los encuentros deportivos; por otro, la postura gubernamental ha insistido en que la seguridad será un eje central del evento, con un amplio despliegue de fuerzas del orden. Esta combinación genera inquietud entre comunidades migrantes que, aun sin intención de asistir a los partidos, temen que esos días se traduzcan en un incremento de la vigilancia, las detenciones o las revisiones arbitrarias. La experiencia reciente muestra, además, que contar con una situación migratoria regular no garantiza protección. La violencia ejercida contra personas migrantes —particularmente aquellas racializadas por el color de piel, el idioma o la apariencia— evidencia que muchos de estos controles operan a partir de prácticas de perfilamiento racial, más que de criterios objetivos de seguridad.
El Mundial de fútbol pone en evidencia una paradoja difícil de ignorar: mientras se promueve la movilidad global como espectáculo, se refuerzan mecanismos que restringen, vigilan y seleccionan quién puede moverse sin temor. Más que un problema coyuntural, este escenario revela cómo las fronteras contemporáneas funcionan como filtros sociales, económicos y raciales, incluso en contextos diseñados para celebrar el deporte y el encuentro de personas diversas nacionalidades.
*Profesora de Carrera / ENTS-UNAM