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El ciudadano ideal y otras ficciones democráticas (I)

Isidro Aguado / Cambio de Ritmo
Isidro Aguado / Cambio de Ritmo Cambio de Ritmo

por Isidro Aguado Santacruz

24/07/2026 14:48 / Uniradio Informa Baja California / Columnas / Actualizado al 24/07/2026

"El mexicano no es corrupto por naturaleza, sino por necesidad y por costumbre."


Otorgar el derecho al sufragio a partir de los dieciocho años ha generado una discusión —modesta, hay que decirlo— sobre si los jóvenes de esa edad cuentan o no con el juicio necesario para ejercerlo. Algunos sostienen que dicho juicio solo madura a los veinticinco. Otros argumentan, con cierta lógica, que quien está en condiciones de portar un arma y morir por la patria en un campo de batalla debería tener igualmente derecho a opinar sobre el destino de esa misma patria en una urna.


Yo creo que el asunto es bastante más enredado. Porque, pensándolo bien, ¿qué es exactamente un votante?


Un votante es alguien que, en primer término, confía en que su voto será contabilizado con honestidad, lo cual es un requisito obvio, porque de no ser así nadie se tomaría la molestia de hacer fila bajo el sol de junio para introducir un papel en una urna de plástico. En segundo término, es alguien que se considera capaz de distinguir cuáles entre los candidatos disponibles están mejor equipados para representarlo en el Congreso o para gobernar el país.


Esta segunda condición implica dos cosas simultáneas: que la persona comprenda para qué sirven los cargos por los que va a votar, y que conozca, al menos en sus líneas generales, qué propone cada quien.


Votar es pronunciarse. No tiene sentido dejarse arrastrar por la inercia partidista, porque en todos los partidos conviven gente capaz con gente que ocupa el espacio por razones que poco tienen que ver con la capacidad. Hay que elegir personas. Y además hay que tener claro que las elecciones no son apuestas deportivas donde uno se juega el orgullo apostando al probable ganador. Se trata de respaldar a quien mejor representa los intereses y convicciones del votante, gane o no gane.


Pero vayamos por partes. Supongamos que elegimos a un diputado. El asunto no termina ahí. No se trata de meterlo al Congreso y olvidarse de él como si fuera un electrodoméstico que ya no necesita atención. El diputado es nuestro representante. Es el canal a través del cual podemos, en teoría, incidir en las decisiones que toma el gobierno. Para que esa representación funcione de algo —para que no sea decorativa— el diputado necesita sentir la presión de quienes lo eligieron. Tiene que mantener comunicación con su distrito.


Y aquí llegamos al punto incómodo. ¿Cuántos mexicanos conocen el nombre de su diputado? ¿Cuántos lo reconocerían en la calle si se lo encontraran comprando pan? ¿Cuántos le han enviado alguna vez un mensaje, un correo, una llamada, para expresarle su postura sobre algo que ocurre en el país? ¿Cuántos saben si su diputado dijo algo relevante en el Congreso durante el último periodo ordinario? ¿Cuántos estuvieron de acuerdo o en desacuerdo con lo que dijo, suponiendo que haya dicho algo?


Tengo la impresión de que una encuesta nacional sobre la relación real entre diputados y electores produciría datos que ningún partido querría publicar. Y que entre las preguntas de esa encuesta debería incluirse la siguiente: ¿cuántos mexicanos piensan que la única obligación de un diputado es cobrar su dieta mensual y aparecerse en el salón cuando le avisan que hay votación?


Los que piensan eso, en estricta lógica, no deberían tener derecho al voto. Aunque tampoco creo que les interese ejercerlo.


Hemos llegado entonces a una primera conclusión. Para ser elector se necesita criterio. O más precisamente, conciencia: de los derechos y de las obligaciones que corresponden tanto al ciudadano como a quien éste elige. El problema es que esa conciencia no se adquiere automáticamente con la edad. Hay personas que llegan a la vejez sin haberla desarrollado en ningún grado apreciable. Lo cual significa que para ser elector de verdad no basta con cumplir años. Habría que acreditar un examen de civismo básico.


Claro que ese examen, aplicado sin miramientos, dejaría fuera a una proporción notable de la población. Y el gobierno del país quedaría en manos de un grupo reducido al que, en el vocabulario político menos amable, se llamaría oligarquía. Pero ese es un problema de quienes escriben las leyes. Que lo resuelvan ellos.


Pasemos ahora a las elecciones presidenciales, que son un asunto distinto. A diferencia del diputado, que es en esencia un representante y por lo tanto no requiere más que cierta dosis de inteligencia y decencia elemental, el presidente es un gobernante. Eso significa que los planes de los candidatos no son un detalle accesorio de la campaña sino su elemento central. No estamos eligiendo a alguien que nos represente. Estamos eligiendo a alguien que va a tomar decisiones por nosotros durante seis años.


Imaginemos entonces al votante ideal. Ese votante tiene que enterarse de lo que propone cada candidato, en el supuesto, no siempre garantizado, de que haya más de uno con propuestas distinguibles entre sí, porque si solo hay uno con ideas propias el sistema electoral deja de ser un sistema y se convierte en una liturgia. ¿Cómo se entera el votante de lo que proponen los candidatos? En la campaña electoral.


La campaña sirve para dos cosas al mismo tiempo: para que el candidato difunda sus ideas entre el electorado, y para que el candidato se entere de los problemas específicos de cada región mientras recorre el país. Es decir, la campaña es simultáneamente propaganda y diagnóstico.


El votante ideal se informa en medios de comunicación, sigue las giras, nota que cuando el candidato llega a la ciudad habla de la industria manufacturera y cuando llega a Ensenada habla de la pesca y cuando llega a Oaxaca habla de los pueblos originarios. Al final de la campaña, ese votante tiene en la cabeza un mapa bastante completo de lo que cada candidato pretende hacer con el país.


Es muy sencillo. Mientras ese votante ideal no se ponga a cavilar en el hecho de que las campañas son también propaganda, de que ningún candidato ha prometido jamás algo desfavorable para la región en la que se encuentra, de que los discursos son fragmentos de un plan y no el plan completo, de que entre todas las promesas hay contradicciones que nadie señala, y de que los recursos del Estado son finitos y no alcanzan para satisfacer simultáneamente todas las necesidades de todos los estados. Si el votante ideal se pone a pensar en todo eso, la cosa se complica. Pero mientras no lo piense, todo es muy sencillo.


El votante perfecto existe en todos los manuales de ciencia política. El problema es que los manuales los escriben personas que ya saben para qué sirve el diputado. El resto del país está tratando de averiguarlo.