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Monsiváis, la polémica y la memoria falsificada

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

26/06/2026 13:18 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 26/06/2026

Columna de opinión | Por: Isidro Aguado

"Escribir crónica es aprender a observar sin poder intervenir." — Carlos Monsiváis


Hay escritores que mueren y hay escritores que simplemente se ausentan. Carlos Monsiváis, nacido en la Ciudad de México el 4 de mayo de 1938 y fallecido el 19 de junio de 2010 por fibrosis pulmonar, pertenece inequívocamente a la segunda categoría. Dieciséis años después de su muerte, su nombre sigue siendo noticia, sigue provocando debate, sigue apareciendo en las conferencias de prensa presidenciales y en las redes sociales con la misma frecuencia y la misma capacidad de incendio que tenía cuando estaba vivo. Eso, en el mundo de la cultura mexicana, no es un dato menor. Es una definición.


Esta semana, precisamente en el decimosexto aniversario de su muerte, el nombre de Monsiváis volvió a ocupar las primeras planas por razones que él habría encontrado entre divertidas e indignantes. El 18 de junio, El Universal republicó una entrevista atribuida al periodista Edmundo Cázarez, supuestamente realizada en 1999, en la que se incluía un párrafo que no había aparecido en ninguna de las versiones anteriores del mismo texto, publicadas en 2021 y 2024. Ese párrafo nuevo atribuía a Monsiváis afirmaciones sobre Andrés Manuel López Obrador que incluían episodios personales inventados, calificativos duros y una insinuación de intimidad entre ambos que la familia del escritor rechazó

categóricamente. La familia de Monsiváis envió una carta al director de El Universal con "profundo desconcierto e indignación", desmintiendo que López Obrador hubiera vivido en la casa del cronista y señalando que ambos se conocieron aproximadamente veinte años después de lo que el texto falsificado sugería. "Resulta indignante y vergonzoso que un periódico como El Universal difunda calumnias tan torpes y flagrantes", señalaron. El Universal terminó ofreciendo una disculpa pública, reconociendo que no corroboró el contenido de la entrevista con la supuesta grabación que el periodista Cázarez aseguró tener y que nunca entregó a la redacción.


El episodio es revelador no por lo que dice de Monsiváis sino por lo que dice de nosotros. Vivimos en un momento político tan polarizado que alguien consideró que fabricar palabras en la boca de un escritor muerto — un escritor que ya no puede defenderse, que no puede aclarar, que no puede desmentir en tiempo real — era un instrumento legítimo de debate político. Eso no es periodismo. Es la falsificación de la memoria. Y falsificar la memoria de un escritor cuya obra entera fue un ejercicio de honestidad intelectual es, además de una bajeza, una paradoja de proporciones casi literarias.


Porque Monsiváis nunca fue un escritor cómodo para nadie. El escritor Braulio Peralta documentó que Monsiváis ejercía la crítica hacia todo el sistema político sin exentar a la propia izquierda de sus cuestionamientos cuando lo consideraba necesario. Recordó que Monsiváis criticó públicamente el plantón en el Zócalo y en Paseo de la Reforma tras las elecciones de 2006, diciendo literalmente: "eso no. Es un error dentro de los métodos democráticos utilizar los espacios públicos para hacer plantones como protesta social." Un hombre que defendía a López Obrador de las campañas de odio pero al mismo tiempo le criticaba sus métodos cuando lo consideraba necesario, que aceptaba hablar con él de manera constante pero reconocía no saber si lo escuchaba, que le repetía la necesidad de evitar el caudillismo y que nunca dejó de señalarlo cuando lo percibía — ese hombre es exactamente el tipo de intelectual que México más necesita y más raramente produce. No el intelectual orgánico que valida al poder de turno. El intelectual libre que le dice al poder lo que el poder no quiere escuchar.


El escritor Adolfo Castañón lo definió con precisión: Monsiváis fue "el último escritor público en México", no solo porque todos los mexicanos lo habían leído u oído, sino porque podían reconocerlo físicamente. Era una rareza cultural: un intelectual con doble registro, capaz de moverse con igual soltura en la alta política y en la cultura de élite que en la cultura popular y en las causas de los márgenes. Estudió Economía y Filosofía y Letras en la UNAM y desde muy joven construyó una postura que nunca cedió al dogma ni a la conveniencia. Fue el primer cronista que puso a Juan Gabriel y a María Félix en la misma página que a los economistas más influyentes del país. El primero en entender que la cultura popular no era el opuesto de la alta cultura sino su espejo más honesto.


Para quien quiera conocerlo de verdad, hay que ir a los libros. No a la entrevista fabricada. A los libros. Días de guardar, publicado en 1970, es considerado uno de los textos fundacionales de la crónica moderna en México. Monsiváis retrata el México urbano, cultural y político de finales de los sesenta con una mezcla de humor, análisis y crítica social que todavía hoy resulta fresca. Es el libro donde se forma su voz: irónica, erudita, popular y nunca condescendiente. Si quiere entender cómo era México antes de que México se convirtiera en el México que conocemos hoy, empiece ahí. Los rituales del caos, publicado en 1995, es su obra más accesible y más urbana: un recorrido por los rituales de la ciudad de México y de la sociedad mexicana que va de los estadios a las basílicas, de los malls a los puestos callejeros, de El Santo a Julio César Chávez. Un retrato del caos que no es solo ruido sino identidad. Es el libro que más se parece a una conversación: entras en cualquier página y no puedes parar. Escenas de pudor y liviandad, de 1988, incluye la crónica que convirtió a Juan Gabriel en un mito literario. El espectáculo, el morbo, los ídolos ante la mirada consagratoria y desacralizadora de las masas. Un Monsiváis en estado puro: revelador, divertido y profundo al mismo tiempo.


Pero si tuviera que recomendar un solo libro para empezar, elegiría Amor perdido, de 1976. Es el volumen donde Monsiváis alcanza su madurez más plena. Una crónica entrañable y crítica de la cultura popular mexicana, con especial énfasis en el cine de oro, la música ranchera y los boleros, las figuras del espectáculo y la construcción de identidades urbanas a través de los medios. "La cultura popular es también una forma de la memoria", escribió Monsiváis ahí. Y tenía razón. Lo que Monsiváis entendió antes que nadie es que la manera en que un pueblo se entretiene, en qué llora, qué canciones elige para sus funerales y sus bodas, a qué ídolos eleva y cómo los destruye, dice más de ese pueblo que cualquier encuesta o cualquier discurso presidencial. Leer Amor perdido es leer a México desde adentro, con amor y con lucidez, que es la única manera en que se puede leer un país que uno quiere de verdad.

Monsiváis falleció el 19 de junio de 2010. Su féretro fue cubierto con la bandera LGBT+ en reconocimiento al apoyo que brindó durante décadas a esa comunidad, y fue despedido multitudinariamente en el Palacio de Bellas Artes. Fue uno de los pioneros en visibilizar las disidencias sexuales en la literatura mexicana, en un país que durante décadas prefirió mirar hacia otro lado. Eso también es parte de su legado: la valentía de nombrar lo que otros callaban.


Dieciséis años después, alguien intentó usar su nombre para hacer política sucia. La familia lo desmintió. El periódico se disculpó. Y Monsiváis, desde sus libros, sigue siendo más interesante, más vigente y más incómodo que cualquier entrevista que alguien pueda inventarle. La mejor respuesta a quien falsifica la memoria de un escritor es leerlo. Leerlo de verdad. Sin intermediarios, sin versiones alteradas, sin párrafos añadidos a conveniencia.


Este viernes, abra Amor perdido o Los rituales del caos o Días de guardar. Déjese sorprender. Monsiváis no necesita defensores. Necesita lectores. Y México los necesita a ellos.


Un escritor no muere cuando lo entierran. Muere cuando dejan de leerlo. Monsiváis, afortunadamente, sigue muy vivo.